Rada, tristeza y sonrisas
Con su genio, Ruben Rada rompió los habituales y engañosos diques que se erigen entre lo popular y lo académico. Su música es siempre tan contagiosa como desafiante compositivamente.
La partida de Ruben Rada deja, como bien se decía ayer en el programa En Clave País de nuestro diario, un sabor agridulce. Porque es difícil pensarnos como comunidad con la ausencia de ese referente cultural de primera línea, que durante más de 6 décadas nos brindó su música y poesía para entendernos y querernos más a nosotros mismos. Es duro saber que no volveremos a cruzarnos con él para recibir su humor, esa simpatía que le era tan propia, esa alegría de cantar a capella y bailar en cualquier lado, desde una entrevista hasta un boliche o en medio de la calle.
Pero no todo es tristeza, porque también es imposible recordarlo sin una sonrisa en los labios, tal era la alegría que contagiaba tanto en su obra como en su vida.
Con Rada nos deja uno de los grandes renovadores de la música popular uruguaya y un artista multifacético, que sintonizó como nadie con nuestra idiosincrasia y proyectó nuestra cultura al mundo.
Esta empresa periodística tiene el raro privilegio de haber contado con su imagen y su voz en uno de los mensajes publicitarios más hermosos que hemos producido. Se trata de la canción "Mi país", compuesta por Rada a iniciativa de la agencia Ímpetu en 1999, un tema que prontamente se independizó de su origen publicitario y tomó vuelo propio, convirtiéndose en un verdadero himno de la uruguayidad.
Cuando volvemos a escuchar la voz de Ruben entonando "Hoy puedo ver todo lo bueno que hay aquí y admirar las tradiciones que hacen grande a mi país", no podemos menos que sentir que él mismo, con su inmensa capacidad creativa y su carisma, es ya por derecho propio una de esas tradiciones que nos engrandecen. Al mismo tiempo que protagonizaba junto a Hugo y Osvaldo Fattoruso y a Eduardo Mateo un movimiento fundante de la música uruguaya, iniciaba una carrera de animador y actor televisivo, al lado de otro gigante que perdimos hace poco, Cacho de la Cruz.
Se lo puede ver muy joven, actuando y cantando en un video clip de Los shakers -el legendario grupo de los Fattoruso- más de 20 años antes de que ese formato audiovisual de promoción de canciones fuera popularizado por la cadena MTV.
Se lo recuerda conduciendo programas inolvidables de canal 12, como El show del mediodía, El teléfono y Décadas. También actuando en teleseries uruguayas de canal 10 y 12, así como argentinas. Y en su faz creadora, hemos admirado su naturaleza camaleónica, acompañando la calidad de su música y poesía con la caracterización de personajes siempre diferentes, donde tanto encarnaba a un roquero de los 50 como Richie Silver (2006), como a Rubenrá (2003) un divertidísimo superhéroe en espectáculos para niños.
Con su genio, rompió los habituales y engañosos diques que se erigen entre lo popular y lo académico. Su música es siempre tan contagiosa como desafiante compositivamente. Sus letras aúnan compromiso y denuncia con celebración y alegría.
Aunque definido políticamente, nunca descendió a lo panfletario: su mensaje fue siempre humanista, y eso explica el respeto y la admiración que recibió de los públicos más variados.
Fue, al igual que Carlos Gardel, Julio Sosa, China Zorrilla y Ricardo Espalter, un embajador de la calidad uruguaya en los mercados culturales más importantes del mundo. Y como tal debe recordársele, como el paradigma siempre vigente de que los orientales no nos destacamos internacionalmente por lo meramente cuantitativo, sino por los valores intangibles del talento, la creatividad y una capacidad única de traducir en expresiones artísticas la idiosincrasia de nuestro pueblo, haciéndola universal.
En el lejano 1969, lanzó Las manzanas, una canción que, por su combinación perfecta de contundencia y sencillez, es un himno de amor a la vida: "Si te gusta comer manzanas, son más frescas por la mañana". Una tierna invocación al carpe diem que reformula muchos años después, en 2000, con Muriendo de plena: "Cuando yo me muera no quiero llanto ni pena; prefiero que se me vele bailando una rica plena. Y si no me muero tampoco me hago problema, porque tengo todo el tiempo de bailar hasta que muera".
Lo más lindo que puede decirse de él, es que nos define. Como uruguayos y como seres que amamos la vida. Por eso, una columna editorial que día a día marca la posición del diario sobre los grandes temas de la política nacional e internacional, no puede menos que hacer una pausa hoy para rendir el homenaje que merece un grande de nuestra cultura. Hasta siempre Ruben, y gracias por tanto.