Miércoles, 28 de Octubre de 2026

Entre educados y cultos

UruguayEl País, Uruguay 27 de octubre de 2026

Hace falta conocimiento para distinguir una respuesta rigurosa de una estupidez perfectamente redactada.

Eduardo Galeano decía que conocía personas con doctorados de una "incultura tenebrosa" y otras profundamente cultas que apenas sabían leer y escribir. Para él, culto era quien era capaz de escuchar al otro. Para alguien que tiene doctorado y que he dedicado buena parte de mi vida profesional a la educación, esa frase es una patada en el hígado. Pero tan cierta que me molesta profundamente.

Porque es verdad que a lo largo de la historia, buena parte de la educación se construyó alrededor de una premisa sencilla: había personas que sabían y personas que necesitaban aprender. Escuelas y universidades reunían el conocimiento, lo ordenaban y transmitían. Estudiábamos, rendíamos exámenes y recibíamos un título que certificaba que habíamos aprendido.

Hasta que apareció una máquina que sabe más. La reacción más frecuente a la IA ha sido cuestionarnos qué debemos enseñar ahora: pensamiento crítico, creatividad, empatía, liderazgo. las "habilidades humanas" se pusieron de moda. Pero ¿alguna vez alcanzó con transmitir conocimiento para educar? Es que la IA no creó este problema, lo hizo mucho más evidente. Porque saber sigue importando y mucho. Hace falta conocimiento para distinguir una respuesta rigurosa de una estupidez perfectamente redactada, para hacer buenas preguntas y hasta para darnos cuenta que no sabemos. Lo que quedó expuesta es la fragilidad de confundir conocimiento con educación y acumulación de información con cultura.

Hay una expresión habitual en los centros educativos -que no me gusta-, que es la de "formar personas", "formar profesionales", "formar líderes". ¿Formarlos según qué forma? ¿Y decidida por quién? Prefiero pensar que educar consiste en crear las condiciones para que una persona descubra sus talentos, los confronte con la realidad, desarrolle criterio, reciba herramientas y vaya construyendo una respuesta acerca de qué quiere hacer con ellos.

Pero para eso hace falta encontrarse. El paradigma de las escuelas de negocios jesuitas utiliza una expresión que me gusta mucho, que es la de "comunidades de encuentro". Lugares donde uno se encuentra con conocimiento, pero también con personas diferentes, ideas desafiantes, preguntas sin respuesta y experiencias capaces de poner en duda las propias certezas. A veces, incluso, lugares donde uno termina encontrándose consigo mismo.

Y esto no se limita a la educación formal. Uno puede acumular títulos y dejar de aprender a los treinta. También puede llegar a los setenta conservando intacta la capacidad de sorprenderse, preguntar y cambiar de opinión. Por eso para mí, una de las señales más claras de educación es precisamente seguir siendo educable. Porque nunca tuvimos acceso a tanto conocimiento. Podemos preguntarle a una máquina sobre Sócrates, Shakespeare, física cuántica o geopolítica y tener una respuesta en segundos. Mientras tanto, nos cuesta cada vez más escuchar durante cinco minutos a alguien que piensa distinto a nosotros, sin estar preparando mentalmente nuestra respuesta antes de que termine.

Estamos demasiado preocupados por cuánto van a saber las máquinas. Pero debería preocuparnos más si, con todo el conocimiento del mundo al alcance de la mano, seremos nosotros capaces de volvernos más cultos.
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