Revolución enredada
Orsi hizo campaña con la revolución de las cosas simples y después tropezó con lo más sencillo.
Pocas cosas conmueven tanto como ver a un partido político correr a apagar un incendio con un bidón de nafta. El Frente Amplio se empantanó por una camioneta, después por las explicaciones sobre la camioneta, y más tarde por las explicaciones de las explicaciones sobre la camioneta.
Hay algo que nadie explicó del todo: por qué le hicieron ese descuento al presidente electo, y algo que nadie desmintió: que el propio Yamandú Orsi inició la negociación para conseguir su camioneta y la de la ceremonia de asunción. Ya sería mucho pedir que, en algún momento, alguien pudiera hablar sin ruborizarse de la rifa y del auto donado.
Todo el episodio acentuó una fragilidad previa. Orsi llegó a la Presidencia con una virtud reconocible: la cercanía. Lo mostraba sencillo y accesible, pero una cosa es ser cercano y otra es no reconocer el momento adecuado para dejar de serlo. Hay algo entrañable en imaginar al presidente más terrenal que recuerde la política uruguaya enfrentado a una camioneta de US$ 80.000 como cualquiera ante una oferta irresistible: con los ojos más brillantes, la guardia más baja y la mente más nublada.
La reacción del oficialismo fue cerrar filas. Fernando Pereira destacó la donación y la importancia de usar un auto seguro. Gustavo González habló de una operación de la oposición para denostar al presidente y generar una crisis. Daniel Caggiani comparó el episodio con la denuncia falsa contra Orsi durante la campaña electoral. Julieta Sierra, con el siempre saludable desparpajo de la juventud, dijo que estaba aburrida del tema.
La tesis era clara: no estábamos ante un problema del gobierno, sino ante una forma de hacer política por parte de la oposición. Usar la exageración ajena para no mirar la propia torpeza es un recurso bastante evidente. El Frente Amplio puede denunciar una operación, advertir sobre la degradación del debate público y afirmar que hay actores interesados en menoscabar la investidura presidencial. Todo eso podría ser cierto. Pero aun si lo fuera, seguiría faltando la parte más incómoda: asumir que manejaron la crisis de la peor manera posible y empezar por hacer algo para mejorar.
Un partido debería poder defender a su presidente sin asumir que el votante dejó el cerebro en la guantera. Puede cerrar filas sin cerrar los ojos. Puede señalar los excesos de la oposición sin fingir que las suspicacias son inventos. Ahí aparece otro asunto: el gobierno se confió en que el estilo de Orsi bastaría, pero el país no es Canelones ampliado y necesita bastante más que una obsesión por alumbrar canchas de baby fútbol. La Presidencia exige otra disciplina, otro filtro, otra arquitectura alrededor del mandatario.
Caggiani intentó contrastar a Orsi con el presidente anterior, cuyas conferencias, dijo, parecían las de Luis XIV. La comparación tiene poca gracia, pero al menos una virtud: ilumina el tamaño del problema, casi tan grande como la distancia entre Versalles y Salinas.
Puestos a seguir con la realeza, la diferencia entre la agencia de publicidad del rey Cuqui y la corte del Yama es que al canario le falta su chambelán, el noble de confianza que asiste al monarca en la intimidad. Le faltan también un Consejo Real e infinidad de consejos republicanos.
Caggiani agregó que no había que hacer una comparación con Mujica porque está muerto y no corresponde hablar de los fallecidos. Es una forma curiosa de ordenar el debate: primero se invoca a Luis XIV, después se clausura a Mujica por razones funerarias. Una cosa es respetar a los muertos y otra es usarlos como escudo para no hablar de los vivos.
En los últimos días, Orsi pareció haber entendido que era mejor guardar silencio. Por momentos, desempeñó el papel de actor secundario en su propio gobierno. Acompañó, sonrió, dejó que otros hablaran. Pareció el edecán de Alejandro Sánchez. El mandatario que había hecho de la cercanía su marca quedó reducido a una presencia muda, como si el gobierno hubiera descubierto demasiado tarde que la palabra presidencial implicaba convivir con el enemigo.
La paradoja es que Orsi hizo campaña con la revolución de las cosas simples y después tropezó con lo más sencillo. No comprar una camioneta de US$ 80.000 antes de asumir. No usar un auto donado en campaña como parte del pago. No empezar a gobernar subido a un auto de la misma marca que acababa de tratarte con tanta generosidad. No dejar que el partido se entere por la prensa. No presentar declaraciones juradas con omisiones. No dar explicaciones chapuceras. Nada de eso requiere una revolución.
El episodio se apagará, pero las crisis acotadas tienen una ventaja: muestran temprano lo que las crisis grandes castigan tarde. Esta mostró un gobierno que todavía no domina su comunicación, un presidente que confunde espontaneidad con suficiencia, una interna con información despareja y un partido que reacciona antes de pensar.
El problema del Frente Amplio no es que le falten frases ni justificaciones. Le sobran. Tiene frases contra la derecha, la meritocracia, los ricos y los medios. Contra los pasacalles, los portaaviones y el estrecho de Ormuz. Contra Luis XIV, contra Luis a secas y contra cualquiera que no haya entendido que el tema de la camioneta está "recontra cerrado".
Lo que todavía no tiene es una frase que explique qué tipo de gobierno quiere ser.