No vivimos una juventud más larga, vivimos una vejez más extensa
Cada 28 de agosto, el Día de la Ancianidad vuelve a poner la vejez en agenda
Cada 28 de agosto, el Día de la Ancianidad vuelve a poner la vejez en agenda. Quizás sea una buena oportunidad para revisar cómo la estamos pensando.
Hace algunos años empezamos a hablar de longevidad como si hubiéramos encontrado la manera de prolongar la juventud. Jóvenes de 80, de 90, de 100 años. La expresión parece positiva, pero encierra una idea bastante discutible: que envejecer es algo que deberíamos tratar de evitar.
No estamos viviendo una juventud más larga. Estamos viviendo una vejez más extensa.
Envejecer no empieza a los 60, ni a los 70, ni a los 80 años. Somos seres envejecientes. Todos estamos envejeciendo, aunque no todos llegaremos a edades avanzadas. Y llegar a ellas no depende solamente de nuestros hábitos o de nuestras decisiones. Depende también de los cuidados que recibimos, de las condiciones en las que vivimos y, por supuesto, del azar.
Durante siglos, llegar a viejo fue una posibilidad mucho menos frecuente. La reducción de la mortalidad infantil, los avances de la medicina, la alimentación, el saneamiento, las vacunas y las mejores condiciones de vida hicieron posible que cada vez más personas llegaran a edades que antes eran excepcionales.
Y, sin embargo, parece que queremos esconderlas.
Hemos cambiado incluso la manera de nombrarlas. Adulto mayor, tercera edad, cuarta edad. Es cierto que la palabra viejo fue utilizada muchas veces en forma peyorativa, incluso como sinónimo de enfermedad. Pero si podemos decir que una persona es joven, todavía parece que nos cuesta decir que otra es vieja.
Durante mucho tiempo, la vejez fue pensada casi exclusivamente desde la enfermedad, la dependencia y la pérdida de autonomía. Como si envejecer fuera, antes que nada, perder.
Hay personas de 85 años que necesitan muy pocos apoyos y personas mucho más jóvenes que necesitan muchos. La edad, por sí sola, no define la capacidad de una persona para decidir sobre su vida.
Por eso, cuando hablamos de longevidad, la pregunta no debería ser solamente cuántos años vamos a vivir. También deberíamos preguntarnos qué vamos a hacer con esos años y qué sociedad vamos a construir para una vida más larga.
Porque esa vida más larga ya está cambiando nuestras familias, nuestro trabajo, nuestros sistemas de salud, nuestras ciudades y nuestras instituciones. Y, sobre todo, está cambiando nuestras biografías.
Nos hemos pasado todo el siglo XX haciendo enormes esfuerzos por prolongar la vida. Llevamos una buena parte del siglo XXI tratando de entender qué hacemos con ella cuando se prolonga.
Esto también nos obliga a revisar una cierta obsesión contemporánea con parecer más jóvenes. Desde la alimentación hasta la actividad física, desde la estética hasta algunas propuestas que prometen retrasar indefinidamente el envejecimiento, pareciera que el objetivo fuera evitar llegar a ser viejo.
No estoy seguro de que ese sea un buen plan.
El objetivo de una vida saludable, activa y, claro, verse bien es agregar años de calidad a la vida, pero también comenzar a pensar cómo agregar vida de calidad a esos años. No se trata de resignarse a la vejez, ni de idealizarla. Se trata de aceptar que una vida larga incluye años de vejez y de construir las condiciones para que esos años puedan ser vividos con calidad y autonomía.
Porque vivir es, inevitablemente, envejecer.
Y hay algo paradójico en todo esto: que cada vez más personas puedan llegar a la vejez es uno de los mayores éxitos de la humanidad y, sin embargo, todavía parece que la vivimos como un fracaso. Mientras no resolvamos esa contradicción, seguiremos construyendo una sociedad cada vez más envejecida en la que, para ser aceptado, parece necesario disfrazarse de joven.