Domingo, 16 de Agosto de 2026

Siempre en tránsito

UruguayEl País, Uruguay 16 de agosto de 2026

El gobierno debe navegas sus contradicciones, pero su ambigüedad termina dejando enojados a todos.

El gobierno lleva un año y medio, pero daría la impresión de que está ya cerca del final de su período. Es un estado psicológico que hunde al partido de gobierno en los vericuetos de un análisis de conciencia, azuzado por los aguijones de molestas encuestas. Los que sienten la izquierda como una pulsión radical están desasosegados, decepcionados, pese a que el presidente y sus más allegados les recuerdan que ellos no prometieron radicalismo. Hay una suerte de esquizofrenia, de personalidad dividida, entre el núcleo de la Torre Ejecutiva y el Frente Amplio político, que en el Parlamento sigue actuando como si estuviera en guerra y en la vida social se expresa a través de un PIT-CNT marxista.

Recordemos que el oficialismo arrancó cuestionando todo, hasta los números básicos de la economía. Derrumbó el programa Neptuno y se aferró a ese proyecto de Casupá, que no es la solución. Cuestionó la administración de ASSE y la llevó al terreno judicial. No intentó ninguna solución en el episodio Cardama y desde el primer momento también marchó hacia la judicialización. No solo no acordó sobre la Fiscalía de Corte, sino que se ha dedicado a acosar a la fiscal Ferrero, que ha sido atacada por el narcotráfico como nunca había ocurrido. También intentan descalificar al secretario general del Partido Colorado por una intervención profesional justificada por la propia asesoría letrada del Parlamento. Podríamos seguir enumerando episodios en que el frente parlamentario del gobierno fue a la agresión y se instaló en un discurso cuestionador sobre el gobierno pasado. Esto no es gratuito y de ahí la actitud de los partidos de la coalición en la Rendición de Cuentas, ese deporte nacional en que cada año discutimos todo el Presupuesto y volvemos por la revancha de lo que no conseguimos en la anterior, agregando hasta normas sobre los medios de comunicación y la libertad de prensa. Nadie es inocente en la materia, aunque en lo personal puedo recordar algunas ocasiones en que pudimos, con gran sacrificio, acotar la "rendición" a su naturaleza, un pronunciamiento sobre las cuentas del gobierno.

Esta vez el gobierno sortea el escollo en un acuerdo con Cabildo Abierto, parecido a los que hizo en años anteriores y que tanto les costaron, ante sus electores, a los conducidos por el general Manini, reacios a ese rol de salvadores del Frente Amplio.

Somos conscientes de la contradicción que debe administrar el gobierno. Pero esa ambigüedad termina siendo insatisfactoria para todos. Un caso es típico en Venezuela. El frentista chavista cuestiona todo, mientras el resto del país asume que felizmente se va extinguiendo la dictadura de izquierda.

El otro caso es Israel. Ahí el tema pasa a tener un aspecto crítico, porque se podrá cuestionar lo que se quiera de la política del gobierno de Netanyahu, pero hay que distinguirlo claramente del incuestionable derecho del Estado a una vida pacífica y del antisemitismo desaforado que se ha desatado. Los episodios se multiplican, aun en un país como Uruguay, vinculado a Israel desde su nacimiento. Estos días se ha visto el intento de difundir una película propagandística de Hamás en un ámbito universitario y el atropello sindical de pretender impedir una exportación de ganado a Israel. El sindicato incluso reivindica esta acción como parte de su libertad de opinión, cuando es un delito por el lado que se le mire. La Universidad ha cortado su relación con la Universidad Hebrea de Jerusalén, llevando el conflicto a un nivel académico de intolerancia que mueve a preocupación.

La cuestión es muy grave. Lo es en el mundo desde el cruel ataque del 7 de octubre de 2023, el mayor sufrido por el pueblo judío desde el Holocausto. Paradójicamente, la inevitable respuesta, la búsqueda de rehenes secuestrados, han invertido los términos de la ecuación y la víctima ha sido sentada en el banquillo de los victimarios. Aquí también nos encontramos con el presidente procurando equilibrio y los parlamentarios, reflejo de sus bases, trepados a la intolerancia. Ver a legisladoras frentistas con banderas palestinas defendiendo a un régimen que las condenaría a la sumisión es algo que supera todo límite de razonabilidad.

Aquí no terminará la historia. También estamos en un tránsito: en el Oriente, donde se vislumbra nuevamente la paz, y aquí, donde tendremos que recuperar el espíritu de nuestra Universidad, su humanismo liberal, el de la cátedra de Justino Jiménez de Aréchaga, hoy en un eclipse de complicidad con el terrorismo islámico.

En la región cercana, Argentina y Brasil han roto el diálogo. Se impone procurar un acercamiento, por lo menos institucional. ¿Cómo administraremos la aplicación del Tratado con la Comunidad Europea en ese clima? Uruguay y Paraguay tenemos el derecho a reclamar una solución. Habrá que procurarla.

Donde la pregunta se hace más compleja es cuando miramos a las potencias. No podemos concebir un mundo estable sin que China y los EE. UU. alcancen un nivel de entendimiento. La interrogante mayor está en los EE. UU.: ¿son Trump y su modo de actuar una política que vino para quedarse o un paréntesis transitorio que ya puede entrar en declive en la próxima elección parlamentaria de noviembre? Y si así fuera, ¿qué viene luego? ¿El Partido Demócrata de los Kennedy, Obama y Clinton o el socialismo de Mamdani y los continuadores de Bernie Sanders?

Mientras estas vacilaciones cuestionan el mundo político, con todos comprando armamento, la revolución científica continúa su desafío, abriendo nuevos horizontes.

Ya Heráclito de Éfeso, hace veinticinco siglos, advirtió que el mundo cambiaría constantemente, que el río sería el mismo, pero el agua de su flujo no. No se entra dos veces al mismo río. Lo que Heráclito no podía imaginar era la velocidad del torrente.

Siempre estamos en tránsito. No siempre está claro hacia dónde.
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