Viernes, 04 de Septiembre de 2026

Cindy Kleist, la joyera que comenzó haciendo anillos en su cuarto y se volvió referente en Uruguay y el exterior

UruguayEl País, Uruguay 4 de septiembre de 2026

La orfebre y directora de la marca homónima repasó su historia emprendedora, sostiene que la joya "es una forma de llevar una historia" y explica por qué "Uruguay te vuelve más creativo".

Cindy Kleist es montevideana y tiene 41 años. Hace 13 que está casada y es madre de Emma, una niña de 10 años, en quien se inspiró para crear una de sus líneas de joyas, elaboradas con leche materna. Su hobby es viajar, una actividad también forma parte de su proceso creativo. Desde los 18 años estudia orfebrería, un oficio que la llevó a lanzar una marca con su nombre, con la que se ha vuelto referente en el país y ha llegado a mercados internacionales como Nueva York. Destaca que el acercamiento con los clientes y la personalización de las piezas son valores agregados de su marca, que acompaña distintos procesos de la vida de quienes la buscan. «Una joya es una forma de llevar una historia con uno», dijo.


¿Cómo transformó su gusto por el trabajo artesanalen un negocio?

Mi abuela era muy coqueta, usaba collar de perlas, caravanas largas, muchas esclavas. Y de chica yo tenía un encuentro muy especial con ella en el que abría su cofre de joyas y me las mostraba. Yo tenía 10 años, no tenía noción de lo que quería hacer de grande, pero me acuerdo de la fascinación que me daban algunas piezas, como un anillo de víbora o un colgante de corazón con brillantes. Mucho tiempo después asocié eso con mi trabajo de hoy. En un taller de branding me preguntaron sobre el origen de mi emprendimiento y ahí me di cuenta de la relación de lo que hago, con mi abuela. Habían pasado más de 10 años desde que había creado la marca y nunca lo había pensado. Mi papá era artista plástico y tenía una estampería; nací entre telas y pinturas. El arte siempre estuvo en casa. No soy de familia de joyeros la joyería es un oficio que suele pasar de generación en generación, pero siempre estuve conectada con lo manual, con hacer y tocar materiales. Mi papá siempre me hablaba de las proporciones, los colores y el orden de las cosas. Con el tiempo entendí que la educación de la mirada probablemente está muy presente en mi manera de diseñar. Toda la vida me gustó hacer cosas con las manos. Necesito crear, es lo que me motiva, me mantiene feliz y me da vida. Mi padre tenía un taller en la calle Andes y recuerdo que íbamos a Arenal Grande y comprábamos tiras de gamuza y yo iba al taller, donde había muchos brillos, y empezaba a adornar esos cintos y después me iba por locales en Pocitos a venderlos.

Desde el inicio tenía una mirada de negocio...

Siempre quise hacer y vender, y me parecía impresionante que la gente comprara algo que había hecho de cero. Hice un viaje luego del liceo y mi idea era estudiar gastronomía y hotelería, porque siempre me gustó la organización. Pero volví y esa idea caducó.

¿Cuándo descubrió que quería dedicarse al diseño y, en particular, a la joyería?

Empecé a tomar clases de orfebrería con Álvaro Martino y en 2004 salió la Licenciatura en Diseño de Modas y Diseño Industrial en la Universidad ORT. Fui de la primera generación y era súper exigente. Con papá nos quedábamos muchas noches hasta terminar las entregas; las cosas me tenían que quedar perfectas, lo tenía como mi tutor. A la par iba al taller de orfebrería y era mi mejor momento de la semana, de desconexión, de hacer y entender lo que amaba. En mi cuarto tenía la cama para dormir, el escritorio para estudiar y una mesa de joyería con la garrafa, para usar el soplete. Todos los días volvía de la universidad a estudiar y hacer anillos. Y la discusión de todas las noches era: '¿cerraste la garrafa?, ¿abriste la ventana?'. Mi cuarto fue mi primer taller, trabajé muchos años ahí y estaba fascinada. Hice toda la carrera sabiendo que quería hacer joyas y accesorios. No salí haciendo ropa, pero la carrera me dio disciplina, exigencia, historia y sociología de la moda, además de muchas herramientas que de otra manera no hubiera tenido. Me gradué con honores y al año siguiente, cuando tenía 23, falleció mi papá. En el apartamento donde hoy trabajo él tenía sus cuadros y yo mi taller.

¿Cómo fue empezar a trabajar en un mercado que aún no estaba listo para los diseñadores?

Esa primera generación de diseñadores de moda salimos y nadie tenía algo que hacer en Uruguay. El país no estaba preparado para los diseñadores, entonces empecé a hacer ferias de diseño en el apartamento y les alquilaba espacios a mis compañeras. En ese momento no había redes sociales, era todo boca a boca. Igual, hoy en Instagram tengo 34.000 seguidores y sigue valiendo mucho más el boca a boca. Así fue desde el primer día. Mientras vivía con mis padres, a veces venía gente a casa, yo ponía mis joyas en la mesa del living y vendía. También por mucho tiempo fui a la casa de los clientes. Tener el feedback y el acercamiento siempre fue buenísimo. En esas ferias me fui haciendo una base de datos: les pedía sus mails para sortear una joya y así después podía invitarlas a otros eventos. Siempre tuve la cabeza de hacer, vender y ver cómo seguir conectados. Después comencé a participar en ferias de diseño. En esos años gané el premio Morosoli al diseño.


¿Cuándo nació la marca Cindy Kleist?

Estaba estudiando Diseño de Modas y en mi cuarto imprimía tarjetas personales que decían Cindy Kleist y tenían de dibujo un anillo. Iba a Buenos Aires a buscar estuches porque no me gustaban los que había acá y también piedras. En cada viaje, entrar en la calle Libertad con mis padres a elegir piedra por piedra era como ir a Disney. Hacía todo para entregar las piezas que creaba, que eran únicas, en un packaging acorde. Le vendía a conocidas y amigas. En 2009 abrí la empresa y en 2010 sumé a un joyero. Sumar a una persona más fue un duelo: pasé de pensar 'no lo van a poder hacer como yo' a darme cuenta de que lo pueden hacer incluso mejor. Hoy en día dos joyeros trabajan en mi taller y, además, trabajo con muchos talleres. Yo soy el control de calidad de todo, no hay pieza que no pase por mí.

¿Recuerda a su primera clienta fuera de su entorno?

Sí, era un allegado de un allegado. Una persona muy reconocida en el ámbito artístico, por lo que para mí fue un honor. Fue un anillo muy especial hecho en plata.

Hoy los diseños Cindy Kleist se venden tanto en Uruguay como el exterior. ¿Cuándo surgió el interés por internacionalizar la marca?

No era algo que soñara. Empecé haciendo todo yo y una joya lleva mucho tiempo. Cuando empecé a trabajar con más gente, siempre tuvimos el mismo objetivo: llegar a las entregas. Incluso hoy, que trabajo con muchos talleres, nunca tuve un excedente. Siempre me interesó cuidar al cliente primero; no quiero descuidarlo por ir con la marca a otro lado, porque es gracias a quien trabajo. Hoy vendo en mi atelier en Montevideo, pero las redes nos abrieron un mundo gigante y todos los días hacemos envíos al interior. En el exterior vendo en Nueva York, en una tienda multimarca de diseños de autor que hace unos años me contactó. Ellos, además de vender, usan las piezas para relaciones públicas. Mis joyas han aparecido en Vogue, Elle, Harper's Bazaar y Marie Claire, en Nueva York, España, Inglaterra, Montenegro, Serbia, Eslovenia, Vietnam y Ucrania, entre otros lugares.Hace años vendí en la ciudad alemana de Colonia. Y hace meses estoy trabajando en un proyecto para Canadá que está tomando forma y en breve lo daré a conocer.

¿Qué siente al ver que una artista internacional luce una de sus piezas?

No lo puedo creer. Es la misma sensibilidad de la primera vez que vendí. Es ese reconocimiento que me hace pensar que estoy haciendo las cosas bien.

En un mercado lleno de opciones, ¿por qué se busca la joyería artesanal?

Porque es algo único. Hoy hay tanta oferta que tener algo único, hecho a mano, es un diferencial. Es saber que tenemos una entrevista, te escucho y voy a crear para vos algo único. Tengo varias líneas de trabajo y una de ella es el reciclaje de joyas, es hacer algo único con el material que es tuyo y no vas a encontrar en ningún otro lado. Es tu historia transformada y aggiornada. Podemos pensar juntos un millón de diseños y es lo que está buenísimo de la orfebrería: que no hay nada pautado. Cuando mi papá falleció, yo hacía joyas y sentía que lo tenía ahí hablándome de formas y colores. Tuve un adiestramiento de un montón de cosas gracias a él y lo apliqué mucho. Pero también, perder a alguien tan importante te hace crecer de golpe, y me dio la capacidad de ser muy empática. Creo que aprendí muy temprano que las cosas cambian, que las personas no son para siempre y que hay momentos que vale la pena guardar. Por eso, quizás para mí una joya tiene tanto significado, es una forma de llevar una historia, un recuerdo o un vínculo con uno.

¿Tiene reuniones mano a mano con todos los clientes?

No, tengo reuniones todos los días para reciclajes o diseños personalizados. Pero también piezas prontas que la gente se puede probar y llevar en el momento. Esas son de diferentes líneas de diseño. La pandemia fue un antes y un después muy positivo para nosotros, porque nos permitió llegar a la casa de la gente. Mostramos que es algo accesible, que no tenés que venir y tener una cita. Lo único constante es el cambio: si no te adaptás, fuiste, y la pandemia nos puso a prueba. Es como ahora, que hubo una suba de precios del oro y la plata y a mí no se me pasa por la cabeza cerrar. Hay que reinventarse con lo que uno tiene y seguir. El público que nos compra nos va a seguir eligiendo porque valora eso.

¿Cómo considera a Uruguay como lugar para producir?

Puedo quedarme llorando porque subió la plata y el oro, pero me siento más guerrera: es lo que hay y hay que seguir trabajando. No voy a cambiar de rubro. En Diseño de Modas aprendí que no teníamos nada. Una vez fuimos con una clase a Buenos Aires a ver telas y entendí que Uruguay te vuelve creativo. Yo no sabía que había telas peluditas o con lentejuelas; yo las hacía. Al no tener mucho, Uruguay te enseña a hacer las cosas. Hay muchas situaciones que podemos ver como trabas, pero lo bueno es sacar las fortalezas de lo que tenemos. Somos pocos, nos conocemos todos y creo que somos como una joyita, y está bueno focalizarnos en eso.


«No me guío por tendencias; mis joyas son atemporales»

¿Cuál es la clave para mantenerse en el mercado?

Es trabajar 24/7. La permanencia tiene que ver con la responsabilidad, compromiso y exigencia con la que trabajo, con el cuidado por los detalles, la seriedad y el trato cercano con cada cliente. Con los años fui construyendo algo fundamental: confianza. Pero también hay algo que no se puede dejar de lado, como la pasión y el amor por lo que hago. Nunca me quedé haciendo lo mismo simplemente porque funcionaba. Estoy permanentemente pensando qué puedo hacer nuevo, cómo mejorar y qué aportar. La vigencia tiene que ver con mantener la capacidad de crear y reinventarse sin perder los valores y la forma de trabajar que hicieron que la gente confiara en vos. Después de 20 años sigo teniendo las mismas ganas de crear, pero con más experiencia, exigencia y conciencia de lo que significa construir y sostener una empresa. Nunca me guié por las tendencias, mis joyas son atemporales. Viajar es parte de mi proceso creativo, no busco copiar lo que veo, sino absorberlo y traducirlo a mi lenguaje. Formas, colores o texturas que descubro viajando terminan siendo parte de mis joyas. Ahora trabajo en una línea inspirada en Gaudí.

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