El Banco Mundial abandonó sus metas climáticas
El auge y la caída del entusiasmo de la institución por el crecimiento verde.
En junio de 2023, el mayor banco de desarrollo del mundo parecía estar atravesando una transformación. En una cumbre celebrada en París, el presidente del Banco Mundial, que durante 70 años se había concentrado exclusivamente en combatir la pobreza mundial, anunció planes para reservar una parte considerable de sus préstamos a proyectos destinados a mitigar el cambio climático y sus efectos.
Ajay Banga, por entonces recién llegado a la presidencia del banco, había sido contratado en parte por sus credenciales ambientales. En su anterior cargo como director ejecutivo de Mastercard se había comprometido a plantar 100 millones de árboles, y comenzaba a gozar de gran popularidad. El público, que incluía a Emmanuel Macron, Presidente de Francia, y a Abiy Ahmed, Primer Ministro de Etiopía, celebró con una ovación de pie. Cuando Banga abandonaba el escenario, un asistente de Abiy lo desvió para tomarse una selfi. Un año después, el Banco Mundial desembolsó US$ 43.000 millones, equivalentes al 44% de sus préstamos de ese año, con lo que estuvo cerca de cumplir su meta formal de destinar el 45% de sus créditos a esos fines.
Ahora la fiesta terminó. El mes pasado, bajo presión de Estados Unidos, la meta del 45% fue oficialmente eliminada. Los funcionarios del banco apenas han mencionado el clima desde que Donald Trump regresó al poder a comienzos de 2025. Trump considera que el cambio climático es un engaño y quiere aumentar el uso de combustibles fósiles, no reducirlo. Los países europeos, cuyas poblaciones tienen una mayor sensibilidad ambiental, lucharon con fuerza para que se mantuviera la meta.
Es cierto que la repentina sequía de financiamiento climático podría frenar los esfuerzos de descarbonización del mundo en desarrollo. Sin embargo, para los países más pobres, el giro del Banco Mundial en materia climática todavía podría terminar siendo una buena noticia.
La orientación verde siempre fue polémica. Pronto surgió una división entre los especialistas en desarrollo, tanto dentro como fuera del banco. Un grupo pensaba que el gasto en turbinas eólicas, para producir energía renovable; vehículos eléctricos, para reducir la contaminación; y bosques de manglares, para contener las inundaciones, era esencial para preparar a los países en desarrollo ante el aumento de las temperaturas. Otro grupo sostenía que aquello desviaba recursos de clínicas, escuelas y caminos que ayudaban de manera inmediata a los lugares más pobres.
La división se agudizó porque la gran ofensiva climática de Banga coincidió con el momento en que los países ricos comenzaban a perder el entusiasmo por la ayuda al desarrollo. Mientras los presupuestos de asistencia y los aportes al Banco Mundial se estancaban en términos reales, los compromisos climáticos obligarían a recortar recursos en otras áreas. Los funcionarios del banco rechazaban esa objeción y afirmaban que los proyectos destinados a reducir la pobreza también protegían el planeta. Banga sostenía que había poca diferencia entre gastar en uno u otro objetivo. Si eso era cierto, se preguntaban muchos funcionarios de los países más pobres, ¿por qué reservar de antemano recursos para el clima?
A fines de 2024, el banco volvió a aumentar sus compromisos climáticos y prometió aportar, junto con otras instituciones internacionales, US$ 120.000 millones anuales de aquí a 2030. Sin embargo, el regreso de Trump a la Casa Blanca frenó el impulso. Las inquietudes de Estados Unidos iban más allá del rechazo instintivo del Presidente al buenismo verde. En octubre de 2025, Scott Bessent, secretario del Tesoro, declaró que la atención puesta en el clima estaba distrayendo al banco de su tarea de ayudar a crecer a los países pobres. Insinuó que la institución debía retroceder o arriesgarse a perder el respaldo estadounidense, una disyuntiva drástica, dado que Estados Unidos es su principal accionista.
En abril, los funcionarios de Bessent habían iniciado una discreta campaña para eliminar las metas. Poco sirvió lo que Banga hizo para congraciarse con Trump, incluida su incorporación a la Junta de Paz, el comité supuestamente encargado de supervisar la reconstrucción de Gaza. Las protestas de muchos países europeos perdieron fuerza cuando la guerra en Irán hizo menos populares entre sus propios ciudadanos los compromisos de emisiones netas cero que elevan el precio de la gasolina.
Menos verde, más dólares
La pregunta ahora es qué ocurrirá con la distribución de los préstamos del banco. La ofensiva climática hizo que una mayor proporción de la ayuda terminara en países de ingresos medios, que contaminan más que los más pobres y, por lo tanto, enfrentan mayores costos para descarbonizarse. Por eso, las autoridades de los países más pobres del mundo reciben con alivio la posibilidad de que el péndulo vuelva a inclinarse en su favor.
No obstante, algunos en el Banco Mundial creen que abandonar las metas climáticas no producirá ninguna diferencia en la cartera de la institución. Los nuevos proyectos climáticos podrían simplemente ser presentados de otra manera y aprobados como préstamos para el desarrollo. De ser así, muchos funcionarios considerarían que se trata de una victoria arrebatada a un Estados Unidos entrometido. Al mismo tiempo, sin embargo, eso también podría demostrar que los escépticos del enfoque climático tenían razón y que, desde un principio, las metas eran poco necesarias.
Artículo traducido del inglés por Economía y Negocios de "El Mercurio"