Un mirador preferencial
Al fondo, el Cabildo de Buenos Aires y a la derecha de la imagen, los altos de Riglos con su famoso balcón, en una litografía de Carlos E
Al fondo, el Cabildo de Buenos Aires y a la derecha de la imagen, los altos de Riglos con su famoso balcón, en una litografía de Carlos E. Pellegrini de 1831
El tiempo pasa. La ciudad evoluciona. Quienes vivimos parte del siglo XX y lo que va del XXI en este bonito país, al vincular los términos "Plaza de Mayo" y "Balcón", vamos a pensar en los que existen en la Casa Rosada y en el Cabildo . En el primero resuenan, entre otros, los discursos de Perón o los festejos de Maradona con la Copa del Mundo del 86. En el segundo, las palabras de Alfonsín el día de su asunción con el regreso de la democracia, en diciembre del ’83.
Pero hay que decir que, en tiempos anteriores, hubo otro balcón trascendente también enfrente de esa plaza. Se trata del que correspondía a la casa de Miguel de Riglos , ubicada sobre la actual Bolívar, en línea con el Cabildo, casi llegando a Rivadavia. Sobre ese escenario, que ocupaba todo el ancho de la fachada, se subieron, durante décadas, los representantes más conspicuos de la alta sociedad porteña del siglo XIX, que desde allí tenían una vista preferencial hacia los eventos que se realizaban en la plaza.
Para hablar con mayor rigor, en aquel entonces ese tradicional espacio abierto de Buenos Aires se llamaba Plaza de la Victoria (hasta 1884). La calle no era Bolívar, sino Santa Rosa (hasta 1857) y a las casas de más de una planta se les decía "altos". En este caso, al hablar de la vivienda que nos ocupa, la llamaremos los altos de Riglos. Esto, en honor a su propietario, Don Miguel, proveniente de una estirpe de rancio abolengo en la trama social rioplatense, que vivía allí desde 1825 con su esposa, Dolores Villanueva, y los cuatro niños que agrandaron la familia a través de los años. El balcón de los altos de Riglos colmados el día de la celebración de la jura de la Constitución de 1854
Visitar la casa de este hombre, al que le decían el lord por sus modales y por su educación en Inglaterra, era sinónimo de pertenecer. Y pisar la tarima de su balcón, la rúbrica definitiva de esa pertenencia. Si bien de afuera ni la casa ni la balconada decían demasiado, el lujo era una característica de la vivienda. Las crónicas hablaban de "cortinajes, tisús, muebles dorados, arañas". Y allí se servían también "suntuosos banquetes" donde, "las vajillas, los cuchillos de postre, eran de oro y plata". En definitiva, como escribió Pastor Obligado, el lugar fue "uno de los más famosos rendez-vous porteños, al que concurrieron tres generaciones".
Desfiles militares, procesiones, fiestas populares. Todo se podía ver bien de cerca desde el balcón de los altos de Riglos. Felipe Bosch cuenta en su libro Historia del antiguo Buenos Aires dos hechos puntuales que se vivieron con intensidad desde ese mirador vip. El primero, en la mañana del 25 de octubre de 1837, la ejecución en la horca de José Pérez y los hermanos Reinafé, por el asesinato de Facundo Quiroga . Fachada de los altos de Riglos, en 1880
El segundo, el 24 y 25 de mayo de 1877, cuando Carlos Blondín , un acróbata francés, cruzó de un lado al otro la recova que dividía la plaza haciendo equilibrio sobre una soga elevada a unos 20 metros del suelo. Decenas de hombres y mujeres observaban absortos desde el balcón lo que 30.000 personas veían desde el llano: cómo el funambulista galo cumplía con su cometido de llegar al final de la maroma.
En 1899, la municipalidad le compró a Mercedes Riglos de Anchorena , hija de Don Miguel, fallecido en 1863, la propiedad. Es el propio hijo de Mercedes, Joaquín Samuel de Anchorena Riglos quien, convertido en intendente de la ciudad e imbuido en un plan de cambios urbanos, ordena en 1911 demoler la casa de su abuelo. Se necesitaba ese espacio para ampliar el palacio municipal y para crear la Diagonal Norte.
Lo curioso del asunto es que un señor llamado José María Achaval , pariente político de los Riglos, compró el famoso balcón y lo instaló, vaya a saber uno cómo, en su propio domicilio, ubicado en Callao al 1500. Cuenta el historiador Juan Cruz Jaime que, cuando en 1952 el Colegio de Escribanos de Capital adquirió esa vivienda, el balcón ya no estaba. El lugar que ocupaban los altos de Riglos proyectado en a fachada del Palacio de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires
El tiempo pasa. La ciudad se transforma. El lugar que fuera el epicentro de la vida social porteña por más de 50 años es hoy un recuerdo borroso que reafirma una certeza: nada es para siempre.