Taquilla y tradición
El folklore no es solo un estilo musical. Es memoria, lenguaje, paisaje y pertenencia, es sentido histórico, de amistad, de amor al terruño, a la familia, a la fe.
Tacuarembó ha sido, como pocos lugares del país, cuna de poetas, guitarras y voces que ayudaron a construir la identidad cultural del Uruguay. De aquí salieron nombres fundamentales del canto popular y, desde hace casi cuatro décadas, también una de las celebraciones más emblemáticas del interior: la Fiesta de la Patria Gaucha.
Nacida en 1986 con un objetivo claro -revalorizar la figura del gaucho, sus costumbres, su memoria y el canto nativo-, la fiesta se convirtió con los años en un punto de encuentro masivo. Miles de personas llegan cada marzo para recorrer los ranchos, las sociedades tradicionalistas, los fogones y ese paisaje que intenta recrear la vida de campo de otros tiempos. Ese crecimiento es, sin duda, una buena noticia.
Sin embargo, algo parece haberse desplazado en el camino.
Hoy, gran parte del atractivo de la fiesta se concentra en el escenario artístico. Y no está mal que así sea: la música convoca, reúne y también forma parte de la tradición. El problema aparece cuando la programación empieza a responder más a la lógica de la taquilla que al espíritu que dió origen al evento.
En la edición 2026, por ejemplo, de cerca de 30 números musicales programados en el escenario principal, apenas 8 corresponden al género folklórico. El dato no busca cuestionar a los artistas -cada expresión tiene su público y su valor-, sino invitar a una reflexión más profunda: ¿puede una fiesta creada para enaltecer la cultura gaucha relegar a un segundo plano el canto que históricamente la representó?
El folklore no es solo un estilo musical. Es memoria, lenguaje, paisaje y pertenencia, es sentido histórico, sentido de amistad, de amor al terruño, a la familia, a la fe, es la historia chica de los pueblos. Es una manera de contarnos quiénes somos. Cuando esos espacios se reducen, no se pierde solamente un género artístico: se debilita una forma de construir y transmitir identidad.
Abrirse a otros ritmos no debería ser un problema. La cumbia y tantas músicas populares merecen respeto y tienen su lugar ganado. La convivencia es posible y saludable. Pero también es cierto que los festivales específicamente folklóricos son cada vez menos en Uruguay. Si incluso esos escenarios priorizan lo que más vende o lo que más suena, ¿dónde queda entonces el espacio para lo propio?
La pregunta no apunta a clausurar nada, sino a equilibrar. Una fiesta popular puede crecer sin perder su raíz. Puede convocar multitudes sin renunciar a aquello que la hizo distinta. De lo contrario, corre el riesgo de volverse un festival más, intercambiable con cualquier otro, y dejar de ser ese punto de encuentro con la tradición que la volvió única.
Tal vez el desafío sea recordar el sentido original. Que quién llegue a Tacuarembó no solo venga a un espectáculo, sino también a conocer lo verdaderamente nuestro; y al recorrer los fogones y escuchar a lo lejos una milonga, una polca, una chamarra, un vals, un estilo o una cifra, pueda acordarse de donde viene, y hacia donde va. Que el folklore no sea un adorno dentro de la grilla, sino parte central de la propuesta.
El poeta Osiris Rodríguez Castillos escribió: "No venga a tasarme el campo, con ojos de forastero, porque no es como aparenta, sino como yo lo siento". La frase sigue vigente.
No hagamos la vista gorda o el oido sordo, a lo nuestro. No miremos lo propio sin pertenencia, sin raíces, sin historia compartida. No dejemos que otros vengan a "evaluar" desde criterios ajenos, importados, despegados de la experiencia vivida.
Lo nuestro es símbolo de tradición, de identidad,de cultura, no debe medirse como una mercancía más. No dejemos que vengan otros a romper el lazo. No dejemos que se reemplace el sentir por la conveniencia, la cultura por la moda, la raíz por lo inmediato.
El valor de lo nuestro no está en lo visible, en lo rentable o en lo moderno, sino en lo heredado, en lo trabajado por generaciones, en la memoria y en el sentido de pertenencia.
Cuidar el folklore no es resistirse al tiempo. Es asegurarse de que, mientras avanzamos, no perdamos la voz propia.
Porque si en una fiesta "Gaucha" deja de escucharse el canto de raíz, el canto nativo, el folklore, la pregunta se vuelve inevitable: ¿qué parte de nuestra identidad estamos dispuestos a resignar?