¡Vuelta al cine!
Dejar de ver buen cine empobrece la comprensión de la realidad, así como la de ese orden más bien precario que procuramos introducir en nuestras experiencias.
He vuelto a las salas de cine, incluidas aquellas que están en los multicines, esos puntos de venta de comida que suman muchos más que las películas que están en cartelera. Es de esa manera que me expongo a la contaminación olfativa, la frenética compra de cualquier cosa para mascar y el estridente volumen de las recomendaciones de seguridad y los adelantos de próximos estrenos una vez que la sala se ha oscurecido. Tengo buen ojo para darme cuenta de las buenas películas que saldrán pronto de cartelera, cuando más una semana, y hay que correr a verlas.
Como era de esperar en mi caso, y disponiendo de algún tiempo antes de la función, me extravié en uno de los pisos del mall y fui de aquí allá bastante desorientado, hasta que ubiqué a dos jóvenes y luego a un tercero, pero no supieron indicarme cómo podía regresar a las salas de cine. Me miraron raro, como si estuviera preguntando por un alienígena, dándome cuenta de que los consultados no iban probablemente nunca al cine. Es lo mismo que me pasa en todo local de venta de útiles escolares, en los que jamás encuentro cuadernos de composición. Ninguno. No voy en búsqueda de lápices caros, sino de pasta, pero estos, al poco rato, se niegan a continuar escribiendo, cuando no se revientan en el bolsillo de alguna camisa.
Entiendo el mensaje que recibo cada vez que voy por cuadernos de composición: en la actualidad son muy pocos los que manuscriben, y eso no está mal. ¿Para qué embarcarse en la escritura premunidos de lápiz y papel si se tiene un teclado y una pantalla iluminada justo al frente de la mesa ante la cual nos sentamos?; pero ¿y el cine? Nos perdemos mucho cuando se nos pasa una buena película, porque todos sabemos que verlas, lo mismo que pasa con las novelas, permite captar ambientes y personajes que no conocíamos sino hasta el momento que los encontramos en un texto o en una pantalla y conseguimos así ampliar la percepción de la complejidad del mundo, las cosas y las personas.
Todo arte es una forma de conocimiento, incluido aquel que llamamos "séptimo" arte, de manera que dejar de ver buen cine empobrece la comprensión de la realidad, así como la de ese orden más bien precario que procuramos introducir en nuestras experiencias.
Sabemos que si bien ellos abundan en la realidad y en el cine, los monstruos y súper monstruos tienen siempre algo tan grotesco como ingenuos pueden resultar los filmes de animación. Pero ese tipo de películas son los que prefiere la mayoría de los adultos cuando prometen a sus hijos llevarlos al cine. También superhéroes, por supuesto, y es así como se van infantilizando las audiencias. Ocurre también con frecuencia que los realizadores de películas de animación se pongan "mensajeros", eso es, que estén muy preocupados de transmitir a los espectadores algunas grandes verdades o mensajes iluminadores que nadie debería perderse.
¿Qué hacer? Seguir buscando buenas películas, dentro o fuera de las salas especializadas, en lo posible para adultos, que es el cine al que se debe llevar también a los adolescentes con alguna inquietud en la cabeza. Creo que fue Luis Buñuel el que decía que ver una película es muy parecido a someterse a una sesión de hipnosis, y esa última terapia, si no salva, mejora la comprensión de cuanto vemos.
¿Qué película fue la que me llevó nuevamente a un multicine? En realidad, fueron tres: "Hangar rojo", chilena; "Tierra de mi padre", polaca; y "Digger", esta última prescindible.