Guinovart, de Las Piedras
Su hábitat natural siempre fue donde había aventura. Espíritu que contagió a todos los que pudo.
Hay personas que pasan por esta tierra dejando huella, profunda huella, en todos aquellos con quienes se cruzan. Juan Carlos Guinovart fue un destacado de esa estirpe de hombres cada vez más menguada, que como puede sobrevive a pesar de este mundo frenético y líquido donde los valores pasaron de ser algo principal a una mera referencia accesoria.
Rozando los noventa años, rodeado del afecto de familia y amigos, con un suave viento de popa, Juan Carlos se fue a navegar otros mares. Aguas de las que seguro aspira que no sean más calmas. Su hábitat natural siempre fue donde había aventura. Espíritu que contagió a todos los que pudo.
Aprovechó la vida como un actor principal, no como un espectador.
Habitante de Las Piedras hasta que la dejó para vivir más cerca del mar, fue un personaje ineludible de su paisaje. ¿Quién no recuerda sus caminatas, pipa en mano por las avenidas?
Fue protagonista de muchas cosas importantes de su entorno, pero nunca entreverado con la cosa pública, por la que no tenía gran afecto. Sobre todo, por la ineficiencia que no se ajustaba a sus estándares. Fue siempre de esos que agarran la pala enérgicamente, de los que empujan el lápiz, y de los que hacen que las cosas pasen. No hubo peña que no frecuentara, o que por lo menos que no conociera de cerca, aún como para no ir sino le daba la gana.
Supo dar y recibir, escuchar, y estar siempre que hizo falta. Fue duque en un entorno que poco a poco iba perdiendo su nobleza, y sin quejarse siempre estuvo a la altura de las circunstancias. Fundó empresas, disfrutó el éxito y el fracaso con el mismo aplomo, y plantó bandera y desarrolló un barrio donde nadie creía que podía funcionar, pero nunca dejó de ser quien era: Guinovart, de Las Piedras.
Jamás lo mareó ningún entorno, y en todos se movía como pez en el agua; ver la heterogeneidad reinante en el grupo de personas que nos reunimos a despedirlo y festejar su vida, y para asumir cuanto lo vamos a extrañar, ha sido su mayor éxito.
Suceso que no resulta en otra cosa que la encarnación de todo lo bueno. Del valor de la palabra, de la hombría de bien, de la rectitud, de la ética, de la intransigencia ante la injusticia y lo irracional, de la generosidad silenciosa, del consejo gratuito, de la mirada de reprobación acompañada de la palmada complaciente del que no lo dice pero piensa: "tenés que caerte para aprender a levantarte", de ser recio con fundamento, y de saber llorar sin vergüenza cuando corresponde.
Cuando tenía 80 y acababa de hacer 25.000 kilómetros en moto por Sudamérica lo invité a ir a darle la vuelta al Cabo de Hornos a vela y me dijo que aún no estaba preparado. Cuando tenía 86 y se sintió listo, junto con una tripulación de queridos amigos nos dimos el gusto de doblar el cabo más temido por los navegantes junto a él, pero eso no fue el punto más alto de la travesía. Este fue el de disfrutar de su presencia, de poder ser testigos directos de un tiempo que ya fue, al que nos enseñó a mirar sin nostalgia y con fe en el futuro. Con espíritu indomable, pero asumiendo la realidad como lo que es, algo que está ahí y con lo que hay que manejarse. "Vamos viendo, y después vemos", nos repetía como una máxima de navegación, incluso de la vida. ¡Hasta siempre Guinovart! Ya nos veremos allá donde soplan los cuarenta bramadores.