Brasil, la deuda y la lección para Uruguay
Cuando la tasa supera al crecimiento, cada año de déficit agrega deuda que paga intereses de forma permanente, y el ajuste que se posterga hoy se paga después con intereses compuestos.
Brasil reeligió a Lula da Silva para un cuarto mandato, y el presidente asumirá en enero con una cuenta fiscal que conviene mirar desde Uruguay. En los doce meses cerrados a agosto, el sector público brasileño gastó en intereses el equivalente a 8,9% del PIB, mientras que su déficit primario, la diferencia entre ingresos y gastos sin contar intereses, quedó por debajo de 1% del PIB.
El déficit total ronda así 9,5% del PIB y la deuda bruta llegó a 82,9% del producto, su máximo desde 2021. El problema central de Brasil no es tanto lo que el Estado gasta en el día a día, sino cuánto debe y lo caro que paga por esa deuda.
Para entenderlo, pensemos en una familia que debe 100 y gana 100 por año. Si su deuda paga un interés real de 9% y su ingreso crece 2%, aunque no gaste un peso más de lo que gana, al año siguiente deberá 109 con un ingreso de 102. Su deuda, medida contra su ingreso, sube sola. Para evitarlo tendría que gastar menos de lo que gana. La comparación es una simplificación, porque en un país también pesan la inflación, el tipo de cambio o la moneda en que está la deuda, y tiene además un límite importante. Una familia tiene que cancelar sus deudas en algún momento, mientras que un Estado puede refinanciarlas indefinidamente y tener deuda para siempre. Lo que no puede es dejar que crezca sin freno en relación con su economía, porque tarde o temprano el crédito se encarece. En ese punto la lógica es la misma. Cuando la tasa de interés real que paga la deuda supera el crecimiento real de la economía, la relación deuda/PIB aumenta por inercia, y el único freno disponible es un superávit primario.
La aritmética es sencilla. El aumento anual de la deuda en relación al PIB es, aproximadamente, la diferencia entre la tasa real y el crecimiento multiplicada por el nivel de deuda, menos el resultado primario.
Brasil tiene hoy una tasa de política monetaria de 13,75% con una inflación cercana a 4,5%, lo que deja una tasa real en torno a 9% frente a un crecimiento que apenas llega a 2%. Con una deuda neta de alrededor de 70% del PIB, solo para que la deuda no siga subiendo haría falta un superávit primario cercano a 5% del producto. Aun admitiendo que el costo promedio de la deuda es algo menor que la tasa del Banco Central, la exigencia sigue siendo de varios puntos del PIB. Brasil, en cambio, tiene déficit.
Hay además un círculo vicioso. La tasa real brasileña es alta, en buena medida, porque los mercados dudan de la trayectoria fiscal y exigen una prima por financiar al Estado, y porque esas dudas presionan sobre el tipo de cambio y las expectativas de inflación. El déficit eleva la tasa, la tasa eleva el déficit, y la política monetaria termina trabajando contra una política fiscal que no la acompaña.
Uruguay no está en esa situación. Su déficit global ronda 4,3% del PIB, los intereses representan algo más de 2% del producto y la deuda neta se ubica en torno a 55% del PIB, mayoritariamente en moneda local y con uno de los riesgos país más bajos de la región. Pero comparte con Brasil el rasgo que hace peligrosa la aritmética, que es un crecimiento inferior a la tasa real. En su última emisión en pesos, el Estado uruguayo pagó 7,75% anual con una inflación cercana a 4,7%, lo que implica un costo real cercano a 3%, similar al de sus bonos indexados. La economía, en tanto, crecería este año en torno a 1,3%.
Con esos números, estabilizar la deuda requiere un superávit primario cercano a 1% del PIB. El déficit primario del Gobierno Central y el BPS cerró 2025 en 1,3% del PIB, o 1,7% sin el ingreso extraordinario del fideicomiso de la seguridad social, y la Rendición de Cuentas 2025 proyecta para este año un déficit primario de 1,6%. La brecha, de unos dos puntos y medio del producto, es la velocidad a la que la deuda tendería a crecer cada año si nada cambia. El tipo de cambio puede disimularlo durante un tiempo, pero no corrige la tendencia.
La primera enseñanza es que el tiempo juega en contra. Cuando la tasa supera al crecimiento, cada año de déficit agrega deuda que paga intereses de forma permanente, y el ajuste que se posterga hoy se paga después con intereses compuestos. La segunda es que la tasa de interés no viene dada. Depende en gran medida de la credibilidad fiscal, y la baja prima de riesgo de Uruguay es un activo construido durante décadas que se puede perder mucho más rápido de lo que costó ganarlo.
La tercera enseñanza es la más alentadora. La palanca más poderosa de la ecuación es el crecimiento. Si Uruguay creciera 3% en lugar de 1,3%, con la misma tasa real, el superávit necesario para estabilizar la deuda sería prácticamente nulo. Pero el crecimiento no se decreta, y no hay discurso ni botón que lo acelere. El gobierno proyectaba 2,6% para 2025 y la economía, menos atenta a los anuncios, creció 1,8%.
Elevarlo exige inversión y reformas que tardan años en madurar, y mientras tanto la aritmética sigue corriendo. Por eso el crecimiento no sustituye al ajuste fiscal. Corregir el déficit primario es lo que permite ganar tiempo, cuidar la credibilidad que mantiene baja la tasa y frenar la bola de nieve mientras las reformas maduran. Ajuste y crecimiento no son caminos alternativos, sino las dos mitades de una misma solución.
- El autor, Ramiro Correa, es Economista Jefe del Centro de Estudios para el Desarrollo (CED).