Un Papa en el "reino" laico
Recibiendo nuevamente a un Papa, la clásica laicidad uruguaya se ensancha, porque es neutralidad y no antirreligiosidad.
Con ese título provocativo, el colega Sergio Berrutti publicó su reciente libro sobre las dos visitas de Juan Pablo II, rodeadas entonces de la aureola de ser el primer heredero de San Pedro que llegaba a este país. Fue un gran acontecimiento que adquiere aún mayor dimensión en la perspectiva histórica por la relevancia de la figura de ese Papa polaco que, sin ninguna división de tanques a su mando, fue fundamental en el resquebrajamiento de un mundo comunista que, si bien languidecía ya por su fracaso económico, aún se sostenía por imperio del terror.
Como traza histórica de esa visita, ahí quedó la Cruz de Tres Cruces con la que provocamos un apasionante debate sobre el alcance de la laicidad, definido felizmente dentro del concepto liberal de nuestra Constitución: la cruz no transformó ese lugar de uso público en un sitio de culto, erigiéndolo en religioso, sino que permaneció como un simbólico monumento conmemorativo. Guardamos de aquel Papa fuerte y sereno gratos recuerdos de las diversas ocasiones en que la vida nos deparó la oportunidad de conversar. Su continuador, Benedicto XVI, fue un teólogo, hombre de fe, cuyo magisterio fue breve y parecía abrumarlo por lo que conllevaba de conducción política. No pudo continuar después de sus 85 años y le siguió Francisco, primer Papa no europeo, primer Papa latinoamericano, primer Papa jesuita, que prefirió llamarse Francisco y no ser el primer Ignacio, como podía haberse imaginado por su Orden. Nunca se separó de la política argentina y por lo mismo eludió, paradójicamente, retornar a su patria. Muy volcado al compromiso con los pobres, su prédica y sus actitudes de tono populista generaron grandes adhesiones y grandes rechazos, por su cuestionamiento a la economía de mercado, la mayor generadora de clases medias en el mundo.
Para sucederlo, la elección de Robert Prevost Martínez fue una sorpresa. Nacido en Chicago, primer Papa norteamericano, desarrolló la mayor parte de su carrera en el Perú, donde incluso se nacionalizó. Muy cercano a Bergoglio, sin embargo, ha mostrado la diferencia propia de su formación: es un agustiniano, los que predican la convivencia de la vida espiritual con la común, los que concilian fe y razón como es la filosofía de San Agustín, a nuestro juicio el mayor pensador de la Iglesia Católica. El "padre Roberto" fue misionero, convivió de verdad con ese mundo pobre, mestizo, del Perú profundo. Nadie veía en él una figura particularmente política hasta que, sorpresivamente, su compatriota Trump, lo proyectó, aquel día de abril de este año en que el desmesurado Presidente lanzó el apotegma de que destruiría para siempre la civilización iraní. El Papa, con una sola palabra, lo estampó ante la opinión pública: "Es inaceptable". Su rostro apacible se vio ya de otro modo, porque apareció el carácter. Luego retornó el agustiniano en su ya célebre encíclica Magnifica Humanitas, donde aborda los temas de nuestro tiempo: la dignidad del trabajo en la época digital, la preservación de la espiritualidad en un mundo de algoritmos que invaden el espacio de la decisión racional. Es una visión humanista, una llamada de advertencia ante el riesgo, ya evidente, de tecnologías que si bien facilitan operaciones prácticas empobrecen la vida espiritual y aun el intelecto.
Por su edad y ánimo todo indica que será un Papa con huella. Desde nuestro ángulo liberal y profundamente laico, el país lo recibe con la misma esperanza que lo hicimos en aquel lejano 1987 con Juan Pablo II. Nadie puede dejar de advertir la relevancia e influencia que tiene el Jefe de Estado de un pequeño país que lidera una comunidad espiritual de más de 1.400 millones de creyentes en el mundo. Celosos custodios de los diferenciados ámbitos del Estado y la religión -todas las religiones-, cuidaremos siempre de esos límites. En lo personal, nos separan de la Iglesia las razones de la sinrazón en la creencia, pero como la gran mayoría de los uruguayos, pensemos lo que pensemos y creamos en lo que creamos, escucharemos su palabra con respeto y alegría. Es un hombre de paz que nos convoca a la espiritualidad y en esa dimensión liberales y creyentes nos encontramos con esperanza, juntos frente a las oscuras concepciones materialistas.
Recibiendo nuevamente a un Papa, la clásica laicidad uruguaya se ensancha, porque es neutralidad y no antirreligiosidad. Su palabra, aun en la diferencia, enriquece nuestras libertades. La democracia es un eterno diálogo.