Nueva brecha digital
Hay evidencia que indica que un uso muy importante de las IA es terapéutico y para compañía.
Cuando estudié Sociología en la Facultad de Ciencias Sociales de la Udelar, hacia fines de la primera década del siglo y comienzos de la segunda, uno de los conceptos centrales dentro de las teorías sobre la llamada "Sociedad de la Información y el Conocimiento" era el de brecha digital. El concepto refiere al acceso desigual de personas y grupos sociales a las tecnologías de la información y la comunicación, una desigualdad que puede profundizar otras formas de exclusión social.
Se asociaba a la noción de las capacidades desarrollada por autores como Martha Nussbaum o Amartya Sen, en la medida que ser excluido de esta sociedad era un problema que disminuía las capacidades de las personas o los grupos para realizarse. De ahí que el acceso a internet y computadoras pasó a ser concebido como un derecho que fue la base para políticas públicas como el Plan Ceibal o el extinto Plan Ibirapitá.
Hace ya bastante tiempo publiqué en este medio una columna titulada "La destrucción del alma," enfocada en cómo los smartphones y redes sociales trafican con nuestra atención, capturándola y reduciendo lo que somos como personas.
Mencionaba allí los riesgos psicológicos identificados en las redes sociales y los impulsos a su prohibición en algunos países, señalando también que una de las acepciones de la palabra "psique" es "alma", y que, por lo tanto, las aplicaciones y redes sociales que nos hacen adictos y nos destruyen psicológicamente también nos destruyen el alma.
Esa columna fue antes de que la IA generativa como el ChatGPT fuera algo cotidiano, lo cual ha profundizado el problema y lo hace más urgente. Hoy en día, la IA está ocupando ámbitos sobre los que no existe consenso acerca de si son los más adecuados para el florecimiento humano, tanto a nivel personal como social.
Desde la sociología, hay autores que identifican un nuevo "individualismo de la IA" en la medida que es una tecnología social, es decir, que está diseñada para exhibir un comportamiento social similar al humano. Al relacionarnos con una IA social cada vez más personalizada y adaptada a las nuestras necesidades individuales, vamos hacia formas de sociabilidad más individualizadas y autónomas.
Esto puede tener algo de positivo al hacernos, justamente, más autónomos: el ideal del humanismo moderno; pero tiene importantes consecuencias en nuestro relacionamiento con los demás y las redes sociales que formamos.
El sociólogo americano Mark Granovetter publicó un artículo muy importante en los 70s en el cual describía "la fortaleza de los lazos débiles", queriendo decir que los vínculos sociales que vamos estableciendo más allá de nuestras familias, amigos y comunidad más cercana, tiene un impacto crucial en las oportunidades y a la información a las que accedemos. Con el individualismo que promueve la IA, no cultivamos los lazos débiles y consecuentemente disminuye nuestro capital social.
Otro efecto del individualismo de la IA es en las relaciones interpersonales y en la intimidad.
Hay evidencia que indica que un uso muy importante de las IA es terapéutico y para compañía. La posibilidad de conversar con un chatbot como si fuera otra persona nos produce una gratificación instantánea y una comodidad emocional muy seductora, porque nos evita la fricción de tener que enfrentar a otro que desafíe nuestras opiniones o puntos de vista. La IA siempre nos va a dar la razón y validar lo que digamos a menos que le escribamos un prompt para que explícitamente haga lo contrario.
Por eso es que el último libro de Sherry Turkle, una psicóloga estadounidense que viene estudiando las relaciones con tecnología desde hace décadas, se titula "Artificial Intimacy", justamente porque con las máquinas tenemos un sucedáneo de intimidad el cual, para ella, no es conducente a relaciones sanas ni a la vida buena.
Ortega y Gasset escribió que "en el dolor nos hacemos, en el placer nos gastamos", y es justamente en el enfrentamiento con el mundo real que nos vamos convirtiendo en personas íntegras, y no en relaciones autocomplacientes con chatbots que siempre nos van a dar la razón.
Hoy tenemos a los magnates hipócritas de las empresas de IA advirtiendo que las tecnologías que desarrollan nos van a matar a todos, pero la matanza ya comenzó; al colonizar nuestra vida interior, sacándonos datos, y traficando con nuestras emociones, todavía no matan los cuerpos pero si ya están asesinando nuestra psique y, como escribí en la columna anterior, destruyendo nuestras almas.
Hoy en día, 15 años después de lo que me enseñaron en la facultad, se dio vuelta la tortilla. La nueva brecha digital consiste en la diferencia entre aquellos que pueden ser lo más independiente posibles de los sistemas técnicos a los cuales estamos sometidos. La autora Shannon Vallor propuso el cultivo de "tecnovirtudes", lo cual no es más que ir al comienzo de la filosofía para desarrollar una sabiduría práctica que nos permita juzgar, tanto individual como socialmente, el lugar de estas tecnologías. Probablemente la cosa se ponga peor antes de mejorar.
Mientras tanto, hay que hacerle caso a Ernesto Sábato y cantar en la miseria.