Sábado, 29 de Agosto de 2026

Presidentes con retratos

ArgentinaLa Nación, Argentina 28 de agosto de 2026

En estos tiempos de bicentenarios históricos, los partidos uruguayos vienen celebrando su vigencia

En estos tiempos de bicentenarios históricos, los partidos uruguayos vienen celebrando su vigencia. Blancos y colorados, colorados y blancos, se reparten la historia, en un bipartidismo que lleva dos siglos. En los últimos años se ha cambiado la demografía electoral, con la presencia del Frente Amplio, que lleva ya 55 años de existencia, pero congrega un Partido Socialista fundado por el poeta Emilio Frugoni en 1910 y un Partido Comunista ortodoxo que nació en 1920 y sigue tan campante, predominando en el movimiento sindical. De este modo se ha configurado un nuevo bipartidismo de dos espacios, el del Frente Amplio, conglomerado de izquierda que también integran grupos y personalidades ideológicamente moderados, y el de una nueva Coalición Republicana, que sumó en las dos últimas elecciones a los dos partidos fundacionales.

No se puede entender al país sin la presencia de esos partidos, articuladores de la opinión pública y factor fundamental de estabilidad política.

El próximo 19 de septiembre se celebrarán los ciento noventa años de la Batalla de Carpintería, primera ocasión en que los dos ejércitos, que eran ya los dos partidos preexistentes, usaron por vez primera sus divisas tradicionales, blanca y colorada, que la historia confirmaría.

Si se va al fondo de la historia puede decirse que los partidos tienen sus raíces ya en el artiguismo que, adherido a la Revolución de Mayo en 1811, se enfrenta al Directorio por haber rechazado a sus diputados al Congreso de 1813. Tanta fue la división que se llega a las armas y en 1815, en la batalla de Guayabos, Rivera derrota a Dorrego, enviado por Alvear para terminar con la rebelión artiguista. Los orientales estaban ya asociados a Entre Ríos, Santa Fe, Córdoba, Corrientes y Misiones en una Liga Federal que ni estuvo presente en Tucumán, en 1816, cuando se decretó la independencia argentina.

El Directorio alienta así una invasión portuguesa, que en 1817 ocupa Montevideo, bajo el mando del general Carlos Lecor, un brillante militar portugués, que había servido a las órdenes de Wellington en la reconquista de España del dominio francés. En ese momento se da la primera fractura: mientras Artigas organiza la defensa, con Fructuoso Rivera como jefe de la campaña, Oribe se aleja y se pone en Buenos Aires a disposición del Directorio, con todas las tropas que estaban a su mando.

Derrotado Artigas en 1820, toma el camino del exilio paraguayo, del que, empecinadamente, no retornaría. Rivera pacta con el invasor, mantiene la fuerza oriental a su mando y esto será fundamental en 1825, cuando apoya la Cruzada de los Treinta y Tres Orientales que comandan Lavalleja y Oribe. Vendrán entonces las victorias de Rincón y Sarandí, la declaratoria de independencia, la reincorporación a las provincias argentinas, la consiguiente declaración de guerra del Imperio de Brasil, la ocupación de las Misiones por Rivera y finalmente, en 1828, la Convención Preliminar de Paz de la que resulta la independencia del Estado Oriental del Uruguay, que así se llamó en su primera Constitución.

Rivera es el primer presidente constitucional. Apoya para el segundo período a Manuel Oribe, que a poco de andar suprime el cargo de Comandante de la Campaña que ocupaba Rivera, reinstalándolo poco después bajo el mando de su hermano Ignacio. Rivera se subleva, basado en su popularidad, y derrota a Oribe, que marcha nuevamente a Buenos Aires. Allí Rosas encuentra el pretexto para intervenir en la política uruguaya, apoyar a Oribe y desatar la Guerra Grande, entre 1839 y 1851, con ocho años de sitio a Montevideo, que son definitorios de las identidades ideológicas. Del lado colorado están los liberales montevideanos y porteños (Florencio y Juan Cruz Varela, Esteban Echeverría, José Mármol, Andrés Lamas, Bartolomé Mitre, Alberdi y Manuel Herrera y Obes entre tantos otros); los unitarios argentinos con los generales José María Paz y Lavalle al frente y los republicanos italianos y franceses bajo la figura universal de Giuseppe Garibaldi. Del otro lado Oribe y Rosas. Fue una confrontación ideológica. Liberales democráticos contra nacionalistas autoritarios.

El Partido Nacional alternará luchas cívicas con revoluciones militares

Desde esa matriz, las dos tendencias uruguayas evolucionarán.

El Partido Nacional alternará luchas cívicas con revoluciones militares, libradas en procura de más garantías electorales y mayor representación política. Las luchas armadas terminarán en 1904 cuando, en la batalla de Masoller, muere Aparicio Saravia, el último caudillo rural, hoy por hoy la figura más convocante de su colectividad, envuelto en una aureola de romanticismo. Luis Alberto de Herrera, historiador lúcido, caudillo cívico, conducirá el partido en el nuevo sendero de la paz, haciendo bandera de la libertad política y económica, el nacionalismo y la neutralidad en los conflictos internacionales.

El Partido Colorado, conducido por José Batlle y Ordóñez, transformará el Estado en una línea liberal progresista, con legislación obrera, laicidad del Estado, emancipación femenina y empresas públicas en bancos, energía, combustibles, comunicaciones y seguros. En los últimos años ha abandonado los viejos monopolios para llevar esas empresas a la competencia. Será el constructor de un Estado benefactor, como se dice en Europa, que en Uruguay simplemente se llamará Estado batllista.

Hasta 1958 hubo un predominio colorado de 93 años. Se alternarán luego dos períodos blancos para retornar los colorados con dos gobiernos, hasta el golpe de Estado de 1973. Al retorno, en 1985, se darán tres gobiernos colorados, uno blanco, cuatro gobiernos frentistas y uno de la llamada Coalición Republicana. En todos ellos ha sido fundamental el apoyo de sus partidos y las alianzas y distanciamientos con los demás, en una dialéctica propia de la democracia.

Todos los presidentes tienen, simbólicamente, detrás de sí, el peso de la historia. Los colorados los retratos de Fructuoso Rivera, Joaquín Suárez (el presidente del Gobierno de la Defensa, cuando el sitio) y Batlle y Ordóñez. Los blancos, los de Oribe, Aparicio y Herrera. Aun los frentistas ya cuelgan las fotos del general Seregni, el presidente Vázquez y el presidente José Mujica.

Los partidos tendrán sus intemperancias y hasta sus burocratismos. Pero son insustituibles. No es igual gobernar en solitario que representando a una colectividad.

No es lo mismo presidentes con retratos que con la pared vacía.
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