Caminar
Me encanta caminar, sobre todo cuando el tiempo no está constreñido por la urgencia de ciertos quehaceres
Me encanta caminar, sobre todo cuando el tiempo no está constreñido por la urgencia de ciertos quehaceres. Este ejercicio sin apuro distiende el alma y el cuerpo, y sirve de placentero recreo meditativo antes de volver a las labores habituales. La distracción peatonal es, a mi juicio, una de las más sanas y beneficiosas para el ser humano. Permite no solo estirar las piernas, sino también la mente. Es un ensimismamiento activo, introspección que simultáneamente dispone a una consideración contemplativa de la ciudad y de sus entornos; y, a la vez, permite un mirar más agudo de esos otros transeúntes que coinciden con uno mismo.
Cuando se camina sin prisa se ahonda de forma distinta en lo que uno está viviendo. Es como un respiro psíquico y del corazón, una manera de rumiar peripatéticamente la realidad, una especie de retiro espiritual en movimiento que aminora la posible angustia y aumenta la latente esperanza.
Cada cierto rato se necesita caminar, se requiere darse tiempo para ello, a fin de retornar al propio oficio con un mejor ánimo y hasta con mayor lucidez. La caminata es hermana de la calma; ambas fraternizan en favor del hombre que piensa más óptimamente cuando se reviste de una y de otra para deliberar y decidir acerca de lo que debe hacer en su horizonte más inmediato.