La nafta y el fósforo
Lo que de verdad hay aquí, en Chile, Francia y todo el mundo libre, es un lumpenaje carente de educación y de valores.
El desmadre que está ocurriendo en Francia en estos días pone otra vez a cierto activismo biempensante en el rol de protagonista del deterioro democrático. Empezó con una protesta contra los recortes al presupuesto educativo y terminó con el ayuntamiento de Limoges consumido por las llamas, además de actos vandálicos y saqueos en más de 3.000 comercios, autos incendiados y desmanes varios.
La lectura que se hace desde la derecha es que la seguridad pública es un desastre y hay que aplicar mano dura. La que se hace desde la izquierda es que la manifestación fue pacífica, salvo por algunos loquitos aislados cuyas tropelías fueron magnificadas. Más aún, acabo de escuchar a un comentarista de En perspectiva decir que los encapuchados que quemaron y robaron eran infiltrados de extrema derecha, mandatados para crear caos. La verdad que semejante conspiranoia daría gracia, si no refiriera a hechos tan dramáticos. ¿También son de ultraderecha los estúpidos que ensucian las obras de arte en los museos con salsa ketchup, para llamar la atención contra el cambio climático? ¿También lo fueron los "chalecos amarillos" que en 2018 saquearon las tiendas de Apple y afanaron todo lo que pudieron? ¿También los que incendiaron estaciones de metro en Chile en octubre de 2019, para desestabilizar un gobierno que, oh sorpresa, ya era de derecha?
¿También eran de ultraderecha quienes en una marcha del Día Internacional de la Mujer, acá en Montevideo, vandalizaron la fachada de la Iglesia del Cordón? ¿También lo son los chiquilines que se dedican a enchastrar las fachadas de nuestros bienes patrimoniales en el Centro y Ciudad Vieja? El cuco no existe.
Lo que de verdad hay aquí, en Chile, Francia y todo el mundo libre, es un lumpenaje carente de educación y de valores que expresa su hastío vital a través de la destrucción y el saqueo. Que utiliza las revueltas populares y la rebeldía promovidas por una buena parte de la izquierda, para dinamitar esa misma libertad, aún a sabiendas de que en los sistemas políticos con los que simpatiza, lo obligarían a caminar uniformado y en fila india.
Resulta cada vez más inquietante esta contradicción de Occidente: defendemos un sistema que garantiza la libertad de la gente de expresar su disconformidad y esa misma garantía es utilizada por quienes apuntan a destruirlo.
Cuando en 2019 se incendió la catedral de Notre Dame (al menos por un accidente y no por un nabo de estos), recuerdo haber leído a anarcos de pacotilla celebrar el acontecimiento, citando la frase de Kropotkin "la única iglesia que ilumina es la que arde".
Son los mismos que ahora aplauden a los heroicos estudiantes que se amontonan en las calles de París a protestar porque se les llueve el aula y, con ello, facilitan involuntariamente que aparezcan los que salen a romper todo.
En países donde se respeta la más amplia libertad de expresión, hay medios de protesta muy diferentes a bloquear el ingreso al Museo del Louvre. Mientras haya gente pretendidamente demócrata que los aplaude, seguirán fortaleciendo la maquinaria electoral de la verdadera ultraderecha, la que promete conculcar libertades y barrer disensos. Los fósforos de los agitadores no solo hacen volar un edificio público en Limoges: siempre terminan haciendo explotar la democracia.