Sábado, 05 de Septiembre de 2026

Hablé con un nórdico

UruguayEl País, Uruguay 5 de septiembre de 2026

A 200 km de nuestras costas se prepara algo que podría tener consecuencias profundas para el futuro de nuestro país.

Mientras buena parte del debate político hoy se concentra en cuál fue la última polémica entre dirigentes, a unos 210 kilómetros de nuestras costas se prepara algo que podría tener consecuencias mucho más profundas para el futuro de nuestro país. Si bien es verdad que hablar en Uruguay de algo que ocurrirá dentro de un año parece de largo plazo, por lo que está en juego capaz conviene empezar a conversar ahora.

A partir de septiembre de 2027 está prevista la perforación de un nuevo pozo exploratorio de petróleo en el offshore uruguayo. Será en aguas de entre 2.000 y 3.000 metros de profundidad. Y vuelve a colocar al país frente a una pregunta que hasta hace poco parecía lejana: ¿qué pasaría si esta vez encontramos petróleo? Parece una pregunta futurista, pero merece ser tomada en serio. Esta vez, la exploración maneja una probabilidad de éxito del 24%, un porcentaje elevado para la jerga de la exploración petrolera.

Uruguay ya pasó por una experiencia de este tipo. En 2016, el pozo Raya X-1 implicó una inversión cercana a los US$ 160 millones y terminó siendo seco. La próxima perforación tendría una inversión que podría rondar los US$ 200 millones. Durante estos años se acumuló nueva información geológica y sísmica. A eso se sumaron los descubrimientos del otro lado del Atlántico, que aumentaron el interés.

Hace unos días volví a hablar sobre este tema con un amigo nórdico que había entrevistado años atrás para mi libro Instrucciones para inventar la rueda (2014). En aquel trabajo estudiaba experiencias de desarrollo de otros países y me preguntaba qué podía aprender Uruguay de ellas.

Este amigo había visto las noticias sobre la nueva exploración uruguaya y enseguida me preguntó si ya estábamos teniendo los debates necesarios. "Este tipo de discusión -me dijo- tiene que empezar antes de que la primera perforadora llegue al lecho marino". Es decir, mientras todavía no existe una renta para repartir y los intereses no están activados, un país tiene mayor libertad para definir las reglas.

En el momento en que damos el debate, puede estar buena parte de la diferencia entre transformar una oportunidad en desarrollo o terminar administrando un problema. Y con esto no me refiero solamente a la conocida "enfermedad holandesa", sino a algo bastante más profundo.

La literatura política y económica lleva décadas estudiando la llamada "maldición de los recursos". Sachs y Warner moldearon buena parte de ese debate en los años noventa. Más adelante, Mehlum, Moene y Torvik mostraron cómo la calidad de las instituciones puede determinar si los recursos naturales fortalecen actividades productivas o alimentan comportamientos rentistas. Michael Ross profundizó luego en los efectos que una gran renta petrolera puede tener sobre los incentivos políticos, la corrupción y la calidad institucional. La conclusión parece casi obvia: el petróleo, por sí solo, no hace rico a un país. Lo que resulta menos intuitivo para debate político es la magnitud del problema en que puede transformarse este recurso si no existe, desde el comienzo (o, mejor dicho, desde antes del comienzo), un debate institucional serio.

Conocemos bien las historias de países petroleros prósperos, pero se habla bastante menos de países con enormes reservas que terminaron multiplicando pobreza, desigualdad y fragilidad institucional. Buena parte de la diferencia está en las instituciones que administran esa riqueza.

Por eso conviene discutir antes de que aparezca el primer barril. Noruega lo entendió temprano. El país encontró importantes recursos petroleros en el Mar del Norte a fines de los años sesenta. Su principal enseñanza terminó siendo política y económica, no sísmica. La creación de un fondo soberano es hoy una referencia mundial. El principio detrás del instrumento es que un recurso que pertenece a una generación también debe beneficiar a las siguientes. Es decir, el país nórdico evitó transformar automáticamente una renta extraordinaria en gasto corriente permanente. Construyó un mecanismo para ahorrar, invertir y distribuir sus beneficios a lo largo del tiempo.

La experiencia noruega tampoco ofrece una receta para copiar, sino que sirve como referencia. Uruguay tiene incluso antecedentes institucionales más cercanos. Durante la pandemia el país creó un instrumento extraordinario para enfrentar una situación excepcional. En ese momento fue para administrar una desgracia. Algún día podríamos tener que diseñar un instrumento extraordinario para administrar una oportunidad esta que ojalá se pueda concretar sin ningún contratiempo.

Puede ser un fondo soberano, un fideicomiso u otra arquitectura institucional. También habrá que discutir su eventual destino (infraestructura, primera infancia, innovación, seguridad social o una combinación de estos). El punto central hoy pasa por otro lado. Antes de discutir en qué gastar una riqueza que todavía no existe, Uruguay puede acordar cómo tomaría esas decisiones si algún día existe.

Este ejercicio obliga a mirar un poco más lejos de lo habitual. Muchas veces empezamos a discutir los problemas cuando ya los tenemos enfrente. En este caso, adelantarnos puede ser parte de la solución. Universidades, partidos políticos, cámaras empresariales, organizaciones sociales y gobierno podrían empezar a conversar desde ahora.

Y si al final el petróleo no aparece, estoy seguro de que ese debate tampoco habrá sido en vano. Cada tanto sirve ejercitar músculo del "largo plazo".
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