Martes, 01 de Septiembre de 2026

¿Está mal querer más?

ColombiaEl Tiempo, Colombia 1 de septiembre de 2026


Lue Araújo
Iba leyendo hasta que esta frase me frenó en seco: "Debes deshacerte del último vestigio de la vieja idea de que hay una Deidad cuya voluntad es que seas pobre, o cuyos propósitos puedan ser servidos manteniéndote en la pobreza"


Lue Araújo
Iba leyendo hasta que esta frase me frenó en seco: "Debes deshacerte del último vestigio de la vieja idea de que hay una Deidad cuya voluntad es que seas pobre, o cuyos propósitos puedan ser servidos manteniéndote en la pobreza". Es una línea de Wallace Wattles. Me tocó parar y levantar la mirada. Nunca había pensado en la pobreza así. Me impactó el paradigma que detectó el autor. ¿Por qué tantas culturas asocian la pobreza con virtud y la riqueza con pecado? ¿Por qué cuesta tanto decir que uno quiere mucho dinero sin sentir vergüenza o tener que justificarlo como si fuera algo malo? Wattles argumenta que la vida tiende hacia la expansión. Como una semilla que germina, crece y termina produciendo muchas más semillas. A nosotros también nos pasa. Queremos crecer, aprender más, construir, hacer empresas, ayudar a otros. Sin embargo, hemos confundido ambición con codicia. No son lo mismo. La codicia busca acumular, incluso a costa de otros. La ambición puede empujarnos a descubrir de qué somos capaces y cuánto valor podemos generar. En este sentido, debemos dejar de competir por lo que ya existe y dedicarnos a crear valor nuevo, sin quitarle, engañar ni aprovecharse de nadie. Ahí hay una fórmula poderosa para generar riqueza. Un empresario ofrece un producto o servicio que el mercado valora. Un artista hace algo que millones quieren ver, leer o escuchar. Un trabajador desarrolla una capacidad por la que alguien está dispuesto a pagar más. Crean valor y alguien paga por él. El dinero sigue al valor. Pero Wattles plantea algo más. Dice que en cada transacción debemos entregar más valor de uso que el precio que cobramos. El cliente debe sentir que recibió más de lo que pagó. Este cambio de paradigma es urgente en personas, empresas y países. Necesitamos gente obsesionada con crear valor, reglas que lo defiendan y un Estado que incentive a quienes producen algo valioso o resuelven problemas, para que muchos más quieran sumarse a esa expansión. Podemos, al mismo tiempo, exigir que paguen impuestos y condenar el abuso, la corrupción y el privilegio mal habido. Pero deberíamos celebrar con enorme entusiasmo a quienes crean valor. Si desde niños aprendemos que querer dinero es superficial o egoísta, o de malandros, no debería sorprendernos la pésima relación que una parte de la sociedad tiene con la riqueza. Y en Colombia seguirá siendo difícil crearla mientras no entendamos de dónde proviene legal y éticamente. Tony Robbins creció con enormes dificultades económicas y desde muy joven se preguntaba por qué personas buenas y trabajadoras podían vivir permanentemente en la pobreza. Su primer mentor le enseñó una distinción que le cambió la manera de entender el dinero: todos tenemos el mismo valor ante Dios, pero no todos tenemos el mismo valor para el mercado. Y ese valor se puede aumentar. Robbins entendió que si quería ganar más, tenía que aprender más, desarrollar nuevas capacidades y encontrar maneras de servir y crear más valor para otros. Quizás ahí está la distinción clave. La pobreza no es una virtud. La riqueza tampoco es un pecado. La riqueza que deberíamos querer, promover y celebrar es aquella que proviene de crear valor para otros. Y entonces la pregunta deja de ser si está mal querer más. La pregunta es: ¿Cuánto valor estamos dispuestos a crear para merecer la riqueza que queremos?
Fundador Boost Your Mind™ @luearaujo | luearaujo.com
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