Una soberanía amenazada
Que nos quede claro que no se trata solo de territorios, de capacidad de defensa y de relaciones internacionales
Si es cierto aquello que declara nuestra Constitución, que "la soberanía reside esencialmente en la Nación", no debiéramos ponernos nerviosos solo cuando algún vecino "tira una gambeta" para intentar hacernos un gol, sino que debiéramos estar en permanente actitud de vigilancia. Sí, pero con una atención que debiera recaer en primer lugar sobre nosotros mismos, sobre nuestra identidad nacional.
Soberanía y Nación, dos conceptos que solo pueden articularse en una identidad concreta, dos nociones que encuentran su sentido más pleno en el alma específica de Chile, porque es una determinada nación, la nuestra, la que es soberana. Si perdiese su esencia, ¿cómo podría defenderse y proyectarse?
Se discute sobre soberanía y parece que todo tendría que reducirse a ocupación del territorio (imprescindible), a dotación de las Fuerzas Armadas (imprescindible) y a mirada geopolítica (imprescindible). Tres imprescindibles, sin duda, pero debajo de esas dimensiones está la Nación, el Chile soberano.
Una nación con tasas de natalidad paupérrimas arriesga la disminución de la población, con la consiguiente pérdida de masa crítica en todos los órdenes. Una nación que, en cruza con los habitantes de 1540, ha sido forjada durante casi cinco siglos por españoles e ingleses, alemanes y croatas, palestinos, libaneses y judíos, italianos y franceses, peruanos y haitianos, cubanos, colombianos, venezolanos y dominicanos -y tantos otros- no puede rechazar la inmigración ni permitirla a fardo cerrado; tiene que ponderarla en relación con la identidad nacional.
En paralelo, el alma de Chile seguirá resintiéndose si falta el desarrollo económico que anime a las nuevas generaciones a quedarse en esta Patria, a desplegar aquí sus vidas. Si no es así, emigrarán, y perderemos soberanía. Igual cosa si no hay seguridad en los barrios y en las poblaciones. !Qué identificación puede sentir con la patria quien apenas logra proteger su pequeña vivienda del acoso delictual¡ Obviamente, se aísla y deja de sentirse parte de Chile.
También le dan vida soberana al alma nacional la conciencia histórica, los símbolos patrios, las tradiciones y costumbres, y un idioma compartido.
Una historiografía sesgada, destinada a destruir héroes y a demonizar gobiernos, nos aparta a unos de otros, nos deja sin patria, sin padres comunes. Y lo que consiguen aquellas banderas de múltiples colores que buscan reemplazar a la tricolor es solo dejar de reconocernos como hermanos: aquella etnia o aquella minoría, ya no es todo Chile. Y un idioma castellano que hoy ni siquiera es "dialecto chileno", sino una jerigonza carente de modulación, de vocabulario y de sintaxis, mal puede permitir que nos reconozcamos en el otro, al que simplemente, tantas veces, !no se le entiende nada¡
Esta Nación, esta Patria, este Chile tan tensionado, tan tironeado hacia la némesis de su historia, de sus símbolos, de sus tradiciones y de su lenguaje, ya pasó por un 4 de septiembre de 2022. Fue un día en que vibró el alma nacional, en que la Nación pareció volver a gemir dolores de parto -con casi cinco siglos de vida en sus entrañas, eso sí- y emitió el veredicto: Chile, Nación soberana.
Y ahora se nos aparece el Dieciocho. Y con las fiestas, la realidad de la soberanía nacional desgarra sus velos y reaparece, en la señera expresión de Octavio Paz. Al atisbarla en estos días, que nos quede claro que no se trata solo de territorios, de capacidad de defensa y de relaciones internacionales, sino que la soberanía reside esencialmente en la Nación, en el alma de un Chile tambaleante pero esperanzado, y ciertamente más amenazado desde dentro que desde sus fronteras.