Democracia: más razones y menos ‘likes’
Diego Marulanda Díaz
Siguiendo con la metáfora del juego, no podemos estar desentendidos de un nuevo actor: las redes sociales
Diego Marulanda Díaz
Siguiendo con la metáfora del juego, no podemos estar desentendidos de un nuevo actor: las redes sociales. Estas se metieron en la cancha para influir en el resultado final. La viralidad no puede ser sinónimo de veracidad, pues, así como nuestra salud depende de una alimentación sana, la salud de la democracia está directamente relacionada con las fuentes de las que bebemos. Un buen líder, como un buen pastor, conduce a fuentes limpias y tranquilas (Salmo 22). Vivimos en un contexto marcado por la hiperconectividad y el exceso de información. Nunca habíamos tenido tanto acceso a datos, opiniones y discursos políticos, ni había sido tan difícil distinguir entre hechos verificables y narrativas diseñadas -muchas veces con apoyo de inteligencia artificial- para manipular emociones y profundizar la polarización. En este escenario, votar de manera crítica no es solo un derecho, sino un deber con la democracia y con el futuro del país. La era digital transformó la conversación pública. Las redes ampliaron la participación y redujeron barreras de acceso a la opinión, un avance innegable. Sin embargo, al mismo tiempo debilitaron el papel de mediación y verificación que históricamente ejercieron los medios y el periodismo profesional. Hoy circulan, en igualdad de condiciones, reportajes basados en datos y cadenas anónimas cargadas de desinformación. En este contexto cobra fuerza la llamada "posverdad", donde emociones y creencias pesan más que los hechos. No se trata de errores aislados, sino de estrategias deliberadas que apelan al miedo, la indignación o la esperanza para incidir en decisiones públicas, especialmente en épocas electorales, cuando los algoritmos se convierten en aliados poderosos. Las plataformas tienden a mostrarnos contenidos afines a nuestras preferencias y crean "burbujas de filtro" que refuerzan lo que ya pensamos. El problema no es tener convicciones, sino dejar de contrastarlas con la realidad. Cuando solo escuchamos voces que confirman nuestras ideas, la deliberación democrática se empobrece y la polarización se profundiza. La democracia no se sostiene únicamente en la suma de votos, sino en la calidad de las razones que los respaldan. Elegir representantes exige evaluar la viabilidad de sus propuestas, la solidez de su liderazgo, su experiencia real de gestión y el sustento de sus afirmaciones. Las emociones tienen un lugar legítimo en la política, pero cuando reemplazan al análisis, la decisión se vuelve impulsiva. Por eso, el ciudadano debe asumir una tarea inaplazable: un consumo informativo responsable. Verificar fuentes, desconfiar de mensajes anónimos y reconocer los propios sesgos fortalece la democracia. El futuro del país no se construye con likes, sino con decisiones razonadas.
Rector General Universidad Pontificia Bolivariana.