Viernes, 06 de Noviembre de 2026

Contando sotanas

UruguayEl País, Uruguay 6 de noviembre de 2026

El diputado Fernando Amado denunció como violación de la laicidad la propuesta de iluminar el Palacio Legislativo con los colores de la Santa Sede.

León XIV llega hoy al país. Lo esperan multitudes en el Centenario, Florida y Casavalle, y también un espectáculo más chico y más viejo: el de quienes viven la visita como una amenaza. El diputado Fernando Amado denunció como violación de la laicidad la propuesta de iluminar el Palacio Legislativo con los colores de la Santa Sede, la eventual presencia papal en el Parlamento y hasta la cantidad de «sotanas» que dice haber visto este año. Un legislador contando sotanas: ¿qué diríamos de uno que contara kipás o velos?

La retórica anticlerical uruguaya se diseñó para la Iglesia de 1900, que disputaba cementerios, registros, escuelas y divorcios. Esa guerra se laudó hace un siglo y nadie, empezando por la propia Iglesia, discute hoy el arreglo. En el país más secularizado de América Latina los católicos son una minoría, no hay partido confesional ni veto eclesiástico alguno: divorcio, aborto, matrimonio igualitario y eutanasia se aprobaron con la Iglesia en contra, y esa es la medida exacta de su supuesto poder. Elegir pelear esa batalla tiene una ventaja: la Iglesia no devuelve los golpes. Es la única épica sin costo alguno: una recreación de guerras terminadas, como los niños que se disfrazan de soldados el fin de semana, solo que ellos saben que están jugando.

Las batallas contra las corporaciones verdaderas, que sí condicionan la vida de los uruguayos: las que bloquean reformas, capturan monopolios y administran privilegios; tienen costos, por eso es más fácil rasgarse la ropa por las sotanas.

Hay una prueba simple para distinguir al defensor de la laicidad del que administra un prejuicio. En septiembre, el nuevo sistema lumínico del Palacio Legislativo se encendió con los colores de la diversidad, como antes de rosado por el cáncer de mama o de azul por el autismo. Estuvo bien: la casa de todos puede saludar a las comunidades que la habitan. En noviembre, la sola propuesta de tres días de blanco y amarillo fue denunciada como amenaza constitucional. En la misma rambla donde Iemanjá tiene un monumento y fiesta multitudinaria cada 2 de febrero, y está bien que los tenga, a la Virgen se le negó durante años un rincón acotado. Cuando la regla solo se activa frente a lo católico, lo que opera no es un principio sino una discriminación. El papa es el líder espiritual de cerca de un tercio de los uruguayos e invitado por el presidente en el Vaticano; recibirlo de acuerdo a eso, ni más ni menos, no vulnera nada.

La laicidad consiste en que el Estado no tenga religión; el laicismo pretende que la sociedad no la tenga o que la esconda. La versión francesa, laicista, que Uruguay adoptó quizás tuvo alguna razón de ser frente a una Iglesia entonces poderosa. Pretender radicalizar la misma un siglo después no agrega libertad a nadie, no defiende la pluralidad de nada. Es puro prejuicio y represión hacia la sensibilidad de una comunidad concreta de compatriotas.

El papa estará tres días, se irá, y la República seguirá en pie. Quedará en evidencia no la fragilidad de la laicidad sino el prejuicio de algunos custodios. Que sigan contando sotanas quienes necesitan heroísmo a precio de oferta; las batallas que importan, contra adversarios que sí responden, siguen esperando.
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