La escritura sin alma
La "escritura en el alma" ha dejado de ser la fuente originaria de la escritura externa. Esta se muestra así, por primera vez, como una escritura completamente privada de alma, una "escritura sin alma", en el sentido más propio del término.
En su clarividente crítica de la escritura del "Fedro", Platón subraya que la única escritura que constituye saber es la que llama la "escritura en el alma". Esto es así, porque el saber, en el sentido propio del término, no puede ser objetivado sin residuo por vía proposicional: no constituye un conjunto de proposiciones que, una vez fijadas por escrito, puedan transferirse de un soporte a otro, sino una disposición ( hexis ) que primero debe formarse, cultivarse y consolidarse, y que, una vez formada y consolidada, permanece anclada en quien la posee. En este preciso sentido, el verdadero saber es siempre personal e intransferible. El texto externo, en cambio, es un mero artefacto, aunque uno muy peculiar y ambivalente. Puede verse como una suerte de phármakon : un remedio y, a la vez, un veneno. Facilita la rememoración, pero debilita la memoria. Puede circular de mano en mano, sin que nadie lo haga realmente suyo, y genera así fácilmente la ilusión de ser depositario de un saber que no contiene ni podría contener jamás.
La tensión a la que apunta este contraste se ha agudizado ahora hasta un extremo que Platón no hubiera podido imaginar. En el relato del "Fedro" el énfasis cae, sobre todo, en el carácter del texto como tal, y no tanto en el proceso de su producción originaria. En la Antigüedad, la suposición habitual de que por detrás de un artefacto se esconde siempre un artífice, por referencia al cual se explica su origen, no fue puesta en cuestión por la aparición de un artefacto tan singular como la escritura, sino que fue extendida hacia un nuevo ámbito de aplicación. Las prácticas de copiado de textos, que aparecieron muy rápidamente, no pusieron en crisis esta suposición fundamental, sino que, a lo sumo, hicieron más indirecto el camino que conducía hasta el productor originario. La idea, nada infrecuente, de que este último podía ser un simple mediador a través del cual habla o se expresa alguien diferente y superior (por caso, las musas), y no propiamente un "autor" de lo que se dice en el texto, tampoco afectó de modo decisivo la suposición básica según la cual por detrás del texto se esconde, en último término, "alguien" que habla a través de él: alguien que posee un saber que el texto mismo no contiene, pero al cual remite por el lado de su origen. El texto, ciertamente, no posee alma, pero, como artefacto, sigue señalando hacia quien sí la posee.
La automatización de la escritura ha barrido ahora, de un plumazo, con este pretendido anclaje práctico de la producción de textos. Agentes automatizados generan ahora, incesantemente, ingentes cantidades de textos, con una velocidad inalcanzable para los seres humanos, y sobre asuntos de todo tipo, por complejos que sean. Aunque cueste aceptarlo, pueden hacerlo con un nivel de calidad que resiste ya, con notable éxito, cualquier comparación, y no hace falta decir que esto es solo el comienzo. El texto escrito se ha convertido, de hecho, en puro output , un producto acabado que aparece, sin que se haya pasado por el proceso de elaborarlo. La poíesis se ha divorciado aquí, definitivamente, de la praxis : se obtiene el mismo resultado sin tener que acudir al saber de un productor. Por cierto, esto había ocurrido ya, desde hace mucho tiempo, con todo un amplio conjunto de otros artefactos. Pero que se haya hecho posible nada menos que con textos de todo tipo es algo que resultaba completamente impensable hasta hace muy poco. Como se dijo ya, el texto nunca tuvo alma, pero es que ahora el proceso mismo de escritura puede prescindir también de ella. La "escritura en el alma" ha dejado de ser la fuente originaria de la escritura externa. Esta se muestra así, por primera vez, como una escritura completamente privada de alma, una "escritura sin alma", en el sentido más propio del término.
Lo decisivo aquí no es solo que el texto carezca de un autor identificable, sino que el proceso mismo de su producción ya no exige ni tampoco genera una disposición en nadie. Esto revela, con claridad inédita, que esa disposición personal ya no es estructuralmente necesaria. La sospecha platónica se potencia, pues, de modo inquietante: la escritura externa puede prescindir enteramente de aquel saber en el cual tenía, hasta hace muy poco, su única posible fuente de origen.
Desde luego, nada de esto anula la posibilidad de seguir escribiendo, por así decir, "desde el alma". Pero parece evidente que nos movemos con rapidez hacia un escenario híbrido, en el que los límites serán cada vez más difíciles de trazar. La tentación de la vía automatizada es, naturalmente, muy poderosa. Quedará por ver, pues, de qué modo la explosiva irrupción de la producción automatizada de textos podrá congeniarse con el cultivo de ese saber genuino del que hablaba Platón.