Lunes, 19 de Octubre de 2026

Presidencial francesa

UruguayEl País, Uruguay 19 de octubre de 2026

El enorme avance de inmigración africana y musulmana plantea problemas demográficos y civilizatorios centrales que el futuro presidente francés tendrá que enfrentar decididamente.

Estamos a seis meses de la elección presidencial en Francia. Se acaba la posibilidad de reelección de Macron y por lo tanto se define allí un rumbo nuevo para los próximos cinco años.

El sistema francés es el inventor del balotaje tal como lo conocemos en Sudamérica. Pero para el caso galo hay un factor adicional que es que es a partir de la elección presidencial que se define todo lo demás: el peso de las distintas fuerzas políticas en el Parlamento, el tipo de coalición de gobierno, etc. Es decir, primero está la presidencial, que es en torno a personas y no tanto a partidos, y luego llegan las legislativas con sus aparatos partidarios y sus temas locales y de circunscripciones como protagonistas.

En esta ocasión Francia se juega una definición clave: ¿le dará el triunfo a la candidata de derecha nacionalista Le Pen, se volcará hacia una izquierda radical encarnada en Mélenchon, o logrará el triunfo una especie de alianza de centro, hecha de distintas sensibilidades más o menos socialdemócratas, liberales o conservadoras, pero en todos los casos unidas por su rechazo a ambos extremos del escenario político francés?
Le Pen cuenta con una ventaja indudable: hace muchos meses ya que su figura recibe en todos los sondeos de opinión más de 33% de los votos, tiene ya dos experiencias previas que le permitieron alcanzar el balotaje (y perdió en ambas elecciones), y definitivamente encarna una especie de hartazgo de una parte importante de la opinión pública que parece estar dispuesta a dar ese salto simbólico tan importante de votar a alguien que proviene del campo de la extrema derecha.

Para el caso de Mélenchon y su propuesta de extrema izquierda, es claro que se trata de su última cita electoral, por su propia edad (llegará con 75 años en abril de 2027) y por la presión de una nueva generación izquierdista que quiere ocupar protagonismos políticos más relevantes.

A diferencia de anteriores procesos electorales, hoy en día ya está alcanzando casi el 20% de intención de voto. Se trata de un orador de excepción, de una vasta cultura clásica, convencido de su estrategia y que, además, se ha ocupado de captar el apoyo de generaciones jóvenes llegadas con esa inmigración de características tan diferentes a las de la Francia histórica: africana, musulmana, religiosa no laica, y sobre toda las cosas, con un resentimiento del tipo woke estadounidense que potencia enormemente toda la tarea militante y proselitista de la izquierda.

Entre esos dos espacios hay varias figuras que hacen el papel de tenues y medidos. A veces algo críticos de la política de Macron, a veces más europeístas, a veces más proclives a la izquierda de Mélenchon u otras más en favor de la derecha de Le Pen. ¿Será posible que el candidato que de allí emerja como mayoritario en primera vuelta termine siendo el que se enfrente en el balotaje contra Le Pen el próximo 2 de mayo?

En cualquier caso, sea cual fuere el resultado, es evidente que la encrucijada francesa es enorme. En el campo económico y social, por primera vez Francia está debiendo pagar más tasa de interés que Italia para sus bonos a 10 años, porque todo el mundo se da cuenta de la insostenibilidad de su deuda pública y de su déficit fiscal. Y el peso enorme que allí tienen los integrantes de la generación del baby boom, es decir los nacidos entre 1945 y 1962, que hoy están ya jubilados o en vías de hacerlo, oficia de escollo para cambiar las reglas de juego de aportes jubilatorios, sistema de pensiones y gastos sociales vinculados a la tercera edad.
En la dimensión internacional, el objetivo declarado de Alemania de pasar a ser la potencia militar más importante de Europa y el diferencial cada vez más grande de peso económico entre un país y el otro están haciendo volar en pedazos los equilibrios fundamentales de los acuerdos que hicieron posible la Unión Europea.
Sin igualdad entre Francia y Alemania, como todo el mundo sabe desde el siglo XIX, todo el continente pasa a estar en problemas y Rusia pasa a ser, siempre, un factor preponderante en el continente. Finalmente, el enorme avance de inmigración africana y musulmana plantea problemas demográficos y civilizatorios centrales que el futuro presidente francés tendrá que enfrentar decididamente, si no quiere ver romperse las bases que forjaron la República laica que es sello de identidad gala desde 1871.

Desde la presidencia de De Gaulle en 1958, pocas elecciones han sido más importantes que la del año próximo en Francia. París se juega allí su destino de potencia europea.
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