El debate abre a la baja
No estamos en un punto de no retorno, pero sí en uno de esos momentos en que la economía avisa con suficiente anticipación y luego cobra sin contemplaciones
No estamos en un punto de no retorno, pero sí en uno de esos momentos en que la economía avisa con suficiente anticipación y luego cobra sin contemplaciones. Por eso preocupa que, ante cifras incómodas, el Gobierno prefiera discutir definiciones o sacar conclusiones con métricas a la carta. El debate reciente sobre qué es "inversión" en el PIB sería saludable si no coincidiera con lo esencial: la inversión se está enfriando, la confianza se está erosionando y el país corre el riesgo de hipotecar su futuro por la urgencia de ganar la pelea política de hoy. La formación bruta de capital fijo viene dando señales claras: menos vivienda, menos edificaciones y menos proyectos que elevan productividad. La inversión extranjera muestra cautela. Y en paralelo, el endeudamiento sigue creciendo en un país que ya paga caro su riesgo. Nada de esto se corrige con trinos ni con relatos. Se corrige con reglas estables, seguridad jurídica, disciplina fiscal verificable y una señal inequívoca de respeto por la estadística oficial, no de acomodarla al argumento del día. Lo más frustrante es que Colombia sí tiene una ventana de oportunidades, pero la está cerrando con mensajes contradictorios. El mundo necesita energía, gas y minerales críticos; nosotros tenemos potencial costa afuera, y yacimientos no convencionales que, con regulación estricta y tecnología, podrían aportar soberanía energética, empleo y caja fiscal. Tenemos además un agro con capacidad de escalar exportaciones si se mejora infraestructura, sanidad, riego y acceso a crédito. Podemos exportar más servicios, software, BPO, industria creativa, salud y educación. Podemos reactivar con seriedad el comercio formal con Venezuela para dinamizar la frontera. Podemos, en suma, crecer sin populismo si entendemos que la prosperidad se construye con inversión y productividad. Pero para aprovechar esa ventana hay que dejar de castigar al que produce. Cada vez que se coquetea con controles, prohibiciones o cierres, el país manda la señal equivocada. Pasa con la energía cuando se demoniza la exploración mientras aumenta la dependencia de importaciones. Pasa con la minería cuando no se combate con contundencia la ilegalidad, que destruye bosques y financia violencia, y en cambio se asfixia a la formalidad. Y pasa con el agro cuando se anuncia que se van a restringir exportaciones, como se insinuó con la carne: se envía el peor mensaje posible a los mercados. Un cliente internacional no distingue entre ‘temporal’ y ‘estructural’: cambia de proveedor, ajusta contratos, y ese mercado cuesta años recuperarlo. La sola amenaza frena inversión en plantas, frigoríficos, genética, sanidad y logística. Así se sabotea el esfuerzo exportador de miles de productores que, con reglas claras, podrían generar empleo formal y divisas. El capital que crea empleo es apolítico y se mueve por el mundo. Si percibe inseguridad jurídica, cambios de reglas, discursos hostiles y cuentas fiscales sin ancla, simplemente se va o se queda quieto. Y cuando eso ocurre, no paga el Gobierno: pagan los colombianos con menos empleo, menores salarios reales, menos empresas y ahorros castigados. Estamos a tiempo de corregir, y corregir no es rendirse: es gobernar. Pero la corrección empieza por aceptar los datos, no pelear con ellos; por escuchar a quienes advierten, no descalificarlos; y por entender que ganar elecciones hoy no compensa que mañana el país entero pague los platos rotos. Ignorar estas señales es cavar una tumba lenta: se frena la inversión local, se encarece el crédito, y la recuperación toma años.