Martes, 21 de Abril de 2026

"Vivo igual que antes y hago lo mismo, pero a otro ritmo, mucho más lento"

ChileEl Mercurio, Chile 20 de abril de 2026

Contra viento y marea logró, desde muy joven, llevar la vida que deseaba, junto al mar y la naturaleza del archipiélago de Juan Fernández. Allí, hoy sigue realizando sus pasiones: el buceo, la artesanía, el deporte y la música. Y, sobre todo, la defensa de la flora, la fauna y la biodiversidad marina de esas islas.

I lka Paulentz tenía 21 años cuando llegó por primera vez a la Isla Robinson Crusoe, en el archipiélago de Juan Fernández. Iba sola, dispuesta a instalar su carpa para alojar allí, en medio de la naturaleza. Los amigos montañistas con los que había planeado el viaje se arrepintieron a última hora y ella no estuvo dispuesta a perder el cupo en el barco que lleva a la isla. Iba por las tres semanas de vacaciones que le permitía su trabajo de secretaria y se quedó tres meses. No sabía que ese viaje le iba a cambiar la vida.
Ilka Verónica Paulentz Reyes (81) nació en Valparaíso y se crio en Viña del Mar. Su padre era marino y su madre, matrona. Era la mayor de tres hermanas y un hermano. La enseñanza básica la cursó en el Colegio Saint Margaret, de Viña; y la media, en las Monjas de la Misericordia de Valparaíso.
Su infancia y su juventud estuvieron marcadas por el mar. En Viña, con su familia, vivía en la calle 1 Poniente con la 13 y 1/2 Norte. "Estábamos a una cuadra de la playa, así que pasábamos ahí. Desde chiquitita que me gusta el mar; nadar, bucear. Todos los días, después del colegio, nos íbamos a jugar a la playa", nos cuenta a través de una videollamada, desde su casa en la isla Robinson Crusoe.
-¿Cómo surge su afición por el buceo?
"Yo tenía como 9 o 10 años y, para una Navidad, me regalaron unas aletas y una máscara. Me empecé a meter al mar y a mirar debajo del agua. Me fascinó".
Un día, cuando tenía cerca de 19 años, iba pasando por la Avenida Marina, cerca del Castillo Wulff, y se encontró con un grupo de jóvenes que estaban buceando en los roqueríos. "Me llamó mucho la atención todo lo que hacían. Me puse a conversar con ellos y me invitaron a participar los fines de semana".
Llegó a su casa fascinada, pidiéndole a su papá un traje de buceo. Ella misma lo buscó y lo encontró en una tienda de Valparaíso. Se compró todo el equipamiento. "Empecé a bucear muy seguido, invierno y verano. Íbamos a distintas partes y participaba en competencias de caza submarina".
Más adelante, Ilka ingresó también a un club de montañismo, con el cual viajaba a distintos lugares de Chile. En el verano de 1966, ella le propuso al grupo que fueran al archipiélago de Juan Fernández. En ese tiempo, relata, no había muchas facilidades para el turismo en esas islas. Había que inscribirse para obtener un cupo en la goleta que hacía el viaje.
Cuando llegó el día en que había que reservar los pasajes, cada miembro del grupo tuvo una excusa para no hacerlo. "Yo no quise quedarme con los crespos hechos, así que partí sola", recuerda.
Después de casi tres días de navegación, llegó a la isla Robinson Crusoe, por primera vez, el 10 de enero de 1966. Lo primero que hizo fue instalar su carpa en un lugar frente a la playa que estuviera protegido del viento, como le indicó un amable isleño. Lo segundo fue pedirle a una joven vecina una tacita de agua caliente para poder hacerse un té, pues hacía muchas horas que no ingería nada.
"Pasó mucho rato y no llegaba. Yo me preocupé... hasta que la vi venir con un jarro enlozado de agua caliente y una tremenda langosta que había cocido recién y un inmenso bollo de pan", se ríe al recordar. "!Yo estaba tan feliz¡ Nunca había comido langosta". Cuenta que la amistad con esa joven isleña y su marido "duró eternamente".
En esa primera visita a la isla, recorrió sus senderos. Se metía al mar, buceaba y sacaba locos y erizos, con los que se alimentaba y también los vendía. "Lo maravilloso que tiene esta isla es que puedes recorrerla entera sin ningún temor a que te pueda pasar algo. Así era entonces y lo sigue siendo", relata.
Estaba tan fascinada que volvió al continente tres meses después. Se fue a presentar a la empresa constructora donde trabajaba, en Valparaíso, y les contó a sus jefes las experiencias vividas en el archipiélago. "Y, cara de palo, aunque con voz humilde, les pregunté si podía volver al trabajo", cuenta. Le respondieron que sí, pero que no volviera a desparecer sin aviso.
Tiempo después, Ilka viajó a Alemania a conocer la tierra de sus ancestros, ya que su familia paterna es de origen alemán. Entonces, aprovechó de estudiar alemán y el oficio de podología. Pero siempre estaba pensando en la isla. "Lo único que quería era volver".
En 1970, en uno de esos regresos, Ilka postuló a una concesión de terreno y se hizo su cabaña en el borde costero de Robinson Crusoe. "En ese tiempo, en la isla no había camionetas ni nadie que te ayudara mucho. Todo se hacía al hombro o en mula o a caballo. Cuando fui a la barraca a cargar la madera, le dije al hombre: 'Póngame cinco de estos palos arriba del hombro, por favor'. Y así fue, tuve que cargarlos yo, porque el muelle no quedaba cerca de mi terreno. Me traje, de a poco, mis palitos al hombro. Lo que más me costó fue acarrear las planchas de zinc para el techo".
A su regreso de Alemania y, a través de un primo, conoció a quien sería su marido: Rodolfo Alarcón, químico analista de Enap, 10 años mayor que ella. "Él también disfrutaba de la naturaleza y se entusiasmó por el buceo conmigo. Hicimos un curso de buzos de salvataje juntos. Salíamos a acampar. Lo pasábamos bien".
A los 28 años, Ilka tuvo a su primer hijo y le puso Juan Fernando. Ese amor por la isla, relata, le trajo problemas en su matrimonio. "Yo siempre quería volver a Juan Fernández y estaba todo el año pensando en cómo hacerlo. Y así se fueron dando las oportunidades y cada venida para acá era una historia. Pero mi marido no quería venir tanto. No quería que yo fuera con el niño. Y ya fue tanta la discusión que, finalmente, nos separamos".
Ilka se fue a vivir definitivamente a la isla en 1985. No fue fácil porque su hijo, que tenía 12 o 13 años, se quedó con su papá para poder seguir sus estudios en Viña del Mar. Pero ella se organizó para poder venir a verlo en los meses de invierno y él pasaba los veranos allá. Cuando terminó la carrera de ingeniería civil industrial, él pasó unos meses en la isla dedicado a la pesca artesanal de langosta. Hoy ejerce su profesión en Santiago y tienes dos hijas adolescentes.
En los años 90, Ilka se dedicó al turismo. Agrandó su casa en Robinson Crusoe y empezó a recibir pasajeros, cosa que hace hasta hoy con el Hostal Paulentz. También se dedicó a la artesanía en cuero de pescado, y formó un grupo musical, Las Morochas, en el cual ella toca el acordeón.
Pero hubo un momento en que su casa desapareció por completo. Fue por el tsunami del 23 de febrero de 2010. Cuenta que ella estaba durmiendo profundamente, cuando se empezó a mover su cama. "Traté de prender la luz y no funcionaba. Me senté en mi cama y veo que entra una ola por la ventana. Me levanté rápido, el piso se movía y todo se empezó a llenar de agua. El mar llegó hasta arriba y cuando bajó, con toda esa fuerza, arrastró con todo, con la casa, conmigo, con todo lo que encontró a su paso".
Cuenta que, en pocos minutos, un pueblo entero quedó destruido y disperso en la bahía. Ella quedó con heridas en las piernas, pero logró subirse al techo de una casa. "De pronto vi un bote que andaba recogiendo a los náufragos. Les grité y me respondieron '!tírate al agua¡'. Nadé hacia ellos, entre los escombros, y cuando llegué me di cuenta de que era 'El Galileo', !mi bote¡, que se había salvado. Sentí que era un mensaje divino que me decía: 'Empieza de nuevo, aquí está tu herramienta de trabajo' ". Y así lo hizo.
Estuvo varios años trasladando pasajeros en "El Galileo" y ahora, que ya reconstruyó su casa y su hostal, el bote le sirve para hacer excursiones con los turistas.
-¿Por qué se enamoró de la isla?
"Porque tienes todo tan cerca: el mar, los cerros, el campo. La vida es tranquila y la gente es buena y cariñosa. Se pasa bien acá".
-¿Ha cambiado con el tiempo?
"Sí, ha cambiado un poco. Pero en eso estamos, en tratar de preservarla. Es una isla con un ecosistema muy delicado. Yo pertenezco a una OCF (Organización Comunitaria Funcional) para la protección de las áreas marinas, y de la flora y la fauna del archipiélago".
-¿Qué ha significado para usted el paso de los años allá?
"Vivo prácticamente igual que antes y hago lo mismo, pero a otro ritmo, mucho más lento. Ya no buceo todo el año. Ahora me meto al mar en verano. Salgo en kayak. Y ya no camino tanto porque, después del tsunami, quedé con algunos problemas en las piernas. Pero ando en bicicleta y tengo una cuatrimoto con la que voy al campo, me estaciono y me adentro en los bosques".
-¿Qué les diría a las personas mayores que se encierran y ya no quieren hacer lo de antes?
"Que se están farreando la salud. A esta edad, hay que moverse, hacer cosas. Yo vivo sola, con mi perro y mi gato. Y somos felices".
-¿Por qué cree que hay personas que se autolimitan con la edad?
"Yo creo que por miedo. A veces por el qué dirán. Y a veces es la misma familia la que los limita. Los hijos o nietos pueden decirles: 'ya no estás para esto'. Y se lo creen".
-En 2025 la nombraron Hija Ilustre de Juan Fernández, ¿qué significó para usted?
"Fue una grata sorpresa porque para mí es tan normal todo lo que hago. Es un estilo de vida. Siempre he estado presente en la comunidad. Pertenezco al Sindicato de Pescadores. Siempre he estado apoyando el deporte, el turismo, la música, la artesanía. Es todo lo que a mí me gusta".
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