Juan Jones y un legado actoral fuera de serie
Tío de otro Jones inmenso -Roberto-, fue alumno de Margarita Xirgu y egresó de la primera promoción de su recién fundada EMAD en el año 1953.
El jueves 5 falleció uno de los actores uruguayos más importantes de la historia. A la edad de 97 años se apagó la vida de Juan Jones. Como pasa siempre en este país, su muerte se informó con breves obituarios, menos jugados que los que merecen las figuras de Hollywood. Así que acá voy para compensar en algo el desapego con que mucho periodismo cultural recuerda a nuestros mejores artistas de otros tiempos.
Juan nació el 19 de junio de 1928, segura razón por la que sus padres le bautizaron con el segundo nombre de Artigas, un personaje que también supo interpretar en su vasta y fecunda trayectoria.
Tío de otro Jones inmenso -Roberto-, Juan fue alumno de la mítica Margarita Xirgu y egresó de la primera promoción de su recién fundada EMAD en 1953. Fue compañero de generación de grandes talentos que ya no están, como Estela Castro, Walter Vidarte, Armen Siria y Dumas Lerena, y de dos queridas actrices que felizmente siguen en este plano: Nelly Antúnez y Estela Medina.
Ingresó tempranamente a la Comedia Nacional como becario de la EMAD y permaneció allí como primer actor por más de dos décadas.
Siguiendo el imprescindible Diccionario Biográfico del Teatro Uruguayo de Jorge Pignataro y María Rosa Carbajal, y una reseña de la periodista cultural Daniela Pauletti, Juan estudió actuación para cine en Italia, donde se vinculó con Vittorio Gassman, y a partir de 1960 cofundó junto a Taco Larreta, China Zorrilla y Enrique Guarnero otro grupo que hizo nuestra mejor historia: el Teatro Ciudad de Montevideo (TCM). Eran épocas en que las salas se llenaban de martes a domingo con espectáculos de altísima calidad. Llevaron un Lope a Madrid y ganaron el premio de la crítica teatral, un impresionante maracanazo cultural.
Inquieto y ultra exigente, en 1969 funda la Compañía de los Cinco, nada menos que con Nelly Goitiño, Berto Fontana, Mario Morgan y Hugo Mazza. Y en 1988, el Teatro del Sur. Durante los 90, apoyados en la gestión de aquel gran ministro de Educación y Cultura que fue Antonio "Manino" Mercader, Taco Larreta y Jorge Abbondanza impulsaron el proyecto Casa de Comedias, que constituyó la primera y última iniciativa a nivel ministerial de crear un elenco estable para producir y difundir espectáculos de alto valor artístico. Allí también estuvo Juan, dando muestras de un histrionismo y una versatilidad tanto para la tragedia como para la comedia, pocas veces vistos en nuestros escenarios.
Además, actuó en la película argentina El crimen de Oribe (1950) de Leopoldo Torre Nilsson, y fue un muy popular intérprete del ciclo Escenario 12 (1963-1965), una iniciativa de José Pedro Voiro que adaptó para televisión grandes clásicos de la literatura universal como El Cid de Corneille, Romeo y Julieta de Shakespeare, Sin Novedad en el frente de Remarque, Vestir al desnudo de Pirandello y El diario de Ana Frank. Una vez el propio Juan me contó cómo protagonizó el Calígula de Albert Camus, bajando por la escalinata del Palacio Legislativo con una capa inmensa. Otras épocas. Otra cultura. Otro Uruguay.
Su éxito le valió protagonizar un nuevo ciclo, El teatro de Juan Jones, así como trabajar en radioteatros y hasta fotonovelas.
Pero la pasión teatral lo sigue comprometiendo, tanto en su rol de intérprete como de docente. Además de dar clases en la EMAD y en Teatro Universitario (muchos de los grandes actores del presente fueron sus alumnos), a partir de la década del 60 ejerce la docencia en primaria y desarrolla un grupo teatral experimental en la excárcel de Punta Carretas.
Con el nuevo siglo abre una etapa distinta, protagonizando el unipersonal Sensaciones, que recoge grandes monólogos del teatro universal y que lleva a Grecia, Italia, Francia, Israel, Estados Unidos y Argentina.
Toma la decisión de dejar la actuación en una de esas funciones, nada menos que en el desierto de Jordania. Retorna al país y se aboca a la escritura de un bellísimo libro de aforismos y poemas: Trasmutaciones (2020, editorial Fin de Siglo).
Asistí a dos presentaciones de ese volumen: una en el INAE en plena pospandemia, y otra en el CIDDAE del Teatro Solís. Allí Juan contaba su vida con voz queda y aparentemente cansina; ya tenía más de 90 años. Pero de pronto se levantaba de la silla para interpretar un monólogo de Pirandello o el discurso de Marco Antonio en el Julio César shakespeariano, y ahí rejuvenecía: declamaba, saltaba y corría con idéntico histrionismo al que motivó que durante tantas décadas nos emocionara desde la platea.
Recuerdo una anécdota en particular que contó en uno de esos encuentros: en 1991 actuó en una obra de Eduardo Sarlós sobre Isabel la Católica, junto a Estela Castro. Ella estaba disminuida por una enfermedad neurológica y él le asía fuertemente la mano, para que no se notaran sus temblores. Era un acto de solidaridad del compañero y amigo que defendía el trabajo de su colega, demostrando que el mayor profesionalismo solo es aquel que va unido al amor al prójimo.
Un grande que debemos honrar y respetar, siguiendo su grandioso ejemplo.