Ni Rappi-do, ni fácil
Ayer dijimos en esta misma página que los penales fallados, las derrotas y las frustraciones de la Selección Colombia también forman campeones, tanto como las copas que se levantan
Ayer dijimos en esta misma página que los penales fallados, las derrotas y las frustraciones de la Selección Colombia también forman campeones, tanto como las copas que se levantan. Vale la pena decir hoy lo mismo de otro tipo de equipo: el de los emprendedores que estuvieron a un paso, a una reunión o a una firma de distancia, de no contarlo. Antes de las utilidades de 2025, Rappi vivió años en los que nadie hubiera apostado un peso por su supervivencia. Entre 2017 y 2023 acumuló pérdidas consecutivas, en plena guerra de subsidios contra Uber Eats, iFood y una decena de aplicaciones que peleaban el mismo domicilio con descuentos que ninguna caja podía sostener por mucho tiempo. A eso se sumaron demandas, un debate regulatorio sobre la naturaleza laboral de los repartidores y la desconfianza de inversionistas y escépticos, quienes veían con sospecha a una empresa que quemaba capital sin mostrar utilidades. Hubo, seguramente, noches enteras buscando cómo cerrar una ronda antes de quedarse sin caja, y cómo explicarles a los inversionistas por qué esta vez sí iba a funcionar. Nada de eso aparece en el balance financiero que hoy se celebra. Ese balance, además, ya no es un dato aislado. Rappi Colombia reportó utilidades por $210.176 millones en 2025, un salto de 116% frente a los $97.250 millones que ya había ganado en 2024, el primer año positivo después de siete consecutivos en rojo. El patrimonio se duplicó, de $191.729 millones a $401.905 millones, y los ingresos, que en 2017 apenas llegaban a $19.535 millones, hoy superan los $767.000 millones. Dos años seguidos de utilidades crecientes no son una anécdota contable: son la consolidación de una trayectoria de márgenes sólidos, la prueba de que el giro no fue un golpe de suerte sino un cambio estructural en cómo se administra el negocio. Esa parte de la historia importa porque revela lo delgada que es la línea entre el éxito y el cierre, la línea que separa al héroe del que simplemente lo intentó y no tuvo la misma suerte. Detrás de cada unicornio hay decenas de emprendedores colombianos que arrancaron con el mismo entusiasmo y la misma idea, y que en algún punto se quedaron sin la siguiente ronda o sin el mes de caja que necesitaban para cruzar al otro lado. Rappi pudo estar, en cualquiera de esos años de pérdidas consecutivas, exactamente en ese lugar. Lo que la separó de ese destino no fue una fórmula secreta, sino decisiones concretas, tomadas bajo presión y con la caja casi en ceros, que hoy parecen obvias solo porque salieron bien. Ese conocimiento no debería perderse con cada empresa que cierra. Colombia tiene un régimen de insolvencia pensado sobre todo para liquidar, no para dar una segunda oportunidad real a quien estuvo a una decisión de convertirse en la próxima gran empresa. Fortalecer los mecanismos de reorganización de la Ley 1116, crear líneas de crédito puente para el llamado valle de la muerte, y exigirles a las aceleradoras, a iNNpulsa y a Bancóldex que documenten los casi éxitos y no solo los unicornios, convertiría cada tropiezo en aprendizaje transferible, en lugar de en un capítulo olvidado. Rappi es hoy el símbolo del emprendimiento colombiano que llegó a la orilla. Pero merece ese lugar porque pudo no llegar, igual que tantos otros que tocaron la gloria de una ronda exitosa y la vieron esfumarse por una firma que nunca llegó o un mes más de caja que no tuvieron. Apoyar a esos emprendedores en el momento más difícil, no solo aplaudir al que ya ganó, es lo que puede ir bajando esa cerca entre el intento y la consolidación. Del otro lado no hay solo una empresa más: hay empleo formal, reinversión y la prosperidad colectiva que Colombia necesita construir, una empresa ancla a la vez.