Hegemonía cultural
Antonio Gramsci, gran ideólogo marxista, nacido en la Italia de la primera mitad del siglo XX, desde la cárcel (guardando las proporciones, como don Miguel de Cervantes redactó la famosa obra Don Quijote de la Mancha estando en prisión), escribió unos manuscritos, los conocidos Cuadernos, en los que refleja a grandes rasgos que el marxismo-leninismo no se impone meramente por la fuerza
Antonio Gramsci, gran ideólogo marxista, nacido en la Italia de la primera mitad del siglo XX, desde la cárcel (guardando las proporciones, como don Miguel de Cervantes redactó la famosa obra Don Quijote de la Mancha estando en prisión), escribió unos manuscritos, los conocidos Cuadernos, en los que refleja a grandes rasgos que el marxismo-leninismo no se impone meramente por la fuerza. La llamada dictadura del proletariado (primera etapa del comunismo), en la visión de Marx, imposición del poder político —cuánta sangre rodó por la Santa Rusia, y qué no decir de los millares de muertos con la imposición por la fuerza del dictador y tirano Mao Zedong, se estima que entre 40 y 70 millones de personas murieron bajo su despótico gobierno en China (1949-1976)—. En visión de Gramsci se cambia de estrategia. Primero se deben sepultar los paradigmas culturales reinantes. El cambio de mentalidad se hace desde y en la academia. Su concepto central es la hegemonía, que explica cómo la clase dominante mantiene el poder no solo mediante la fuerza, sino principalmente a través de la persuasión cultural y el consenso. Hegemonía cultural: la élite impone su visión del mundo, sus valores morales y sus normas a toda la sociedad, logrando que las clases subordinadas acepten su propio dominio como algo natural o inevitable. Gramsci expande la idea de Estado. No es solo represión y leyes (sociedad política); incluye a la sociedad civil (escuelas, medios de comunicación, iglesias, sindicatos), que es donde se construye el consenso cultural. Desde la academia se envenena a los estudiantes sembrando en ellos el odio, la lucha de clases y la destrucción de todo el legado cultural que, según ellos, es la fuente de las más graves explotaciones. Se incita a destruir todo vestigio del pasado: esculturas, pinturas; incluso se considera que la música de salón es un residuo de la burguesía tradicional. Se presenta como una especie de actitud iconoclasta frente al arte en todas sus expresiones. En esta última década se han visto turbas enfurecidas derribando nuestra identidad mestiza y acusando al Imperio español como el causante de todas nuestras miserias. Se lleva al ágora universitaria un discurso que reivindica las tradiciones ancestrales. Solo una sociedad sin clases es la que permite llegar al "paraíso comunista". Uno no entiende cómo no se ve ese sofisma de distracción en la hermana Venezuela, de donde han salido alrededor de siete millones buscando libertad y trabajo. Pregunto: si es el "socialismo del siglo XXI", ¿por qué la gente deja ese "paraíso"? Que haya disenso en nuestro sistema democrático es lo normal. Sin embargo, en estos últimos años se está construyendo una cultura de odio. Pareciera que los otrora antagonismos entre conservadores y liberales —historia vergonzante para la gente de bien— se hubiesen superado. Estamos padeciendo una cultura de odio y venganza. Muchos líderes políticos, con sus discursos incendiarios, alimentan este colectivo cultural. Se habla de libertad y democracia cuando no se está en el poder, pero llegando, se gobierna con violencia; no se acepta el disenso, los fallos judiciales se aceptan si favorecen mis intereses, si no, van en contra del "pueblo". Se invoca al constituyente primario si las otras ramas del poder no van en la vía de mis propuestas. La interdependencia de las distintas ramas del poder público se va al traste. Justamente quien propuso las tres ramas del poder público, Charles Louis, barón de Montesquieu, vio que una democracia es sana cuando las tres ramas se controlan y se auxilian mutuamente. Hay que decirlo con mucho dolor: si la autodenominada izquierda llegó al poder, fue por la corrupción de la llamada derecha. Un libre mercado sin justicia social es inhumano y productor de violencia. No nos dejemos robar la bandera de la justicia. * Obispo emérito de Neiva
Odio y venganza
Froilán Casas*