El economista más influyente del mundo resulta extrañamente poco convincente
Daron Acemoglu es venerado. ¿Por qué?
Para cuando llegó la llamada desde Estocolmo, parecía haberse demorado demasiado. En 2024, Daron Acemoglu, del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), compartió el Premio Nobel de Economía con Simon Johnson y James Robinson por sus trabajos sobre cómo las instituciones moldean la prosperidad. Acemoglu tiene solo 58 años, pero desde hace tiempo es un coloso de la disciplina. Ha escrito siete libros, incluido uno nuevo sobre la democracia y el impacto económico de la inteligencia artificial, sin contar un par de populares libros de texto. Sus cientos de papers , más de diez de ellos publicados este año, suelen estar repletos de matemáticas complejas. Compite con Andrei Shleifer, de la Universidad de Harvard, por el primer lugar en un ranking de citas de economistas elaborado por IDEAS/RePEc, una base de datos de investigación. Sus opiniones tienen peso entre otros expertos y en los medios.
Sin embargo, después de unas copas, algunos economistas se animan a revelar lo que realmente piensan de este gigante. "Gran parte de su trabajo teórico es útil, pero utiliza sus modelos para respaldar políticas populistas que ya se han probado antes y han fracasado", dispara un conocido economista. Algunos comentaristas ni siquiera necesitan el valor que da el alcohol. "Llevo literalmente una década criticando a Acemoglu a gritos", ha dicho Noah Smith, un bloguero de economía, en respuesta a una oleada de críticas en internet al trabajo de Acemoglu.
Nadie acusa a Acemoglu de realizar investigaciones realmente malas, mucho menos de mala conducta académica. "Obviamente es un genio", dice otro economista, quien agrega que es generoso con los estudiantes de doctorado y los colegas más jóvenes. La pregunta es si su reputación en la cúspide misma de la profesión económica -y la influencia intelectual que viene con ella- está justificada por su producción académica.
Comencemos por sus métodos empíricos. Su Nobel descansa en buena medida sobre un paper publicado en 2001 junto con Johnson y Robinson, que ha sido citado más de 23.000 veces por otros investigadores. Busca explicar por qué algunos países son ricos y otros pobres. En lugares donde los colonos europeos morían en grandes cantidades, tal vez a causa de enfermedades, los colonizadores construyeron instituciones "extractivas", con el poder y los recursos concentrados en manos de una pequeña élite, para extraer tantos recursos como fuera posible. Pero en climas más benignos, los colonos sobrevivían. Allí construyeron instituciones más inclusivas, con buenos caminos, escuelas y servicios médicos. Esas instituciones perduraron, con el resultado de que los lugares donde la mortalidad de los colonos era menor durante la época colonial son hoy más ricos.
Los economistas actualmente toman en serio estos resultados, pero no al pie de la letra. El paper los llevó a pensar con mayor profundidad sobre las instituciones, aunque también lo han sometido a un intenso escrutinio. El informe del comité del Nobel de 2024 reconoció que los datos de mortalidad son "a veces poco sólidos". En 2012, David Albouy, de la Universidad de Illinois Urbana-Champaign, mostró que a algunos países se les habían asignado tasas de mortalidad tomadas de otros países, entre otros ajustes. Al corregirlos, concluyó, las estimaciones del paper dejan de ser confiables. El año pasado, Martin Buchner, del instituto de investigación RWI-Essen, y sus colegas informaron que los expertos a los que encuestaron tendían ligeramente más a coincidir con Albouy.
Acemoglu dice que "estas discusiones y algunas críticas son enormemente valiosas". Pero replica que Albouy llega a su conclusión eliminando la mitad de los datos de la muestra original, incluidos los correspondientes a países importantes como Estados Unidos, Canadá y Australia. Es esta combinación, junto con ciertas decisiones estadísticas, la que introduce la falta de confiabilidad, sostiene. Agrega que, si volviera a hacer hoy el paper , introduciría "una serie de cambios, incluidos algunos detalles de la estimación", aunque no modificaría los datos de mortalidad.
Más recientemente, investigadores han examinado un paper que Acemoglu publicó en junio junto con varios coautores, en el que sostiene que las menores tasas de natalidad están asociadas con un crecimiento más rápido del PIB por adulto en edad de trabajar. Es un hallazgo llamativo, que parece sugerir que lugares con poblaciones en disminución, como Japón, no tienen demasiado de qué preocuparse. Sin embargo, otros economistas, entre ellos Jesús Fernández-Villaverde, de la Universidad de Pensilvania, cuestionan que las relaciones históricas sean realmente una buena guía para el presente, cuando las tasas de natalidad de muchos países están desplomándose. Es una objeción razonable, y Acemoglu y sus coautores la plantean en la conclusión del paper . Pero puede pasar inadvertida y parecer poco sofisticada frente a las páginas y páginas de matemáticas de Acemoglu.
Un crítico decidido puede encontrar agujeros en el trabajo de casi cualquiera, y Acemoglu es el blanco más grande de la economía. Pero el escrutinio provocado por su fama no puede explicar un segundo problema: sus ideas pueden resultar poco impresionantes. Sus comentarios públicos, especialmente sobre la política estadounidense, son poco audaces. Su "teoría unificada de Trump", por ejemplo, sostiene que el Presidente actúa "elevando el poder ejecutivo y destruyendo las instituciones y normas que lo restringen". Pues claro.
Más preocupante es que su gran tesis quizá no revele demasiado. Las naciones prosperan cuando sus instituciones son buenas y se estancan cuando son malas. Cierto. Pero ¿qué es exactamente una institución? Reglas, normas, mecanismos de cumplimiento, cultura: prácticamente todo. ¿De dónde surgen las instituciones? De "coyunturas críticas" y de la "deriva institucional".
Al reseñar uno de los libros de Acemoglu en 2011, Tyler Cowen, de la Universidad George Mason, observó que los cambios institucionales que allí se describen parecen provenir únicamente de otros cambios institucionales, haciendo que el argumento central retroceda indefinidamente: tortugas hasta el fondo. Duncan Green, de la London School of Economics, ha dicho que el marco funciona principalmente mirando hacia atrás. Francis Fukuyama, de Stanford, ha sostenido que el libro despacha con demasiada facilidad el ejemplo de China, que ha experimentado un crecimiento económico vertiginoso junto con instituciones que razonablemente pueden describirse como extractivas.
Acemoglu replica que el libro dedica dos capítulos parcial o mayoritariamente a China. En cuanto a las tortugas: "Para entender el cambio institucional desde una perspectiva institucional hay que considerar las instituciones específicas del pasado y los acontecimientos históricos (...) que influyen sobre ellas", dice. "No creo que esto sea tautológico en absoluto".
En la medida en que Acemoglu se aparta de las ideas convencionales, lo hace principalmente para defender una visión notablemente sombría de la tecnología. "Power and Progress", escrito junto con Johnson y publicado en 2023, presenta mil años de innovación en gran medida como una historia de captura por las élites y consecuencias no deseadas. La desmotadora de algodón fue una aliada de la esclavitud; el proceso Haber-Bosch dio origen a armas. Al parecer, la gente común solo se benefició cuando consiguió empujar a los capitalistas a tomar en cuenta sus intereses. El libro resta importancia a una afirmación más convincente: que el progreso tecnológico, por sí mismo, ha hecho que la persona promedio sea muchas veces más rica que en la era preindustrial.
Los argumentos de Acemoglu sobre la IA también son pesimistas hasta el punto de perder credibilidad. En un paper publicado en 2024 calcula que la IA aumentará la productividad estadounidense solo ligeramente en un horizonte de diez años. El paper llega a esta conclusión dejando de lado el efecto potencialmente transformador de nuevos productos de IA. "En ese análisis excluye por completo la posibilidad de que tengamos un progreso científico más rápido, un progreso más rápido en las ciencias sociales o una mejor toma de decisiones gracias a la inteligencia artificial", afirma Lawrence Summers, presidente emérito de Harvard y exsecretario del Tesoro.
"Es una crítica válida", dice Acemoglu. "No preví la IA agéntica y no fue incorporada en mis predicciones". También reconoce que los modelos de IA pueden ser más útiles en la investigación científica de lo que imaginaba. Pero mantiene sus métodos para estimar los efectos de la IA sobre la productividad, así como su intención de introducir "algo de realismo en las afirmaciones sobre las enormes mejoras de productividad que se avecinan".
Estas disputas académicas podrían terminar siendo muy importantes. Acemoglu tal vez no crea que la IA esté a punto de disparar la productividad, pero sí le preocupan sus efectos sobre la democracia y el empleo. Su nuevo libro se concentra en los posibles daños sociales de la tecnología más que en sus posibles beneficios. Su propuesta para limitar esos daños, una "IA favorable a los trabajadores" que aumentaría el valor del trabajo humano en lugar de reemplazarlo, suena estupenda, aunque también obvia.
La influencia de Acemoglu en el debate sobre la IA queda clara en una declaración reciente, firmada por decenas de destacados economistas, que sostiene que "debemos actuar ahora" para "orientar la IA en una dirección que complemente a los seres humanos y beneficie a la sociedad". Pero ¿quiénes somos "nosotros"? ¿Y quién debe decidir qué tipo de IA complementa o no a los seres humanos? Incluso economistas que firmaron la declaración dicen no estar completamente seguros. Tal es la fama de Acemoglu que a veces puede nublar la capacidad crítica.
Artículo traducido por Economía y Negocios.