Aparicio Saravia
"Los pleitos entre hermanos se sellan con un abrazo".
Tras el establecimiento institucional del Estado nacional con la Jura de la Constitución de 1830, se sucedieron enfrentamientos civiles que dieron nacimiento a las divisas y a los partidos Colorado y Blanco (más tarde Nacional), a los que en una monografía de contenido universal sobre el tema -"Los partidos políticos"-, editada a mediados del siglo pasado, un investigador francés Maurice Duverger, cita como los más antiguos que históricamente se conocen.
Cuando el nacionalismo viene de vibrar en toda la República celebrando en agosto sus 190 de existencia política, el 10 de setiembre renueva tal emoción al evocar la muerte mártir de Aparicio Saravia. El 1° de setiembre de 1904, montado en su zaino: ". En el ala derecha el General en persona dirigía los grupos que peleaban a menos de 200 metros de distancia, se destacaba por su poncho y sombrero blanco y si como este temerario reto al destino no bastara, le acompañaba su abanderado con la bandera desplegada. Así recibió la fatal herida combatiendo, como combatió siempre, cual cuadraba a su temple de héroe de leyenda a pecho descubierto." (relato contenido en "Folleto", una evocación del coronel Carmelo Cabrera presente en la circunstancia). Tras una dolorosa agonía el 10 de setiembre falleció Saravia, en el establecimiento de Luisa Pereira de Souza, en zona fronteriza en el paraje Sepulturas.
Luego de la muerte de Saravia, el ejército nacionalista reconoció la derrota y se firmó la Paz de Aceguá. Posteriormente la reforma constitucional de 1918, se asentó en estos hechos, afirmando el espíritu democrático y liberal de nuestras instituciones políticas. Con ella llegaría la regularización del sistema electoral, el sufragio universal y secreto, y la posibilidad de coparticipación de los partidos políticos en la administración del Estado.
La revolución saravista de 1904 contra el gobierno del presidente José Batlle y Ordóñez se produjo invocando el incumplimiento por éste de acuerdos previos que aseguraban a los blancos la titularidad de jefatura políticas en el interior del país. También en el exacerbado centralismo montevideano y otras conductas que los blancos consideraban inadecuadas en el manejo de los negocios públicos.
Muchas veces en la retórica de dirigentes nacionalistas escuché decir en la tribuna que esta revolución era un caso singular en el mundo porque se peleaba de frente y no se hacía para conquistar el poder, sino para que todos los ciudadanos pudiesen elegir a sus gobernantes y participar en el gobierno de la República.
Historiadores patrios coinciden -además- en que revoluciones como la mencionada ya no eran posibles. Un ejército informal no podía enfrentarse al tren, el telégrafo y el ejército de línea. De allí que en el país pretendidas acciones terroristas cercanas, seudo revolucionarias, sean expresiones de una actitud alejada del civismo arraigado en el ser republicano nacional.
Aparicio Saravia apreciaba la vida humana. Un parte de 1904 reza: "Al enemigo en armas debe combatírsele sin tregua; vencido .se convierte en hermano extraviado, nacido bajo el mismo cielo". Una Orden General de Saravia estableció a su vez, que el mal trato innecesario al enemigo sería causa de Consejo de Guerra.
Estas son realidades que merecen vivir en el alma nacional.