Lunes, 14 de Septiembre de 2026

Pablo Rosselli: en Uruguay precisamos que las empresas ganen más dinero

UruguayEl País, Uruguay 14 de septiembre de 2026

Responder a la falta de competitividad con exoneraciones tributarias no es la solución de fondo; parece un tema que ya está agotado.

Para el economista Pablo Rosselli, Uruguay precisa "una agenda política ambiciosa" y dirigentes políticos "con la convicción de arriesgar su capital político para persuadir a los votantes de que ese es el camino". Rosselli sostuvo que del bajo crecimiento económico que tiene el país "se sale con inversión" y para ello es necesario mejorar la rentabilidad. "Necesitamos que las empresas ganen más dinero", afirmó, destacando que las importantes renuncias tributarias aplicadas como forma de expandir la inversión, "parece un camino agotado". Explicó que factiblemente los próximos 18 meses deberían mostrar "una economía creciendo a tasas probablemente del 1,5%", notoriamente superior al período que transcurre, "aunque eso no soluciona los problemas" de la economía, subrayó. "Crecer tan poco por tanto tiempo es un elemento que debería llamarnos la atención remarcó y deberíamos lograr, como sociedad, construir una agenda que nos saque de ese lugar". A continuación, un resumen de la entrevista.

¿La macro ordenada no alcanza para crecer?

Efectivamente, la macro ordenada no alcanza. La economía uruguaya está con problemas notorios de crecimiento. En los últimos 18 meses, considerando lo que probablemente va a ser el dato del segundo trimestre a partir de lo que ya conocemos del indicador adelantado de actividad, la economía estuvo completamente estancada. Y cuando uno mira los 10 años que van desde que terminó el auge de las materias primas en 2014, hasta 2024, en esos 10 años se creció a un ritmo de 1,2% anual. Si se le excluye el efecto de la apertura de la segunda planta de UPM, con un impacto muy significativo en 2023-24, el crecimiento económico de esa década (2014-24) fue menos del 1% anual.

¿Cuáles son los principales aspectos que inciden en el desempeño económico?

Confluyen algunos factores transitorios que tienen que ver con la sequía que tuvimos en el verano pasado y la escasez de ganado que tenemos actualmente. Además, es probable que el propio cambio de gobierno haya sido acompañado de un deterioro de las expectativas empresariales, según lo tenemos medido en Exante. Y hay otros elementos del entorno que también son negativos, como los niveles de conflictividad relativamente altos en algunos sectores como el puerto. Asimismo, tenemos algunos temas en la esfera de las políticas públicas y en las negociaciones salariales que tampoco ayudan a restaurar la confianza empresarial, como la iniciativa de reducción de la jornada laboral que terminó plasmada en un acuerdo en la construcción.
Todo eso, en un contexto global que no favorece, desde la guerra comercial que desató Trump hasta la más reciente tendencia al alza de las tasas de interés de largo plazo.

¿Hay algún elemento favorable que les haga pensar en un repunte?

Sí, visualizamos que hay algunos elementos relevantes para la proyección de la actividad económica que no lucen tan mal. Tenemos un empleo en niveles récord que no crece más, probablemente esté en su pico cíclico, pero también una reducción de la informalidad, un aumento de los salarios en términos reales y del ingreso de los hogares, así como una expansión del crédito al consumo, en un contexto de baja inflación. Todo eso le da firmeza a un componente de la demanda agregada como es el consumo.
Hay otro elemento menos advertido: es una expansión importante del crédito a las empresas.

¿Cómo se traduce eso?

Hasta ahora no se traduce en un dinamismo de la inversión, pero de algún modo, tendemos a pensar que los próximos 18 meses, disipados también los efectos transitorios como los de la sequía y la escasez de ganado en este momento, deberían mostrarnos una economía creciendo a tasas probablemente del 1,5%, lo cual sería una mejora notoria respecto de lo que pasó en los últimos 18 meses. De todos modos, eso no cambia el diagnóstico de que la economía uruguaya tiene problemas estructurales de crecimiento.
Con bajos niveles de inversión y crecimiento, ¿cómo se hace para financiar el bienestar que proponen los políticos al llegar al gobierno y al que aspira la sociedad cuando vota?

La economía lleva mucho tiempo creciendo poco, y eso puede tener efectos acumulativos en la confianza de los empresarios, en el consumidor, en definitiva, en los votantes; y cuando la economía crece muy poco, crecen los riesgos de que se agudicen lo que los economistas llamamos las "pujas distributivas". Cuando la economía crece, hay espacio para repartir y para reinvertir. Cuando ocurre lo contrario, la situación es más confrontativa.
No quiero decir que estamos en absoluto en un lugar similar a lo que nos ocurrió en la década de los ´60, pero no deberíamos restarle importancia a que, el paso del tiempo, con bajos niveles de crecimiento, no solo nos quita fuerza a la economía, sino que puede generar condiciones para un contexto económico y político más desafiante, más problemático.
Crecer tan poco por tanto tiempo, es un elemento que debería llamarnos la atención y deberíamos lograr, como sociedad, construir una agenda que nos saque de ese lugar.

¿Y sobre qué bases debería darse esa agenda?

Uruguay está atrapado en lo que se llama la trampa del ingreso medio, no hay respuestas fáciles para lograr crecer mucho más.
Tenemos muy baja inversión en Uruguay, tanto de capitales nacionales como de inversión extranjera directa. El país tiene notorios problemas de competitividad cuyo origen es en parte micro y en parte macroeconómico.

¿Cuáles son esos aspectos micro?

En cuanto a lo micro, más allá del proyecto de ley de competitividad, que va en la dirección correcta, hay otros temas fundamentales. Uruguay necesita imperiosamente revisar sus relaciones laborales, tener puertos mucho más competitivos, competencia en la distribución secundaria de combustibles, una política de tarifas de energía eléctrica mucho más clara, así como mejorar el acceso a los mercados, abrir más la economía, reducir aranceles y eliminar la tasa consular, pero para eso necesita encontrar el Estado otras fuentes para financiar su gasto, porque hoy tenemos un nivel de déficit fiscal suficientemente alto como para pensar que no es razonable aplicar en reducciones significativas de ingresos tributarios, si no hay medidas que lo compensen.

¿Qué ocurre con esa agenda en Uruguay?

Lo que le está ocurriendo en Uruguay es que la agenda de nuestros dirigentes políticos, no está del todo a la altura de la magnitud del desafío y de las oportunidades de mejora que tenemos.
Tenemos partidos políticos sólidos que son muy buenos representando las preferencias de nuestros votantes. Cosa que es extraordinariamente favorable, pero nos falta en el sistema político la vocación de persuadir. Dirigentes que tengan agendas ambiciosas y la vocación de convencer a los votantes de que hay que hacer el esfuerzo de perseguir esas agendas.

La otra parte de la competitividad es de carácter macroeconómico...

Así es. Uruguay pasó una década con una moneda extraordinariamente apreciada. Y eso es parte relevante de la falta de competitividad y de rentabilidad. Esto se debe a la combinación de políticas macro que no han sido consistentes. El gasto público continuó creciendo más rápido que el PIB. Y los salarios han crecido a un ritmo significativo, en una economía que no crecía. La productividad total de factores que mide la productividad, no solo del trabajo, sino de todos los recursos, crece muy poquito en Uruguay: 0,2% anual en los últimos 10 años. Eso es lo que nos está diciendo que las empresas, si bien han invertido para absorber el aumento de costos salariales, la rentabilidad de esa inversión no es significativa.
Además, una expansión del gasto público desmedida para el crecimiento de la actividad económica en la última década y una política monetaria que persiguió un objetivo necesario de reducir la inflación. Estuvimos varios años tratando de bajar la inflación con tasas de interés altas, aumentando el gasto público, aumentando los salarios. Esa es una mala combinación de políticas macroeconómicas.

¿Por qué se habla tan poco acerca de la rentabilidad de las empresas?

No está en la agenda el tema, no. aunque cuando decimos que Uruguay tiene problemas de competitividad, estamos reflejando que tiene un problema de baja rentabilidad en sus empresas, son muchas las que tienen niveles de rentabilidad que no son suficientemente buenos. En Exante analizamos desde hace varios años los estados financieros publicados en la Auditoría Interna de la Nación de más de 2000 empresas, además de la encuesta de expectativas con unas 300 empresas. Más del 40% de las empresas que responden a la encuesta de expectativas de Exante dicen que su rentabilidad es regular o mala.Si hacemos comparaciones internacionales de rentabilidad, el resultado neto sobre ventas en Uruguay está en el tercio más bajo de una muestra con un alto número de países a nivel global. Y si pensamos en la tasa de retorno sobre el capital, en los agronegocios y en la industria la rentabilidad es 5% inferior a la que razonablemente cabría esperar, por debajo de los niveles de rentabilidad que uno podría obtener invirtiendo en la bolsa. No ocurre lo mismo con los sectores no transables.
Pero, ¿qué es lo que precisamos en Uruguay?, que las empresas ganen más dinero.

Parece muy difícil poner ese tema en el discurso.

Sí, tenemos como una traba para hablar de eso. De hecho, en la conversación pública está implícito que las empresas tienen capacidad para renunciar a ganancias. Toda esta discusión de que tenemos que reducir la jornada laboral, es una discusión que tiene como premisa subyacente que es posible pensar que las empresas ganen menos dinero y que eso no afecte el empleo.
La pregunta más relevante es cómo es posible que en el resto de la sociedad y en nuestro sistema político no esté en la agenda que lo que es importante en este momento para sacar al Uruguay de un periodo de estancamiento o de bajo crecimiento económico es que tenemos que mejorar nuestra competitividad y eso viene de la mano con que las empresas sean más rentables y ganen más dinero.

Generalmente, la respuesta oficial a problemas de rentabilidad pasa por otorgar incentivos tributarios.

Eso me lleva a otro lugar: el país tiene un nivel de gasto público relativamente alto, con muchos problemas de calidad, composición, eficacia y eficiencia, y un sistema tributario con niveles de tributación moderadamente altos, pero muy desparejos, porque tenemos un nivel de variabilidad en las tasas efectivas de impuesto a la renta empresarial que es enorme. Con renuncias tributarias que han sido muy importantes, pero que no están logrando el objetivo de promover la inversión. Nuestra única respuesta parece ser más exoneraciones tributarias, más disparidad en las situaciones tributarias entre empresas. Eso es como un camino que está agotado.
Uruguay necesita mejorar sustancialmente la calidad del gasto público. En mi opinión personal, creo que es bastante difícil que el gasto público total baje. Hay muchas presiones de mediano plazo que van en el sentido contrario.

¿Qué es lo más urgente a resolver en el mercado de trabajo?

Tenemos un desempleo que fluctúa entre 7 y 8%; es alto comparativamente con los países de América Latina y de la OCDE. Y especialmente, el desempleo juvenil es extremadamente alto. Eso tiene que ver con que nuestra institucionalidad de relaciones laborales y la negociación colectiva no están internalizando ningún objetivo de creación y preservación de empleos.
Cada vez que encontramos un sector en el que hay rentabilidad o va a tener chance de pasarle el costo a alguien más, apuntamos a subir el salario. La señal que estamos dando es que no queremos que emplee más gente, sino que pague más a los que ya están. El caso de la industria manufacturera es sintomático: en los últimos 15 años el salario real subió 25-30%. El empleo cayó 25-30% y la producción de la industria, excluyendo UPM y Montes de Plata, creció prácticamente cero. Ninguno de los sectores internalizó que la industria está estancada hace 15 años y que cada punto de aumento de salario, era una reducción similar en el empleo.
Por otro lado, Uruguay necesita pensar cómo cambiar la negociación colectiva en dos o tres cosas. Una es establecer que un conjunto de sectores, por ejemplo exportadores, son los que negocian los máximos para toda la economía. Otra posibilidad es que las empresas no estén obligadas a subir salarios si están pagando más que los salarios mínimos que se fijen. También, definir que la negociación salarial no es de participación obligatoria para el 100% de las de las empresas, sino para empresas de cierto tamaño. O podríamos permitir descuelgues sin mayores explicaciones a las empresas de menor tamaño. Alguna de estas opciones debería tomarse, porque, como funciona la negociación salarial en la actualidad, está de espalda a la necesidad de crear empleo, de la necesidad de mejorar la situación de los trabajadores más jóvenes y no le deja a las empresas ninguna herramienta más allá de cortar los empleos a la hora de gestionar su costo salarial.
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