La inédita "Liga Campesina de Golf" que crece en los campos de La Araucanía
Hace dos años comenzaron a aprender con palos prestados. En 2025 hicieron sus primeros torneos y la idea comenzó a replicarse en otras localidades del sur. Este año quieren hacer un Torneo de Campeones, que reúna a los mejores de los distintos clubes locales.
Con palos de golf o "fierros", además de pelotas regaladas y que se iban prestando entre ellos, un grupo de amigos de La Araucanía comenzó a aprender a jugar golf, un deporte que antes solo veían en la televisión. Era el invierno de 2024.
Hoy, dos años después, organizan campeonatos en distintos campos de La Araucanía, sus historias en redes sociales son virales y son un ejemplo para otros grupos que comienzan a organizarse para jugar golf en campos del sur de Chile.
A su agrupación la llaman "Liga Campesina del Golf". "No tenemos personalidad jurídica, somos más bien un grupo de amigos, familiares y conocidos que nos juntamos a hacer deporte y a pasarlo bien. Al final, concluimos que la Liga Campesina del Golf es un movimiento de personas que quiere animar a la gente para que juegue golf en cualquier lugar en que haya pasto corto", dice Mauricio Baeza, uno de los "padres fundadores" de esta liga.
Él junto a Iván Rubilar y Marco Sepúlveda han sido los principales promotores de la liga.
Baeza, dueño del rancho recreativo Primavera, en el sector de General López (comuna de Vilcún), recuerda que todo surgió cuando comenzó a recibir peticiones de gente para incorporar el golf entre su oferta. "Me regalaron unos palos y dos pelotas, me enseñaron los golpes esenciales y así empecé".
Esto, hasta que recibió la visita de un argentino, profesor profesional de golf que andaba de vacaciones y fue a practicar al rancho. "Rápidamente contacté a unos amigos e hicimos una clínica a la que asistieron más de 20 personas", dice.
Rubilar -quien tiene un emprendimiento de cabalgatas turísticas en Cherquenco y es el "rostro" de la liga en las redes sociales (@liga_campesina_golf, con cerca de 8.500 seguidores en Instagram)- recuerda que fue Baeza quien lo inició en el deporte, le enseñó a golpear y le prestó su primer "fierro" y pelotas. "Con esas dos pelotas y un fierro número 9 estuvimos jugando como un año con mi amigo Marco Sepúlveda. Cuando se nos perdía una pelota había que hacer una operación D.E.Y.S.E. para encontrarla", dice entre risas.
Sacos de harina
"Iván (Rubilar), que es muy creativo, hasta se construyó su propio fierro de drive (para el golpe fuerte inicial). Los hoyos los marcábamos con banderas que hicimos con un saco de harina rojo. Todo muy rústico y de campo", cuenta Sepúlveda.
Con el tiempo compraron 50 pelotas por internet, un bolso (que terminó siendo de niño) y Marco Sepúlveda, que aprendió rápido, comenzó a enseñarle a su familia. Así, de a poco pasaron a ser cinco, luego una docena y ahora hay torneos a los que llegan más de 25 personas.
"Acá no hay distinciones. Hay empresarios, obreros, tenemos extranjeros. Gente con mucha plata y otra que no tiene tanto. A los que no pueden comprarse su equipamiento o indumentaria se las pasamos", dice Rubilar.
Al rancho en General López -que fue la primera cancha-, se sumó un campo en Cherquenco, otro en Curaco, Codinhue y varios más. Todos alrededor del imponente volcán Llaima.
Rubilar dice que sus canchas no son de 18 hoyos como las profesionales, pero sí tienen una de 9 hoyos y 20 hectáreas. Son potreros en que el pasto está corto. No utilizan maquinarias, ni arcillas o arenas especiales traídas de otro lugar. Para los green -la parte más cerca de la bandera y en que el pasto tiene que estar más corto-, Rubilar tiene un truco: "Le echo sal mineral y los caballos van a comer ahí y dejan el pasto cortito sin necesidad de pasarle máquina", dice.
"Hay harto espíritu de compañerismo y de compartir. Yo estoy feliz, porque estoy jugando con mi papá que tiene 60 años y el golf logró sacarlo de su sedentarismo. Y nos reímos harto, le decimos que es el favorito de Dios, porque si un tiro le sale mal, siempre golpea en un árbol u otra cosa y el rebote lo deja cerca de la bandera", cuenta Sepúlveda.
La liga sigue creciendo tanto en integrantes como en equipamiento. "Nos han llegado donaciones. Tenemos tres bolsos completos de fierros que los compartimos entre todos". De hecho, Baeza anda por estos días en Santiago buscando 600 pelotas que les donó un club capitalino. Además, la empresa Lackington Golf les regaló palos, guantes y premios para sus torneos.
"Otros han tomado la idea y ya sabemos que hay torneos en Loncoche, Lonquimay, en la Región del Biobío, en Chiloé, y estaban armando uno en Puerto Varas. Son como 120 personas las que están jugando en los campos del sur", dice con orgullo Rubilar.
"La gente se une, la pasa bien y, al igual que en el golf de etiqueta, hasta se han cerrado negocios", agrega.
"Todo es muy relajado. Es muy entretenido, porque caminas mucho y vas conversando. Cuando terminan los torneos, junto con entregar el premio al ganador, también premiamos la mejor talla o chiste que se dijo en el torneo", cuenta Baeza.
El burro Fermín
Hasta los animales son protagonistas. "Los perros, que me ayudan con los animales en el campo, a veces se roban las pelotas y tenemos que salir persiguiéndolos. Y el burro Fermín se ha convertido en todo un personaje en los videos. Los burros son bien protectores y él siempre anda mirando qué pasa", explica Rubilar.
Ahora se preparan para su segunda temporada que comenzará dentro de pocas semanas. Esta vez esperan tener series libres locales y hacer un Torneo de Campeones en el que puedan participar los mejores representantes de clubes de otras partes del sur de Chile y que clasifiquen en un sistema de puntuación.
"No buscamos el alto rendimiento, esto es un evento deportivo, pero también social, en el que la gente puede conectarse y convivir", concluye Baeza.
Apoyo a artesanasEn un video en redes sociales, Iván Rubilar aparece luciendo una boina y un chaleco de manga corta al que le llaman "choco" en la zona. La ropa de lana, dice, es la indumentaria de la liga.
La tenida es fabricada por Sonia Sagredo quien, junto a otras siete mujeres, tiene un puesto de artesanía en la plaza de Cherquenco.
"Así como el ganador del Master de Augusta, en EE.UU., recibe una chaqueta verde, nosotros queremos hacer algo similar con los chalecos de la zona", dice Sepúlveda.
"Es bonito que tu trabajo sea valorado y que mi ropa llegue a varias partes", cuenta Sagredo. "Ya han pasado varios golfistas y se han llevado boinas y chalecos", agrega.