Miércoles, 02 de Septiembre de 2026

Sobre lobisones y otros monstruos

ArgentinaLa Nación, Argentina 1 de septiembre de 2026

De la galería de monstruos góticos que aterraron mi infancia el hombre lobo quizás sea el protagonista

De la galería de monstruos góticos que aterraron mi infancia el hombre lobo quizás sea el protagonista. El miedo estaba justificado. Durante la cosecha de trigo de 1969 pasé un mes en el campo; retengo en la memoria aquellas jornadas a bordo de la vieja Hanomag, cosiendo bolsas de arpillera repletas de cereal: once puntadas rápidas con una aguja capotera para cerrar la boca; el secreto era dejar una oreja a cada costado que permitiera maniobrar la bolsa de sesenta kilos. La noche me encontraba feliz y agotado; un baño rápido en el molino y un guiso abundante con galleta fresca eran el justo salario. No tardaba cinco minutos en apagar la lámpara de kerosene y dormirme.

Tres días antes de regresar a Buenos Aires una tormenta furiosa casi arrancó el techo del rancho. No llovió, pero los truenos me despertaron. En la cocina me encontré con Serafín, el tractorista. Rezaba en ruso (no importa el idioma; uno sabe cuándo alguien reza) mientras rociaba la puerta con agua bendita. La escena era dantesca: la oscuridad iluminada por rayos; el viento aullando; las ventanas que temblaban. A mí me perturbó su miedo de hombre grande.

A la mañana siguiente lo acompañé a recorrer el campo a caballo para ver los destrozos. Algunos eucaliptos volteados; las aspas de un molino desparramadas por el suelo simulando un esqueleto; el trigo aplastado. El temporal había dejado huella. Serafín debió sentir que me debía una explicación; como al descuido murmuró que un lobisón había merodeado el corral de las ovejas durante la tormenta; el agua bendita impedía que entrara a una casa cristiana. No inventó una historia espeluznante para asustarme; quiso prevenirme de algo malvado. Yo lo imaginé como un enorme perro negro con el pelo erizado y la cabeza gacha; durante años esa imagen me inquietó, hasta que la vida y el mar me enseñaron que otros eran los monstruos que debían preocuparme.

El miedo de Serafín no era infundado, sino entenado de una mitología arcaica transmitida por generaciones. El poeta romano Ovidio lo describió como hombre que mutaba en lobo, conservando las huellas de su vieja forma (Lupus fit; Metamorfosis, siglo I); la tradición eslava como hechiceros que cambiaban su cuerpo a voluntad (vukodlak) para escarnio de sus enemigos; el sacerdote inglés Sabine Baring-Gould denunció que mitad de la humanidad creía esa herejía (El libro de los hombres lobo, 1865); Horacio Quiroga lo imaginó como un chancho enorme que atacaba a una muchacha en su rancho (El lobisón, Caras y Caretas, 1906). Le debemos a la conjunción de supersticiones de la Rusia imperial con el paganismo guaraní la leyenda de que el séptimo hijo varón será lobo en noches de luna llena; la mujer bruja. Destinos malditos si los hay. Serafín (hijo de rusos alemanes) no cuestionaba su existencia; más de una familia que conocía había negado (la palabra me estremeció) a ese hijo infame.

El 20 de octubre de 1907 el presidente José Figueroa Alcorta apadrinó a José Brost, séptimo hijo varón de un agricultor ruso de Coronel Pringles; fue el primer caso en la Argentina. Continuaba una tradición de los zares, iniciada siglos atrás, para proteger a los recién nacidos. Puede parecernos un exceso en este siglo artificial; yo creo que hemos cambiado de mitos, pero seguimos viviendo al amparo de alguna narrativa fantástica que nos domina. En marzo de 1973 los vecinos de Carlos Casares denunciaron que un lobisón asolaba al pueblo: aullidos, huellas dudosas y animales muertos fueron evidencia de la bestia que ocupó páginas escandalosas del diario local por unos días; asustó a algunos y divirtió a muchos. Que los pobladores conocieran el nombre y la profesión del hombre lobo no fue obstáculo para que al año siguiente se aprobara una ley nacional que declaraba ahijado presidencial al séptimo hijo (varón o mujer) de una familia.

Las leyes ordenan al mundo; hombres y dioses disputan su autoría para imponer un cosmos que responda a su ideal. Pueden ser diez breves mandamientos inscriptos en tablas de arcilla o un vasto presupuesto, poblado por cifras incomprensibles, que deberían asustar a los ciudadanos. Ambas claman que el bien común es su propósito; algunas emanan de las costumbres y reflejan las creencias de un pueblo, incluso sus miedos. Tal es el caso de la 20.843, la única ley gótica argentina; quizás de este planeta. Su texto no menciona al lobisón en cinco artículos que ocupan media carilla. No necesita hacerlo; le alcanza con identificar el número mágico de hijos que una familia deberá engendrar para que el presidente lo apadrine: siete. Una medalla de oro (que luego fue dorada; metáfora de nuestro país); un diploma firmado por algún edecán desconocido y una austera beca para estudiar certificaban que la luna llena no afectaría a ese niño y que los padres podían dormir tranquilos.

Un país menos poblado, más viejo, más triste

Miles de familias se acogieron a ese padrinazgo a lo largo de un siglo; recientemente se propuso su derogación en nombre de la eficiencia; una deidad menor del Mercado. Es probable que la ley haya cumplido con su modesto propósito de proteger a los niños y visibilizar al inquilino de una casa rosada, pero me pregunto si es necesario derogarla; quizás convenga transformarla. No deja de ser un artefacto cultural que expresa parte de nuestra historia y aún puede ser útil para hacerle frente a otra bestia que nos acosa en silencio.

En 2024 la tasa de natalidad en nuestro país se situó por debajo del reemplazo poblacional; nació la mitad de niños que una década atrás. Cientos de miles fue la grieta abismal. Es un problema nuevo y complejo; muchos factores concurren a ese fenómeno: económicos, sociales, nuevos mandatos. El horror gótico no puede superar el impacto atroz que tendrá esta tendencia: un país menos poblado; más viejo; más triste. En vez de desperdiciar horas legislativas discutiendo la derogación de una ley que protegía al Séptimo (y nos recordaba de dónde venimos), podríamos pensar en crear condiciones e incentivos genuinos para que los argentinos decidan tener más hijos y podamos dormir tranquilos.

Hace unos días recorrí la ruta 33 entre Guaminí y Espartillar; me detuve en un campo para visitar a Ricardo Cuadrado, un viejo amigo. La noche anterior algo (esa palabra temible usó) había matado a dentelladas a tres terneros y espantado al resto hasta la locura. Curiosamente, coincidió con la luna llena.
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