Domingo, 13 de Septiembre de 2026

El tic-tac de la deuda

ColombiaEl Tiempo, Colombia 13 de septiembre de 2026

Ricardo Ávila Pinto Ravilapinto
Analista Sénior
Hay alertas de alertas y la que se encendió en los mercados financieros internacionales la semana pasada fue suficiente para quitarle la tranquilidad a más de uno

Ricardo Ávila Pinto Ravilapinto
Analista Sénior
Hay alertas de alertas y la que se encendió en los mercados financieros internacionales la semana pasada fue suficiente para quitarle la tranquilidad a más de uno. Aunque el público en general no tomó mucha nota, los especialistas sí registraron que el costo de endeudarse siguió aumentando en diferentes latitudes, hasta niveles que no se veían hace casi dos décadas. Y eso ocurre precisamente cuando el volumen de acreencias globales es, de lejos, el más alto de la historia. Según el Instituto de Finanzas Internacionales con sede en Washington, las obligaciones combinadas de hogares, gobiernos, empresas y bancos superaron a comienzos de este año los 350 billones de dólares, cifra equivalente al 305 por ciento del Producto Interno Bruto mundial. A modo de comparación, en 2005 el dato fue de 130 billones de dólares, lo cual da una idea del salto registrado. Para complicar todavía más las cosas, una porción creciente de esos pasivos -105 billones de dólares, dice el cálculo más reciente- les corresponde a los países, no a las personas ni a las compañías. Contra lo que pudiera creerse, no se trata solo de los más pobres o de los de ingreso medio, sino de algunos de los más ricos. Estados Unidos, sin ir más lejos, vio en agosto cómo la deuda federal sobrepasó el nivel simbólico de los 40 billones de dólares, seis veces y media más que al comenzar el presente siglo. Tan solo el costo de los intereses superaría este año 1,25 billones de dólares, guarismo mayor a lo que gasta la tierra del Tío Sam en defensa. Francia, por su parte, pasa también por tiempos difíciles. El viernes pasado, su ministro de Hacienda, Roland Lescure, informó que el valor del servicio de las acreencias gubernamentales subirá 25 por ciento en 2027 y hay quienes creen que se puede haber quedado corto. Italia, el Reino Unido o el propio Japón tampoco la ven sencilla. Suena la sirena El motivo es que las tasas de interés muestran una clara tendencia al alza. La causa principal es la aceleración del ritmo inflacionario, en la que tiene mucho que ver el ascenso en los precios del petróleo, que en los últimos días volvieron a franquear la barrera de los 100 dólares por barril. Con el fin de evitar que la carestía se siga acelerando, las autoridades encargadas ya comenzaron a apretar las tuercas. En el Viejo Continente, el Banco Central Europeo subió el costo de sus fondos, mientras que esta semana es probable que el Banco de la Reserva Federal estadounidense haga lo propio. Pero esa circunstancia no es la única. La construcción de centros de datos e instalaciones relacionadas con el auge de la inteligencia artificial (IA) ha comenzado a financiarse de forma incremental con emisiones de bonos privados, lo cual aumenta la demanda por los recursos existentes. Ese factor ayuda a que la espiral gane velocidad y la curva de rendimientos exigidos se empine. Entonces, basta con hacer unas pocas cuentas de servilleta para darse cuenta de que el peligro es real. Deudas crecientes, que apuntan a ser más caras, amenazan la salud de un buen número de naciones que deberán hacer malabares a la hora de cumplir con sus obligaciones. En el peor escenario, tendría lugar un efecto "bola de nieve" que podría venir con efectos devastadores en varios continentes, como sucedió en 2008 y 2009, cuando la economía global sufrió su primera contracción después del fin de la Segunda Guerra Mundial. Haber llegado hasta este punto es resultado de varios procesos de distinto orden. En lo que atañe al endeudamiento, el más reciente es la irrupción de la pandemia, la cual llevó a decenas de gobiernos a emitir papeles para expandir los servicios de salud, comprar vacunas o mitigar el efecto de los confinamientos mediante la entrega de subsidios. Superada la emergencia sanitaria, el consejo de los expertos fue comenzar con un proceso de repago de las obligaciones extraordinarias asumidas. Unos pocos lo hicieron, pero la mayoría optó por seguir en las mismas, entre otras porque los intereses se mantuvieron bajos. La llegada de más populistas al poder tuvo mucho que ver con no aplicar los remedios, pues vino de la mano de un rechazo a la ortodoxia y de promesas de prosperidad sin sacrificios. Ahora, como pasa después de las fiestas llenas de excesos, viene el momento de la resaca. Y el impacto no se circunscribiría tan solo al ámbito gubernamental, sino que sería de carácter mucho más amplio. Para decirlo con claridad, si el costo del dinero sigue subiendo, el ánimo de invertir en proyectos productivos se verá mermado. De vuelta a la IA, que ya genera dudas respecto a la rentabilidad de las megainiciativas en marcha, alcanzar el punto de equilibrio se vuelve más difícil en caso de que la plata deje de ser barata. De llegar a romperse la burbuja, las bolsas de valores registrarían el deterioro en los títulos de las compañías tecnológicas, alimentando un círculo vicioso. Aparte de los pesimistas de siempre, abundan los analistas que advierten sobre las turbulencias que pueden aparecer en un tiempo relativamente corto en caso de que la presión actual no disminuya y muchos inversionistas comiencen a perder dinero. El gran responsable Resulta irónico constatar que el panorama no tendría por qué ser tan oscuro ahora. Pero una seguidilla de malas decisiones tomadas por la Casa Blanca ha complicado las cosas, como lo confirma el ataque a posiciones iraníes que arrancó en febrero. Lejos de convertirse en una victoria rápida, la situación en el Medio Oriente continúa sin solución. A lo largo de más de seis meses, el paso por el estrecho de Ormuz -por el cual hasta hace poco transitaba una quinta parte de los hidrocarburos que consume el mundo, junto con múltiples derivados del crudo- ha estado interrumpido. Quienes han pagado los platos rotos, fuera de los directamente afectados por los bombardeos, son los consumidores que sienten cómo la mayor inflación les roba poder adquisitivo, debido a la trepada de los combustibles. Un caso notorio es el de la gasolina diésel en Estados Unidos, la cual ya está por encima de los seis dólares el galón, algo que nunca se había visto. De otro lado, Donald Trump no es partidario de la austeridad. A pesar de que la economía de su país mantiene un ritmo de expansión saludable que se traduce en mejores recaudos tributarios, opta por gastar mucho más de lo que recibe. Debido a ello, el déficit fiscal estadounidense se acerca al 6 por ciento del tamaño anual de la economía; es decir, casi 2 billones de dólares en 2026. Tapar el faltante obliga a que suba el tamaño de las acreencias federales, algo que continuará empujando las tasas de los bonos del tesoro norteamericano hacia arriba. Que el atractivo del que tradicionalmente es descrito como el papel más atractivo del mundo en términos de bajo riesgo se ha reducido, resulta difícil de controvertir. Durante la última semana, el título a diez años de plazo se acercó al 5 por ciento anual, el doble que en 2023. Cualquier décima de punto porcentual adicional en intereses, cuando se deben 40 billones de dólares, significa mucho dinero. Quizás los mensajes enviados por el propio Trump no ayudan. Preocupado ante la alta probabilidad de que el Partido Republicano pierda la mayoría en las elecciones legislativas de comienzos de noviembre próximo, el mandatario sacó de la manga la propuesta de darle a cada ciudadano un cheque de 5.000 dólares si la colectividad mantiene el control del Capitolio. La idea, de volverse realidad, valdría 1,3 billones de dólares que se agregarían al ya cuantioso agujero en las cuentas federales. Así sea muy improbable que una iniciativa de tal calibre salga adelante, el subtexto es que en Washington no hay voluntad de apretarse el cinturón. Debido a ello, incluso si los escenarios más catastróficos no se concretan, la perspectiva de tasas de interés superiores a las presentes suena como algo viable. Esa es una mala noticia para aquellos que se endeudan en dólares y eventualmente en otras divisas como el euro. Los afectados potenciales van desde los que piden un préstamo hipotecario o los bancos que llegaron a comprar papeles de baja rentabilidad hoy desvalorizados, hasta los países que requieren refrendar sus obligaciones, como es el caso de Colombia. Mal parados Los nubarrones que se acumulan en el frente internacional coinciden con una coyuntura particularmente desafiante para la economía colombiana. Como lo muestran los datos, la expansión reciente de las actividades productivas -que llegó al 3,5 por ciento anual en el segundo trimestre de 2025- tuvo como motor principal a un gasto público desbordado. Buena parte de los mayores giros oficiales fue financiada con más deuda. También se acudió a esquemas audaces que incluyeron recomprar bonos aquí y contratar créditos allá, los cuales dieron un alivio temporal en los pagos sin que realmente hubiera ahorros, en contra de lo dicho originalmente. Tanto la irresponsabilidad fiscal en el cuatrienio pasado como la estrategia de maquillar las cifras y esconder obligaciones se traducen en una enorme factura para el año que viene. Como es sabido, la administración de Abelardo De La Espriella radicó en el Congreso un proyecto de presupuesto general de la Nación que asciende a 634,9 billones de pesos en 2027 y que fue descrito como el que dice la verdad. Este incluye partidas por 59,3 billones más que el presentado a finales de julio por el equipo saliente. Dentro de los distintos rubros, el más notorio es el servicio de la deuda, que muestra un incremento de 55 por ciento, el cual pasaría de 100 a 155 billones de pesos, según el Carf. La proporción mayor corresponde a intereses por pagar, que sumarían más de $ 94 billones, un salto del 37 por ciento entre este y el año que viene. Manejar semejante lío es todo un dolor de cabeza, especialmente si no hay la intención de buscar nuevas fuentes de ingreso. A pesar de los anuncios de austeridad y de recortes fuertes para determinadas carteras, la semana pasada varios ministros dijeron que la plata asignada no les va a alcanzar. Para colmo de males, la atención al terremoto del 10 de agosto y del fenómeno de El Niño, que amenaza con un racionamiento eléctrico, son motivo de presiones adicionales. Financiar un déficit que apunta a ser superior a los 200 billones de pesos constituye un reto enorme en condiciones relativamente normales. Ahora, en medio de un contexto global más complejo, el desafío será todavía más exigente. Si bien buena parte del nuevo endeudamiento estará representado por bonos gubernamentales emitidos en pesos, hay vasos comunicantes que no se pueden desconocer. Los principales tenedores de esos papeles son los inversionistas internacionales que aprovechan el diferencial de rentabilidades entre las alternativas locales y las de afuera, obteniendo utilidades muy grandes en el proceso. Sin embargo, en caso de que los pronósticos sobre mayores tasas de interés se cumplan, no solo se podrían ver alterados los flujos de capitales, sino su costo. Puesto de otra manera, la esperanza de que Colombia pueda hacer ahorros en lo que hoy le valen sus obligaciones se diluye, tanto por las circunstancias externas como las internas. Como lo que pasa en otras latitudes es incontrolable, lo único que se podría hacer para disminuir el riesgo es tratar de poner la casa en orden. Eso abarca disminuir el saldo en rojo de las cuentas públicas y doblarle el espinazo a la inflación, que en agosto retomó su senda ascendente. Nada de eso, lamentablemente, parece factible en el corto plazo. Por ese motivo, y para utilizar una expresión de antaño, el país seguirá "saltando matones", mientras la deuda global hace tic-tac y la expresada en pesos no deja de aumentar. Evitar una explosión que sucederá si no hay cambio de rumbo obliga a tomar correctivos ya, muchos de ellos dolorosos. Pero, mientras sigamos paralizados o en negación, el reloj que desembocará en un apocalipsis financiero continuará avanzando hasta que llegue el estallido. Es solo cuestión de tiempo.
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