Fútbol y cancelación
Hay que aceptar lo que somos hoy. Eso a nivel futbolístico y a nivel sociedad. Hace falta entender dónde estamos y por qué llegamos.
Fútbol y cancelación, dos deportes nacionales. Nuestra sociedad, sin escapar a los fenómenos globales ha emprendido un viaje (ojalá con retorno) hacia prácticas de cancelación, con cataratas de "hate" por parte de muchos que aman odiar. No son todos, no es en todos lados, pero cada vez se ve más.
El fútbol, como toda actividad que despierta pasiones, es un terreno super fértil para encarnizados ataques. Esos que se hacen desde la necesidad de hacer catarsis más que desde la lógica racional.
Quedamos fuera del Mundial de fútbol y eso fue la bandera verde de largada para dar rienda suelta a los ataques, los memes y las burlas.
No voy a hablar de fútbol, porque los resultados son evidentes. El resultado fue muy malo y probablemente de los peores de nuestra historia. Duele, es normal. Da vergüenza, es normal. Tal vez potenciado por nuestra historia, por lo que fuimos y en algún caso por lo que creemos merecer. Un poco aquello de Ortega y Gasset en "La rebelión de las masas", cuando dice que uno de los grandes problemas del hombre es la disociación entre la percepción que tiene de sí mismo y la realidad. Solemos creer que merecemos más porque creemos ser más.
Y la verdad que en este mundial fuimos muy poco. Y no está mal reconocerlo. Nada tiene que ver con las estrellas en nuestra camiseta y lo que fuimos. Pero hay que aceptar lo que somos hoy. Eso a nivel futbolístico y a nivel sociedad. Hace falta entender dónde estamos y por qué llegamos. Sin enfrentarnos entre uruguayos, solo siendo conscientes de dónde estamos, que tampoco define lo que somos.
Bielsa llegó y automáticamente tuvo defensores y detractores. Con un estilo propio, no daba espacio a la sorpresa. El "loco" Bielsa no se ganó ese apodo por ser convencional. A mi nunca me gustó, pero el tiempo diría si obtendría resultados. La cuestión es que no los obtuvo y con la eliminación de Uruguay llovieron críticas, ecos de comentarios de pasillo, y llegaron los ataques cancelatorios.
Y a esto va el razonamiento, a que cuando quien sufre los ataques no tiene capacidad de defenderse se vuelven sin fin y sin límites. Pero cuando quien los sufre abre el espacio al diálogo, a la argumentación, del otro lado se baja la guardia. Apuesto a que muchos críticos después de la conferencia de prensa y ante argumentos desarrollados racionalmente quedaron pensando y hasta dudando de posturas irreconciliables que abrazaban una hora antes. No digo que cambiaran de opinión, pero llegaron al punto de encuentro que se debe buscar, el de "un poco de razón tiene el otro".
Las redes, sus algoritmos llenos de manija que retroalimentan el pensamiento propio, los titulares efectistas, la búsqueda de "clicks" como si fuera oro, son el terreno fértil que necesita el "hate" (ahora se le dice así como si por no decirlo en español se edulcorara el odio). En estos días es el fútbol, pero la Política, las policiales o la farándula la dinámica es la misma: agraviar desde la distancia virtual o incluso el anonimato. Opinar es un derecho, no una obligación (especialmente en temas en los que se es ignorante), pero menos aún es la puerta de entrada de la descalificación que busca cancelar.
Lo ocurrido con Muslera y sus errores es otra muestra de la cultura de la cancelación. Pocos se acordaron de las alegrías que nos dio en el Mundial de Sudáfrica 2010, o en la Copa América de 2011. Porque la inmediatez de este mundo en que vivimos parece que obligara a reaccionar sin pensar ni valorar (este ejercicio más escaso aún). ¿Se equivocó? Si, y varias veces. En errores que costaron caro. Y él fue el primero en reconocerlo y pedir disculpas. En este mundo donde nadie se mueve de su zona de confort y cuesta reconocer errores, cuando alguien lo hace y especialmente cuando son cuestiones de fervor popular, se debería valorar más aún. Como dice Rafael Nadal en su documental (muy recomendable por cierto): "Yo no soy un ganador, soy un competidor". Y esa es la realidad, se gana y se pierde, se cometen errores cuando se compite, pero eso no habilita la cancelación ni el olvido.
La lucha debe ser entre mediocridad y superación. Ese es el debate que hay que instalar. No la lucha de algoritmos confirmatorios de pobres conceptos que no valoran las cosas sino que reafirman prejuicios o la ignorancia.
Porque nuestra sociedad puede y debe vacunarse contra estas prácticas que erosionan los cimientos de confianza, fraternidad y valoración. Porque si lo sufren deportistas imagínense cuánto más fácil es reaccionar ante una clase política que en sus aciertos y errores se hace cargo de responsabilidades públicas. Si se sigue así sucederá lo que ya pasa en algunos lugares del mundo: personas buenas y preparadas escapan de las responsabilidades públicas. Actores de valor y jerarquía eluden la Política por el descrédito en la que se ha sumergido en los últimos tiempos. Muchos son los que no quieren someterse al escarnio público, la cancelación, la judicialización de la Política, los costos familiares, y por sueldos mucho más bajos que los que reciben en la actividad privada. Si no se revierte este proceso, los mejores ni pisarán el terreno de la "res pública". Porque además hay que decirlo, existen los mejores y existen los peores.
Estas cuestiones de las que hablamos exceden la Política o el fútbol. Hablan de nosotros. Como dice Yuval Noah Harari en su libro Nexus "si los sapiens somos tan sabios ¿por qué somos tan autodestructivos". Y para ello utiliza una historia, cuando la Revolución Industrial daba sus primeros pasos y las máquinas empezaban a sustituir a los humanos en numerosas tareas, Johann Wolfgang von Goethe publicó un texto admonitorio titulado «El aprendiz de brujo». El poema de Goethe (que posteriormente se popularizó en la versión animada de Walt Disney protagonizada por Mickey Mouse) cuenta cómo un brujo ya anciano deja su taller en manos de un joven aprendiz, a quien pide que, en su ausencia, se encargue de tareas como traer agua del río. El aprendiz decide facilitarse las cosas y, recurriendo a uno de los conjuros del brujo, lanza un hechizo sobre una escoba para que vaya a por el agua. Pero el aprendiz no sabe cómo detener la escoba, que, incansable, trae cada vez más agua, lo que amenaza con inundar el taller.
Presa del pánico, el aprendiz corta la escoba encantada en dos con un hacha solo para ver que cada mitad se convierte en otra escoba. Ahora hay dos escobas encantadas que inundan el taller con cubos de agua. Cuando el viejo brujo regresa, el aprendiz le suplica ayuda: «Los espíritus a los que invoqué [.] ahora no puedo librarme de ellos». De inmediato, el brujo deshace el hechizo y detiene la inundación. La lección para el aprendiz -y para la humanidad- es clara: nunca recurras a poderes que no puedas controlar.
Ojalá estemos, como el aprendiz; a tiempo de detener este proceso.