Martes, 20 de Octubre de 2026

Creer para ver

ColombiaEl Tiempo, Colombia 20 de octubre de 2026


Lue Araujo
Mi cerebro no podía entender lo que mis ojos estaban viendo


Lue Araujo
Mi cerebro no podía entender lo que mis ojos estaban viendo. Dicen ‘ver para creer’, pero yo veía y no creía. El Roadster de Tesla subió una pared curva hasta quedar casi boca abajo, despegó y se desplazó por el aire. Compartí un video sobre eso en Instagram. Algunos se maravillaron conmigo. Otros, lo contrario. Me dijeron: "Son tres autos maquetas", "NADIE lo va a comprar" o "deja de soñar". También hubo insultos por elogiar algo hecho por Elon Musk. Recordé un relato recogido por Napoleon Hill en 1928. Después de una expedición polar, un esquimal de Groenlandia fue llevado a Nueva York. Al regresar habló de edificios que tocaban el cielo, puentes gigantes, luces artificiales y casas que se movían por rieles llevando personas adentro: los tranvías. Sus vecinos le dieron la espalda. Lo apodaron Sagdluk, ‘el mentiroso’. Su nombre cayó en el olvido mientras que el apodo lo acompañó hasta la tumba. Años después, otro viajero, Mitek, también conoció Nueva York. Pero al volver, recordó lo que había pasado con Sagdluk y acomodó su historia para que no le pasara lo mismo. Contó que salía en kayak por el Hudson a cazar patos, gansos y focas. A él lo consideraron honesto y lo trataron con enorme respeto. La mentira cabía en su mente, era lo que conocían. La verdad les exigía ampliar lo conocido. Pedir pruebas de una hazaña es sensato. Pero ¿qué estamos defendiendo cuando respondemos con un insulto o le ordenamos a alguien que deje de soñar? ¿La verdad o la ignorancia de seguir pensando como siempre? Una idea nueva puede obligarnos a reconocer que sabemos menos de lo que creíamos. Que nuestra experiencia tiene límites. Que alguien consiguió lo que nosotros habíamos descartado. Tal vez parte del rechazo nazca de esa incomodidad. Resulta más fácil desacreditar una hazaña que revisar las creencias con las que hemos vivido, y reconocer que nos equivocamos. Lo preocupante es la lección que damos. Mitek aprendió que debía mentir para conservar el respeto. ¿Cuántas personas aprenden hoy a callar una idea, reducir una ambición o disimular su entusiasmo para evitar la burla? A mí me maravilla la capacidad humana de imaginar y construir. Veo en ese deseo de explorar y resolver problemas algo que tenemos desde niños. Además, a mí me enseñaron una idea difundida por Napoleón Hill: "Lo que la mente humana puede concebir y creer, lo puede lograr". Como dijo Einstein: "La imaginación es más importante que el conocimiento". Por eso me gusta invertir el dicho. En vez de ‘ver para creer’, ‘creer para ver’. Toda innovación empieza con alguien que tiene una idea, y que se atreve a actuar aunque no pueda mostrar el resultado todavía. Esa convicción es el motor para aprender, experimentar y aportar valor. Una sociedad que quiere progresar tiene que defender ese entusiasmo. Si solo respetamos a quienes nos cuentan lo que queremos oír, ¿quién se atreverá a mostrarnos un futuro mejor?
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