Domingo, 30 de Agosto de 2026

Manos a la obra

UruguayEl País, Uruguay 30 de agosto de 2026

En América Latina nos gusta importar, con años de atraso, los debates del norte y aplicarlos a la fuerza con mucho menos ingresos.

La campaña sindical por las 40 horas semanales se llama "Más tiempo, más vida" porque, al parecer, mientras trabajamos no estamos viviendo lo suficiente.

Es cierto que no todo trabajo dignifica: demasiados humillan, enferman o apenas permiten sobrevivir. Es cierto que durante mucho tiempo se encumbró a quien llegaba primero y se iba último, pero en algún momento la discusión se pasó de rosca.

Ya no hablamos solo de trabajar en mejores condiciones, sino que empezamos a hablar del trabajo como si fuera, en sí mismo, la condena que nos tocó en la vida. En otra época no era raro ver a quienes volvían del trabajo cansados y satisfechos, dos estados que hoy nos parecen incompatibles.

Sería indecente pedirle un esfuerzo adicional al que cobra dos pesos, viaja dos horas de ida y otras dos de vuelta y, encima, ni llega a fin de mes. Casi un tercio de las personas ocupadas en este país apenas supera los 25.000 pesos líquidos, lo cual, convengamos, es un escándalo. Además, hay más de 150.000 personas subempleadas que querrían y podrían trabajar más, y uno de cada cuatro jóvenes está desempleado. Todos ellos son los que primero necesitan mejores condiciones.

Número más, número menos, en este país hay cuatro grandes grupos de privilegiados: a los que les va muy bien, a los que les va bien, los empleados públicos y los dirigentes sindicales. La tarea de estos últimos consiste en que otros trabajen menos, sin importar si lo hacen mejor. En estos meses se esfuerzan con particular ahínco por hacerle la vida imposible al gobierno.

Hablemos de Juan Castillo. Se merece este largo paréntesis. El ministro de Trabajo empezó a desvincularse del mundo laboral real cuando aún existía la Unión Soviética. No sería necesario agregar una sola línea, pero si a eso se le suma que tiene más de cuatro décadas de comunista y sindicalista, es fácil entender su sempiterno gesto agrio.

Lo que no es tan sencillo es comprender para qué quiere estar en un gobierno en el que nadie lo quiere. ¿No estaría más a gusto, por ejemplo, como embajador en Cuba? ¿Iría si se lo ofrecieran? Seguramente tenga ideas de interés para los trabajadores cubanos que desconocen las luchas sindicales, las reivindicaciones salariales y las discusiones sobre condiciones de trabajo.

A Castillo le encantan los cucos. En estos días ha dicho que a la derecha le gustaría gobernar con medidas prontas de seguridad, que el gobierno "se enfrenta a una cultura dominante de la derecha en el país, a una campaña de dominio de los medios de comunicación". Que la "la derecha está implacable y reaccionaria, si puede pisar te pisa". Que "el fascismo se viene a pasos agigantados". Y que Trump podría venir a por nuestras vacas. En fin.

De vuelta en el mundo real, los sindicatos defienden al trabajador del trabajo, los empresarios defienden a la empresa del costo de reducirlo y el Estado procura que ambos salgan razonablemente disconformes (y suele tener éxito). Nadie habla a favor del trabajo. Ni de la educación, que es imposible de reformar gracias a. you know who. Sí, el sindicalismo.

Nadie cuestiona el rechazo a las jornadas abusivas. Hay correcciones necesarias y todavía insuficientes en algunos sectores (no indispensable en la construcción), pero la idea de que toda obligación es sometimiento y toda hora trabajada es vida perdida tiene vuelo corto y forma de búmeran.

Después está la aritmética, que es maleducada y cruel. Nacen cada vez menos uruguayos y los que estamos acá vivimos cada vez más años, así que quedan

menos hombros que aporten para sostener a mucha más gente. La secuencia histórica va al revés de lo que se propone: las jornadas se acortaron en los países que antes se habían vuelto más productivos. Acortarlas en una economía quieta implica repartir el mismo producto en menos horas.

¿Quién lo paga? Si es la empresa, contrata menos. Si es el Estado, lo pagamos los nabos de siempre. Si es la productividad, que alguien la muestre. Después vendrá la semana de 38 horas, la de 35 y, por qué no la de 30. ¿Quién quiere part-time con sueldo full-time? ¿Algún full-life en la vuelta que hace como que hace?

Pasamos años soñando con una tecnología que nos liberara del trabajo y, ahora que empieza a poder hacerlo, descubrimos que solo queríamos librarnos de algunas tareas, pero no volvernos del todo innecesarios. Queremos que la inteligencia artificial nos ayude a hacer el trabajo para que trabajemos menos, pero que no amenace con hacer todo nuestro trabajo.

En América Latina nos gusta importar, con años de atraso, los debates del norte y aplicarlos a la fuerza con mucho menos ingresos. Este es uno. El sindicalismo se preocupa hoy más por defender el tiempo libre del que trabaja que por defender el trabajo.

Hoy el sacrificio no tiene buena prensa. Pero las modas pasan y las ideas dominantes envejecen de golpe: durante años parece imposible cuestionarlas sin quedar del lado equivocado de la historia y, después, casi sin previo aviso, quienes las defendían explican que aquello fue un exceso o simplemente otra época.

"Más tiempo, más vida" recoge una aspiración legítima, aunque no siempre realista. El tiempo de trabajo también es tiempo de vida. Dentro de unos años el debate ya no será cuántas horas podemos robarle al trabajo, sino cómo podemos impedir que el trabajo desaparezca de demasiadas rutinas. Más trabajo es, en efecto, más vida.
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