Rosa y el mar
Cuando muchos piensan en el retiro, la dueña de la isla Pilcomayo sigue dando la pelea. Con esfuerzo construyó su vida en un territorio extremo y, tras enviudar dos veces, sacó adelante a sus ocho hijos. "De aquí solo me sacarán cuando muera".
M ujer de armas tomar, Rosa Vidal Vidal -elegida entre los 100 Líderes Mayores 2025 y con quien intentamos coordinar una entrevista desde mayo, con ayuda de su nieta Yenny- disfruta salir machete en mano para abrirse paso entre los arbustos que se cruzan por su camino. Dueña de la isla Pilcomayo, ubicada cerca de Puerto Aguirre, pueblo pesquero de la Región de Aysén, desafía la edad para mariscar a primera hora de la mañana y pasar sus tardes en el monte.
Aislada gran parte del año -viaja a Puerto Aysén entre dos y tres veces al año para visitar a su familia y a su doctor-, pudimos reconstruir su historia gracias a un cuestionario que contestó mediante un audio -con la ayuda de Yenny- y los recuerdos que ella y el hijo menor de Rosa, David, compartieron sobre la matriarca de la familia.
Aferrada a su tierra, a la que llegó siendo prácticamente una niña, dice que de allí solo la sacarán cuando muera.
Al sur del mundo
Nacida en Cóndor, sector rural cerca de Puerto Aysén, la pequeña Rosa creció al cuidado de una tía. Eso hasta los 14 años, cuando se fue a vivir a isla Partida, también en la Región de Aysén, donde comenzó a trabajar con leña para vender. "Aprendí a ganarme la vida", recuerda.
Trabajaba como empleada doméstica en Coyhaique cuando su primer marido, Raúl Miranda Huenchumán, con quien tendría siete hijos, la fue a buscar. Lo había conocido un poco antes y la llevó a trabajar con él a Puerto Ibáñez. En esos tiempos se construía la Carretera Austral y Rosa comenzó preparando comida para los camioneros de la obra para terminar colaborando en la construcción de la carretera junto a su futuro marido.
Buscando desarrollar otro empleo, junto a un grupo de conocidos, llegó primero a Puerto Cisnes y luego a Bahía Hermosa, donde trabajó un tiempo. Hasta allá llegó a buscarlos un familiar de Raúl y con él se trasladaron a una isla que estaba frente a la Pilcomayo. En ella se dedicaron a extraer luche -alga marina comestible-, pescar merluza y sierra, y recolectar mariscos. Hasta hoy continúa procesando erizos, cholgas y jaibas, para venderlos en la feria de Puerto Aguirre y en distintas islas del fiordo.
"He hecho de todo, también carbón. No hay ningún trabajo que no haga y me siento orgullosa de eso", cuenta Rosa.
Su marido, para entonces, estaba entusiasmado con la idea de vivir en esa isla, pero se encontró con la negativa de Rosa: ella quería vivir en un lugar que fuera propio. Ese lugar estaba al frente y era Pilcomayo, isla que se vendía en 100 mil pesos, una suma considerable para la época. "!Cuánto trabajamos para ganar esas 100 lucas...¡", evoca Rosa.
En ese entonces no tenían prácticamente nada, solo un bote a remo para las tres familias que vivían en la isla y que hasta el día de hoy la habitan. En ese bote partía Rosa a dejar a sus hijos pequeños a Puerto Aguirre para que pudieran estudiar en el internado.
Pese al esfuerzo físico que la isla le demandaba, guarda lindos recuerdos de esos primeros años trabajando en ese entorno aislado. "Para mí fue todo fácil. Si había, había, y si no, no. Me sentía libre en el mar".
Desde entonces han pasado más de 55 años y Rosa sigue sacando luche, procesando lo que recolecta, además de cosechar lo que cultiva en su huerta y cuidar a sus animales, entre ellos, gallinas. Muchas gallinas. Para esta temporada, en tanto, ya sembró ajos, cebollín, lechuga, acelga, hierbas medicinales, frambuesas y frutillas.
"Disfruto mi vida en la isla", comparte, asegurando que construyó su futuro en medio de la nada y que fue un sueño tener algo propio. Primero su casa, la cual fue reemplazada hace unos años por otra más grande que le construyeron sus hijos; tres lanchas y dos botes (partió con uno) y luego su casa en Aysén.
En esas tierras tuvo a sus ocho hijos sin hospital ni matronas. "Mi abuela cuenta que sabía cuándo iban a llegar y buscaba un lugar seguro para poder dar a luz", cuenta Yenny. Sus siete primeros hijos los tuvo en su matrimonio con Raúl, quien murió como consecuencia de un cáncer, y el menor, en un segundo matrimonio con José Guenul, de quien también enviudó, en 1983.
"Mi papá murió buceando frente a la casa, en la isla", recuerda David, quien entonces tenía cinco años. Tampoco olvida cómo su mamá se levantó y salió a trabajar, mientras que su abuelo paterno nunca pudo superar la muerte de su hijo. "Se fue apagando de a poco".
A diferencia de sus hermanos, quienes tuvieron que dejar de estudiar cuando estaban en enseñanza básica -para salir a trabajar y ayudar en la casa-, el hijo menor de Rosa pudo continuar con sus estudios. "De niño, uno no dimensiona eso. Lo vine a entender de grande", dice.
Gracias al apoyo de su familia, especialmente de su mamá, David estudió Ingeniería de Ejecución en Informática en la U. de La Frontera (Temuco) y hoy trabaja como analista de sistemas en un banco en Santiago.
"Mi mamá, una mujer que no sabe leer ni escribir, me empujó para que me fuera a estudiar. Cuando le llevé el certificado de título estaba feliz, lo encontró bonito, lo daba vuelta. No podía leer una sola palabra, pero tenía su corazón hinchado de orgullo y felicidad", rememora David.
Libre en el mar
Rosa es feliz en su isla. Tanto que le hace el quite a ir a Puerto Aysén, donde están siete de sus ocho hijos (cuatro hombres y cuatro mujeres) y parte de sus 22 nietos y 29 bisnietos. A ellos se suman los sobrinos de su primer marido, a los que también crio. Prefiere que la vayan a ver, cosa que hacen a menudo, mientras ella va máximo tres veces al año para cumplir con sus controles médicos, ya que tiene diabetes.
"Me aburro entre cuatro paredes, a mí me gusta estar afuera. Me levanto, salgo a caminar y voy al monte a limpiar ramas y helechos. A veces también voy a mariscar, trabajo en mi huerta y cuido a mis animales. Siempre hay algo que hacer".
Sin salud es poco lo que se puede avanzar y Rosa lo sabe. Por eso, sigue su tratamiento al pie de la letra, aunque con pastillas y no con inyecciones de insulina, como a su médico y a su familia les gustaría. En la isla no hay electricidad de manera permanente, por lo que no puede conservarla refrigerada. Pero ya no le insisten. Saben que es una mujer de carácter y en su vida, y en su entorno, se hace lo que ella dice. También saben de su férrea decisión de no abandonar su territorio.
"Con ocho hijos en una isla, no creo que hubiera otra manera. Con los años se puso más regalona, cosa que a nosotros nos da risa", describe su hijo David.
-Después de más de medio siglo viviendo en la isla Pilcomayo, ¿qué cree que tiene ese lugar que hizo que nunca quisiera irse de ahí?
"No sé, ahí me rescaté y formé familia, aunque ahora andan por todos lados", ríe.
Agrega: "Aquí nadie me manda, nadie me obliga a tener que cumplir con las exigencias de otros. Aquí soy libre".
Pese a las exigencias físicas de la vida en la isla, Rosa sigue adelante. Junto con sus labores diarias, colabora con iniciativas de INDAP (Instituto de Desarrollo Agropecuario) que impulsan el desarrollo de la agricultura familiar campesina e indígena en Chile. De hecho, a través de este servicio público, dependiente del Ministerio de Agricultura, hace un tiempo recibió un generador que le permite tener electricidad algunas horas en la tarde, cuando está por oscurecer.
Ahora su sueño es que le instalen paneles solares, como estaba considerado hacer en sectores rurales aislados como el de ella. Hasta aquí, sin embargo, no ha sabido nada. "Así podría lavar la ropa a la hora que ella quiera y tener un refrigerador y productos que hoy no puede consumir. También refrigerar su insulina", explica su nieta Yenny.
En su honor, se inauguró frente a su isla el puerto Doña Rosita, el que facilita el desembarco de los habitantes del sector. "Estoy muy agradecida, porque la autoridad me tomó en cuenta e hizo algo por mí. Hace un tiempo el alcalde y otros profesionales vinieron a verme".
Herencia de trabajo
Si hay un legado que a Rosa le gustaría dejar a su familia es el valor del esfuerzo y la perseverancia, principios que han marcado su propia vida. "Mis hijas llevan ese ritmo: son dueñas de sus embarcaciones y venden los productos que pescan en el mar".
-Muchas personas temen envejecer. ¿Cómo ha vivido el paso del tiempo?
"Estoy agradecida de mi Dios, porque él me ha dado un talento y los medios para salir adelante".
-¿Qué cree que falta aún como sociedad para valorar más la vejez?
"Quizá más empatía, ponerse en el lugar del otro".
-En una cultura que muchas veces privilegia la juventud, ¿cree que se escucha la experiencia de las personas mayores?
"Algunos jóvenes lo hacen, otros no. Me gustaría hablar con uno de ellos y darle un consejo. Como hace unos días, cuando le dije a una joven que estuvo en mi casa en Aysén: 'Yo empecé de cero y hoy no soy millonaria, pero, gracias a Dios, no me falta nada'".
-¿Qué cree que ha ganado con los años que quizás no tenía en su juventud?
"Mi familia. Hoy tengo hijos, nietos, bisnietos, nueras y ellos no me olvidan. Antes no tenía nada y ahora lo tengo todo".