Educación
con inteligencia del amor (IA)
Padre Diego Marulanda Díaz
En tiempos de inteligencia artificial, la educación recibe múltiples desafíos
Padre Diego Marulanda Díaz
En tiempos de inteligencia artificial, la educación recibe múltiples desafíos. Dentro de ellos, nos preguntamos qué lugar ocupa la inteligencia del amor en el modelo de educación del país. Es de destacar que el primer imperativo de la educación es elevar los estándares de la calidad mediante el rigor técnico, disciplinar y científico sobre el fundamento de la ética. La educación no puede desentenderse de la responsabilidad de ofrecer capacidades que garanticen la realización integral de las personas. El Papa Francisco nos invitaba a reflexionar al respecto: "Educar es dar vida, es un acto de amor y el amor es exigente". La calidad y las competencias de los currículos deben estar en intrínseca relación con las capacidades humanas dentro de la cuales está la del amor. Esto significa aprender a entrenar la atención, a cuidar las relaciones interpersonales y la empatía como potenciadores de los talentos que requerirán los nuevos modelos de desarrollo económicos, que además incorporarán niveles importantes de inteligencia artificial. Los profesionales del futuro agregarán valor si aprenden a ‘estar presentes’ en las realidades vulnerables de la condición humana. Aplicar la inteligencia del amor (IA) a la transformación educativa implica pasar de una institución diseñada principalmente para la instrucción técnica, la estandarización y la rendición de cuentas utilitarias, hacia un ecosistema vivo de regeneración humana y social. En este contexto educativo, la inteligencia del amor (IA) no es un sentimiento romántico, sino la capacidad cognitiva interior que redefine cómo se aprende, cómo se enseña y cómo se habita la comunidad educativa. Así, el aprendizaje deja de ser la transferencia unidireccional de un ‘supuesto experto’ a un receptor pasivo. Se convierte en un diálogo vivo donde las preguntas interesan más que las respuestas estandarizadas y donde el conocimiento se co-construye a partir de la experiencia y la vulnerabilidad. El rol principal de los rectores, decanos y directivos docentes es cuidar y crear las condiciones de bienestar, autonomía y sentido para que la comunidad crezca en humanidad; como el indicador de todos los indicadores. Esto exige abandonar la gestión desde el control jerárquico y el cumplimiento ciego de indicadores fríos. Un currículo basado en la inteligencia del amor conecta al estudiante con su comunidad y entorno. No busca formar profesionales para extraer valor de forma depredadora, sino agentes de cambio capaces de regenerar tejidos sociales deteriorados y resolver crisis socioambientales complejas. Así como se evalúan las matemáticas o la lógica, se debe legitimar y cultivar la atención plena, la empatía, la resiliencia emocional, la capacidad de escuchar profundamente y el compromiso ético con el bien común. En la educación, lo cognitivo y lo afectivo no son mundos separados.
Rector Universidad Pontificia Bolivariana.