El Embajador de la UE en Uruguay, Paolo Berizzi, también habló con El País sobre la cooperación que el Ministerio de Industria firmará con entidades europeas, del proteccionismo "que va a caer" y más.
Tras cuatro años en el país, el embajador de la Unión Europea (UE) en Uruguay, Paolo Berizzi, culminó su misión esta semana y realizó para El País un balance sobre este período, el estatus actual del acuerdo Mercosur-UE, los nuevos contratos que el Ministerio de Industria, Energía y Minería (MIEM) firmará con entidades europeas próximamente y las dificultades no previstas por la UE ante la suba de aranceles por parte de la administración estadounidense de Donald Trump. También habló sobre el "efecto Temu" que tanto hace ruido en Uruguay, entre otros aspectos.
Berizzi asumirá, en Bruselas, la posición de jefe de la División del Servicio Exterior que se ocupa de África Central. En Uruguay, su sucesor será Petros Mavromichalis, un diplomático de origen griego, actual embajador de la UE en Suiza que llegará a Montevideo el próximo 5 de setiembre. Lo que sigue es un resumen de la entrevista que Berizzi mantuvo con El País.
¿Qué balance hace de su gestión en Uruguay?
En estos años, mi tarea era seguir acercando la Unión Europea a Uruguay, y creo que lo hicimos estableciendo una relación muy "de igual a igual", con mucho respeto y colaboración, sabiendo que Uruguay es un país ya bastante desarrollado y que pide la colaboración de la Unión Europea en temas donde quiere hacer reformas. Por ejemplo, en el tema digital y medioambiental con las intendencias sobre los vertederos. A Uruguay le sale bastante fácil y natural ver cómo lo está haciendo Europa, y nosotros estamos felices de mostrar experiencias positivas que podemos compartir. Si hablamos de logros en este período, obviamente debo mencionar que vino a Uruguay la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, para cerrar las negociaciones del acuerdo UE-Mercosur. Von der Leyen quiso avanzar acá para poner la máxima velocidad y cerrar este acuerdo el 6 de diciembre del año pasado. Fue algo memorable, por lo menos para quienes desde hace muchos años hablamos de acuerdo europeo con Mercosur. Quisiera agregar en este balance lo que le decía a unos amigos el otro día que, cuando vamos a reuniones, me parece que estamos encontrando compañeros y no contrapartes en Uruguay. Eso es lo que me llevo de acá, la mentalidad y la visión del mundo que tenemos compartida con los uruguayos.
Mencionó el cierre político del acuerdo Mercosur-UE en diciembre de 2024, ¿cómo avanza ahora la fase de revisión legal de los textos finales del acuerdo?
Avanza bien. En el proceso hay ángulos que hay que suavizar en la práctica desde Bruselas y desde el Mercosur, pero veo una voluntad muy fuerte, sobre todo de la presidenta Von der Leyen, en llegar a buen término. Ella se jugó esa carta de venir a Montevideo, que no fue tan fácil, y ahora no veo ninguna intención de dar marcha atrás. La Comisión Europea tiene que pasar el texto del acuerdo a los estados miembro del Consejo de la Unión Europea, que tendrán que discutirlo. Ahí estamos y creo que las circunstancias están a favor. La realidad principal en este momento es que la Unión Europea está ocupada con otros frentes muy grandes: el comercial con Estados Unidos con el tema de los aranceles, y la guerra en Ucrania.
¿Cómo se eposiciona la UE en la negociación de aranceles actualmente?
Los aranceles, sinceramente, no los habíamos previsto y tampoco habíamos pensado que todo iba a ser tan complejo, pero ante el tema estamos mejor ahora que hace un mes y medio. En julio estaba complicado y en agosto hubo un acuerdo que todavía se tiene que traducir en medidas concretas con EE.UU.
Analistas ven que el acuerdo al que se llegó en agosto no era para nada conveniente para la UE, a pesar de que Von der Leyen lo presentó como un "éxito". ¿Qué opinión le merece?
Sí, he leído comentarios a favor y en contra. La posición de la Unión Europea es que, en las circunstancias en que nos encontrábamos, había que elegir entre ser muy duros o pactar, y se decidió que pactar era más oportuno y más útil para las empresas europeas. Aun cuando las condiciones no eran las mejores, ni mucho menos, había que elegir uno de los dos caminos, y ninguno era perfecto. Creo que más a mediano plazo, se va a entender si hicimos bien o mal. Si ese pacto va a ser respetado por todos, probablemente vamos a salir bien, pero si mañana se rompe, ya no será así. Me consta, conociendo al comisario negociador con EE.UU., que negociar algo mejor no era posible. Fue, absolutamente, lo mejor que se podía hacer en ese momento.
Usted acaba de decir que la guerra en Ucrania es otra de las grandes temas que los mantiene ocupados.
Sí, esa guerra tiene tres años y medio, y conlleva un montón de problemas de democracia y de derecho internacional, que no se respeta, pero también problemas económicos, porque estamos apoyando los esfuerzos militares de Ucrania, lo que significa que pedimos más dinero a los Estados miembros para su contribución al presupuesto de la Unión Europea, o tenemos que destinar fondos a Ucrania que se podrían dirigir a otros temas. La guerra tiene impacto financiero, emotivo, moral y a nivel de defensa, que hay que reforzar como disuasión. Tenemos que rearmar Europa, y al mismo tiempo estamos yendo por el camino para ser más autónomos en motores estratégicos. Tuvimos que ser más autónomos del paracetamol de la India, de los tapabocas de China durante la pandemia, de EE.UU. que sigue siendo nuestro principal socio principal, y en otras cosas para no depender de terceros.
¿Esos recursos que van para Defensa, se sacan, por ejemplo, de otros objetivos, como por ejemplo, inversiones en América Latina?
Por el momento, no tanto. La Comisión Europea propuso en julio el próximo presupuesto de siete años, que se va a negociar ahora entre el Consejo de la Unión Europea y el Parlamento. Y vemos que no están todos los recortes que pensábamos. Seguramente, habrá que gastar más en defensa y para apoyar la reconstrucción de Ucrania, lo que tiene un punto de interrogación porque no sabemos cuánto va a durar la guerra, pero igual vamos a movilizar más el sector privado hacia los objetivos de desarrollo sostenible (ODS) de las Naciones Unidas, y apoyar a las empresas europeas para que hagan proyectos en terceros países, en el marco del Global Gateway.
¿Cómo está funcionando el programa Global Gateway en relación a Uruguay?
En Uruguay está arrancando; estamos a punto de firmar dos proyectos para colaborar en hidrógeno verde con el MIEM. Ese sector es el futuro del relacionamiento entre UE y Uruguay. Otros países que no son de renta alta, como se considera a Uruguay, están más avanzados con el Global Gateway, pero igual se están haciendo cosas acá. También estamos mirando con mucha atención el sector ferroviario en Uruguay, porque hay oportunidades para empresas europeas allí. Podemos tener ventajas competitivas en energía renovable y en transporte; no tanto en los buses eléctricos, que vienen todos de otros países, pero sí en el ferrocarril.
¿Qué acuerdos se firmarán con el Ministerio de Industria?
Faltan pocas semanas para la firma de contratos entre Giz, que es la agencia de cooperación alemana que promueve el hidrógeno verde, y el MIEM. También está en puertas el contrato del MIEM con la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (Aecid), para asesoramiento de marcos regulatorios. Se quiere ir creando condiciones para que más empresas vengan a invertir o a instalarse para proyectos de hidrógeno verde. Son dos proyectos para apoyar al MIEM tanto en la parte regulatoria, como en la comunicación al público, porque el hidrógeno verde necesita que sea explicado por todo el tema del agua y cómo se va a utilizar, que la población entienda. También habrá consejos sobre logística, adónde se quiere exportar el producto y según eso, crear una estrategia adecuada.
Diversos estudios indican que Europa ha quedado atrás en algunos aspectos, como ser tecnología, chips, innovación. ¿Van hacia algunas reformas?
Lo que se requiere en la UE es aceleración en temas tecnológicos. No tenemos tiempo infinito para encontrar acuerdos entre los 27 países miembros del bloque. Si hay iniciativas para reglamentar algún sector o para investigarlo, eso se discute entre los miembros y en dos años se resuelve. Pero en el sector tecnológico, si hacemos eso, ya todo queda obsoleto. Entonces, es una materia en efectivamente requiere procedimientos distintos, más rápidos y contundentes. La dificultad está en que la Unión Europea no es un único país, como lo es China o EE.UU., y por eso ellos pueden decidir rápidamente. Nosotros, en cambio, somos 27. Hay que encontrar la forma de ir más rápido en ese y otros sectores, como el digital, innovación y medio ambiente.
¿Usted piensa que la tendencia al proteccionismo, que se ha acentuado en estos años, va a prevalecer?
Pienso que, a mediano plazo, los efectos económicos negativos del proteccionismo van a aparecer y van a ser visibles ante todos. Y ahí vendrá la otra corriente. El proteccionismo al final no funciona, hace subir los precios. Puede hacer creer que protegiendo el mercado, uno va a mantener su economía floreciendo y el empleo en alto, pero no lo hace. El intercambio de productos es lo que genera más riqueza y más distribución de riqueza también. Confío en que la tendencia proteccionista va a invertirse. Y cuanto más proteccionismo hay, la UE y otros países, como Canadá y Japón, más pensamos en liberalizar.