Pobre, pero nuestro
Paralizar el puerto por demandas sindicales no es heroico. Es estúpido.
El título intenta parafrasear una de las ocurrencias del gran humorista que es Jorge Esmoris. A un programa que realizó para TV Ciudad le puso Malo pero nuestro, parodiando ese ultranacionalismo que nos ataca a quienes producimos cultura autóctona.
Mi versión del chiste se relaciona más bien con el nacionalismo infantil que prende en sectores de la izquierda radical según el cual estaría bien paralizar la actividad portuaria o la pesquera, con tal de revivir un perimido discurso de explotadores y explotados. Uno los escucha hablar y su discurso es seductor: suena a David contra Goliat, al trabajador parándose de punta contra el poderoso. Llevado al plano de la historia sindical, es la gesta heroica de gente como mi abuelo Marcelino Ramos, que encabezó luchas por derechos laborales básicos. Leyes que acá concretaron colorados y blancos, en respuesta a demandas populares, y que en buena parte del mundo occidental se obtuvieron a fuerza de sacrificio y con derramamiento de sangre.
La realidad actual es menos heroica y se empecina en demostrar evidencias a las que muchos ojos siguen ciegos.
No somos una gran potencia autosuficiente cuyas riquezas hay que sacar de manos del zarismo. Somos un pequeño país dependiente en un sistema capitalista, y quienes producen prosperidad y, con ello, generan fuentes de trabajo y pagan salarios, compiten contra sus pares de otras naciones. Paralizar el puerto por demandas sindicales no es heroico. Es estúpido. Cada barco que se saltee Montevideo para zafar de este engorro significa más obstáculos a la exportación, menos oportunidades para nuestras empresas y una pendiente segura a las pérdidas de fuentes laborales.
La parte racional del gobierno impulsa una ley de competitividad que favorece a los emprendedores, pero la otra parte, la irracional, juega al equilibrismo en lugar de tomar decisiones concretas que beneficiarían a todos los trabajadores del país, aunque no contemplen las aspiraciones de unos pocos privilegiados. No vaya a ser que nos acusen de favorecer al "gran capital". La tensión se da porque a esa facción retrógrada le cuesta desprenderse de sus reflejos condicionados: quieren un país pobre pero nuestro. Y el puerto no es un ejemplo aislado.
Está el proyecto de impuesto a los ricos, aplaudido incluso por parte de la academia, que apunta a castigar justamente a los inversores que el país necesita para crecer. La misma competencia que nos hacen otros puertos donde se brindan servicios eficientes, nos la ejercen los países que exoneran las inversiones del exterior, para atraerlas, en lugar de encarecerlas artificialmente.
Pero esto tampoco lo entienden los que ven en el inversor a un pirata de traje y corbata con parche en el ojo. Siguen soñando con un país autosuficiente, que genere su propia riqueza y la distribuya equitativamente, una utopía que Cuba sostuvo mientras se apoyó en la Unión Soviética primero y en Venezuela después, dos proveedores que por aplicar el mismo sistema también colapsaron.
¿Realmente hay que ser "de derecha" para entender estas verdades tan elementales?
¿Llegará el momento en que esta gente deje de analizar la realidad con los figurines de 1917 y acepte el mundo tal cual es? Espero que el país haya sobrevivido para entonces.