El fin de la inocencia
Se suele exigir todo tipo de derechos, sin comprender el compromiso con la sociedad que los otorga.
Durante mucho tiempo se pensó, cándidamente, que el comercio y los organismos internacionales, como la ONU, garantizaban un cierto orden mundial estable por la interdependencia que implicaban, y que por lo tanto los conflictos se limitaban a ser locales y acotados. Pero esto rápidamente cambió y hemos entrado a una era en que el poder puro y duro de las grandes potencias, el territorio, los recursos naturales y las tecnologías asociadas a esos recursos vuelven a poner en valor la soberanía y la geopolítica. Para Chile y otros países de la región, significa pasar de ser periféricos a estratégicos, por poseer muchos de los insumos que el nuevo mundo requiere: agua, energía, minerales y espacio. Por eso el nuevo valor de Groenlandia, donde ya había una incipiente incursión china por sus minerales. Y explica también el creciente interés por nuestros mares australes, el Estrecho de Magallanes y la proyección antártica.
Estamos viviendo un cambio de paradigma crucial, muy rápido y desconcertante. Si por décadas hablamos de la globalización que llegó con internet y las tecnologías asociadas, todo muy en el éter y en la información, hoy debemos asumir que lo que manda es la seguridad: territorial, de cadenas de suministros, de datos y su control; seguridad energética, alimentaria, militar. En definitiva, la seguridad nacional. El sistema internacional es hoy liderado por dos potencias que no comparten valores y tienen una visión de sociedad muy diferente.
Occidente no es un espacio geográfico. Es una larga tradición de miles de años. Evolucionó desde los antiguos griegos y su esencia conceptual es que las personas son libres y tienen derecho a buscar su verdad y su modo de vida; que el poder debe tener límites; y que incluso el más débil tiene una dignidad que debe ser respetada.
Sin embargo, en los países occidentales y tras décadas de libertad, prosperidad y democracia, se ha dado por seguro que esos derechos son parte del paisaje, como algo evidente y permanente. Y que el comercio los garantiza. Pero no es así. El Estado de Derecho y la democracia implican comprender el sentido de esa libertad que tan arduamente se consiguió. El respeto al individuo, a la persona en su libertad esencial, ha sido confundido con el individualismo. Se suele exigir todo tipo de derechos en forma absoluta, sin comprender el compromiso con la propia sociedad que los otorga. Es el "nosotros" en contraste con el individualismo extremo, que es el defecto, la decadencia, la negación de la sociedad. Por eso es preocupante que en los colegios haya decaído la enseñanza de historia y filosofía.
La seguridad no es solo una acción estratégica, sino que implica una concepción del mundo y de las relaciones humanas. Pienso que la disputa geopolítica que está creciendo no es solo un asunto físico, territorial, militar y comercial, sino que está relacionada con el concepto de civilización en que creemos. No se debe confundir el intercambio comercial con ceder espacios a poderes que no respetan la idea de una sociedad libre. Pero, para eso, primero se debe volver a valorar la esencia de la cultura occidental.