Automóviles y motos: ¿cuál es el afán?
Eduardo Behrentz
Colombia parece estar declarando una guerra contra las cámaras de fotodetección
Eduardo Behrentz
Colombia parece estar declarando una guerra contra las cámaras de fotodetección. Desde el Gobierno nacional hasta congresistas y concejales cuestionan su instalación, su operación y el destino de los recursos recaudados. Algunas críticas son legítimas: existen concesiones cuestionables, señalización deficiente y lugares en los que la reducción abrupta del límite sugiere un diseño para sorprender al conductor y no para proteger vidas. Todo eso debe corregirse. Pero, como sostuve en una columna anterior, el enemigo no son las cámaras: son el exceso de velocidad y la siniestralidad vial. La discusión revela, además, algo más profundo. ¿Por qué nos molesta tanto que la velocidad máxima urbana sea de 50 km/h? ¿Qué necesidad tenemos de circular a 60 u 80 km/h? En otras palabras: ¿cuál es el afán? Según el Observatorio de Movilidad de Bogotá, durante 2025 la velocidad promedio ponderada en la ciudad fue de apenas 23 km/h. En momentos de congestión y en ciertos corredores es mucho menor. Por tanto, la posibilidad de alcanzar velocidades superiores a los límites establecidos solamente aparece en fragmentos pequeños del recorrido. Hagamos una cuenta sencilla. Supongamos un viaje de 15 km en Bogotá. Durante el 90% del trayecto se circula, por efecto del tráfico, a 20 km/h. En el 10% restante hay vía libre. Si ese último tramo se recorre a 50 km/h, el viaje tarda 42 minutos y 18 segundos. Si se conduce a 65, tarda 41:53. El gran beneficio de acelerar es llegar 25 segundos antes. ¡25 segundos! A cambio, aumenta considerablemente la distancia necesaria para frenar y la energía del impacto. La Agencia Nacional de Seguridad Vial nos dice que cuando un peatón es atropellado a 50 km/h, su probabilidad de sobrevivir es del 30%. Cada pequeño incremento en esta velocidad representa la diferencia entre un susto, una lesión irreversible y una muerte. Con las motocicletas el contrasentido es mayor. Aunque parezca que no nos hayamos enterado, el límite de 50 km/h también les cobija. Pero eso no significa que esa sea la velocidad a la que siempre deban circular. Una motocicleta que avanza a 50 km/h entre automóviles detenidos por el tráfico implica una velocidad peligrosísima para tales condiciones. Más aún, las líneas divisorias no son carriles para motos y los andenes, mucho menos, vías alternas para escapar del trancón. Hay algo cultural en nuestra impaciencia: el pito desesperado apenas cambia el semáforo, el vehículo que acelera bruscamente para detenerse cien metros después y la moto que busca pasar por donde físicamente no cabe. Nos desesperamos por ganar segundos cuando nos tardaremos, irremediablemente, el tiempo que dicte la congestión. Conducir no es un derecho, es un privilegio regulado por el Estado. Un vehículo mal operado puede ser un arma mortal. Tal vez esa deba ser la primera lección en toda academia de conducción: dejemos el afán.
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