Lo que ocultó el crecimiento
¿Qué pasa con los países cuando no crecen? ¿Qué pasa con el electorado?
Fueron muchos años. El crecimiento económico logró esconder debajo de la alfombra errores que, en otro contexto, inexorablemente habrían tenido consecuencias visibles. Garantizado el consumo, anestesió a la sociedad: la volvió menos exigente con todo lo que no tocara el ingreso del hogar o, al menos, le dio la volátil ilusión de que se podían postergar las reformas necesarias sin que nada cambiara. Soportó el peso de políticas públicas mal diseñadas y es entendible que nadie lo notara: no había ojos para ver ni oídos para escuchar. Es la vieja pregunta que suele asociarse al obispo Berkeley: si un árbol cae en el medio del bosque y no hay nadie ahí para oírlo, ¿hace ruido?
Hasta que las cosas cambian. Según las proyecciones del CED, este año la economía crecería menos de un punto. Y cuando ya no alcanza para cubrir las carencias, estas quedan a la vista. Por eso en la agenda pública aparecen ahora con más fuerza las tensiones internas del gobierno y las pujas corporativas por poder, que siempre existieron. Por eso se hace más visible la captura corporativa del Estado que le quita autonomía y con ella capacidad. Emerge con más nitidez lo que Methol llamaba el país de comensales.
Los problemas de productividad, educación, seguridad, empresas públicas, burocracia, diseño institucional están ahí más visibles que nunca y muestran que, cuando un país con tanta cultura regulatoria crece muy por debajo de lo necesario, los efectos se acumulan y difícilmente pueden subsanarse de un día para el otro.
Por otra parte, sin crecimiento económico la gente se cansa más rápidamente de los mecanismos formales que no conducen a resultados tangibles. Nadie se siente representado por una mesa interdisciplinaria de trabajo, salvo quienes la integran. Siempre está el peligro de que la palabra del político de turno se deteriore.
"El modelo de convivencia" no solo muestra su agotamiento en subvenciones más o menos disimuladas, sino también en cada costo que se agrega para preservar un equilibrio. La parálisis corporativa en la que vivimos deja espacios vacíos en los que flota a la deriva toda una población: la que soporta el peso de los ajustes. Cuesta producir, contratar, invertir y, finalmente, vivir.
Pero hay una segunda cuestión que aparece cuando el crecimiento deja de hacer de amortiguador: ¿qué ocurre con las fuerzas políticas cuando llegan las restricciones? A lo largo de la historia las izquierdas comprendieron que una parte de su práctica política pasaba por una comprensión cabal tanto del sistema económico que pretendían derribar como de las condiciones materiales para construir otro mejor. Pero el comportamiento de la izquierda uruguaya en el poder en un marco de restricciones no deja de ser un fenómeno particular. Por eso casi ninguno de sus representantes políticos habla de economía en la actualidad.
¿Qué pasa con los países cuando no crecen? ¿Qué pasa con el electorado? Lo que ocultó el crecimiento durante años aparece hoy y empieza a desmentir algunas ideas que durante años parecieron indiscutibles: que el modelo de convivencia es sostenible sin tocar nada, que el Estado podía conformar a todos, que gobernar es ir pateando las difíciles para adelante.
¿Qué va a sustituir a esas ideas que hoy quedan en falsa escuadra? La respuesta es lo que hay que construir con tiempo. En política no hay vacíos.