Francia y el extremismo musulmán
El gran drama es la enorme falta de integración de las nuevas generaciones de religión musulmana a las leyes, costumbres y prácticas tradicionales de la República laica francesa.
La Francia que conocimos hasta el siglo XX no existe más. Para nosotros, que se trata de uno de nuestros países referentes en Europa, resulta un cambio tan importante como difícil de digerir. Pero importa mucho tenerlo presente por lo que significa para la identidad occidental en estos tiempos de escenarios internacionales tan álgidos.
Francia cambió porque está atravesando un proceso extenso y potente de islamización de su sociedad. Así dicho no faltará quien se queje de que se está planteando una perspectiva racista, xenófoba o concretamente islamófoba, que responde a discursos identitarios de extrema derecha. Patrañas: todos los datos estadísticos convergen en señalar la gravedad del proceso en el largo plazo y su aceleración en este inicio del siglo XXI.
Para empezar, algo bien sencillo de verificar: hoy hay más de 2.300 mezquitas en Francia metropolitana cuando eran sólo unas pocas decenas hace medio siglo, y entre los recién nacidos el nombre Mohamed (con sus variantes todas vinculadas a la religión musulmana) ya está entre los cinco primeros preferidos en el país. Pero más importante aún son los resultados de una encuesta muy seria publicada a mediados de noviembre de 2025 sobre estos temas, que muestra la gravedad del cambio sufrido.
En efecto, el gran drama que allí se deja en claro es la enorme falta de integración de las nuevas generaciones de religión musulmana a las leyes, costumbres y prácticas tradicionales de la República laica francesa. Por un lado, entre los musulmanes menores de 25 años, el 57% considera que la ley religiosa islámica prevalece sobre las leyes de la República, y 59% cree que ella debe ser aplicada en países no musulmanes, algo que por cierto comparte casi uno de cada dos del total de musulmanes que viven en Francia.
Por otro lado, la fuerza religiosa también prevalece entre las convicciones sociales: más del 80% de los jóvenes cree que la explicación religiosa es superior a la científica con relación al origen del mundo, y su práctica religiosa regular en mezquitas pasó de menos del 10% en 1989 a más del 40% en el total de los jóvenes musulmanes en 2025. En los últimos 20 años, las mujeres musulmanas menores de 25 años que portan velos permanentemente en el espacio público pasaron de 16% a casi la mitad del total. Además, casi la mitad de los musulmanes no son hostiles a la lucha armada en defensa del islam o para expandir su mensaje religioso, es decir que adhieren a la práctica de lo que se conoce como una de las vertientes de la yihad. Incluso hay estimaciones que sitúan en 150.000 la cantidad de musulmanes residentes en Francia que apoyan decididamente esta guerra santa.
El resultado es que hay cada vez más musulmanes fanatizados en Francia, aunque ellos sigan siendo una fuerte minoría en comparación con la religión católica. Lo cierto es que su evolución en las últimas décadas es al fuerte crecimiento, con un sentido identitario radicalizado y en particular en relación con sus jóvenes generaciones. Y todo esto tiene consecuencias sociales. Por un lado, está el riesgo de ataques terroristas desde el interior mismo del territorio francés: en enero de este año se cumplieron once años de los atentados contra el semanario Charlie Hebdo y en noviembre próximo también once años del atentado sangriento contra el boliche Bataclan, seguido de varios atentados y asesinatos integristas.
Por otro lado, está la evolución demográfica y los problemas de convivencia republicana. En efecto, desde el siglo XIX la República francesa fue en Occidente un faro de integración social en la que el espacio público dejaba de lado las convicciones personales religiosas para que ellas pudieran expresarse en libertad en el espacio íntimo de las familias y de los templos. Hoy, la amenaza radical musulmana no solamente se posiciona como un riesgo terrorista, sino que avanza en el sentido de cambiar la identidad moderna francesa a través del avasallamiento de la laicidad sobre la base de un pretendido respeto a reflejos multiculturales que, en realidad, esconden voluntades proselitistas y de sometimiento religioso y bárbaro.
La Francia que conocimos no es musulmana ni se deja avasallar por una implantación cultural y religiosa foránea que pretende imponer sus costumbres en tierra occidental, laica, de origen cristiano, y en la que prima la libertad y el individualismo heredados de la filosofía griega. Francia, y toda Europa con ella, deben reaccionar, porque estamos ante un problema civilizatorio de consecuencias históricas.