Una odisea
No hay una película más esperada ni más comentada -dos semanas antes de ser estrenada- que la versión del poema épico La Odisea que ha filmado el cineasta inglés Christopher Nolan
No hay una película más esperada ni más comentada -dos semanas antes de ser estrenada- que la versión del poema épico La Odisea que ha filmado el cineasta inglés Christopher Nolan. Superados los tiempos definitivos del llamado Nuevo Hollywood de los setenta, y asentados las revitalizaciones que trajo el cine independiente de los noventa, podría decirse que Nolan, autor de producciones tan sonadas como Memento, Interestelar y Oppenheimer, ha alcanzado en estas décadas las alturas de esos directores que -como Spielberg o Tarantino- son los protagonistas de sus largometrajes. Que sea él quien se haya lanzado a la tarea titánica de adaptar la obra de Homero, que funda la ficción occidental en el siglo VII antes de Cristo, justifica la ansiedad de los cinéfilos: en sus manos, el largo viaje de regreso de Odiseo a su reino de Ítaca, luego de sobrevivir a la guerra de Troya, a la hechicera Circe, a las sirenas y sus cantos, y a los dioses y sus iras -mientras su esposa Penélope y su hijo Telémaco resisten las presiones de los descreídos-, tendría que ser una experiencia inolvidable. Resulta fascinante la angustia de los expertos en el texto, académicos e historiadores que han dedicado sus vidas a estudiarlo, pues significa que esos personajes arquetípicos están tan vivos como en la Antigüedad. Por supuesto, hay quejas que en verdad son especulaciones o prejuicios: que las estrellas van a opacar a los héroes que encarnan o que no hay actores griegos en el reparto, por ejemplo. Pero los profesores que conocen a fondo La Odisea han advertido lo desconcertantes que resultan los acentos estadounidenses, las frases contemporáneas y la falta de fidelidad con semejante clásico, y sus reacciones demuestran el lugar que se ha ganado Nolan en la cultura de estos años, y sobre todo prueban la importancia de un texto que sigue retratando a un mundo en guerra en el que los hijos anhelan a sus padres. editorial@eltiempo.com