Lunes, 20 de Julio de 2026

Congolombianos

ColombiaEl Tiempo, Colombia 19 de julio de 2026

Antes de saber ubicar el Congo en un mapa, ya lo había bailado

Antes de saber ubicar el Congo en un mapa, ya lo había bailado. Mis recuerdos de infancia están atravesados por esas llamadas champetas africanas que sonaban una y otra vez en los picós y las verbenas de Cartagena y Palenque. Crecí escuchando guitarras, ritmos y voces congoleñas sin entender muy bien de dónde provenían. Más adelante lo supe. Esas memorias del Congo, pero también de otros países africanos, regresaron con fuerza durante este Mundial. Y es que los eventos deportivos de talla internacional tienen la extraña capacidad para acercarnos a lugares que, el resto del tiempo, permanecen lejos de nuestras conversaciones. Durante unas semanas aprendemos a ubicar países, pronunciamos nombres que nunca habíamos escuchado y nos asomamos, aunque sea fugazmente, a otras culturas. Así, por ejemplo, esta edición nos regaló la historia de Cabo Verde, el pequeño archipiélago africano que conquistó a miles de aficionados con su primera participación y con Vozinha, su experimentado portero. De pronto, un país que rara vez ocupaba un lugar en nuestro imaginario apareció, por unos días, en nuestras pantallas y también en nuestros afectos. Esa misma capacidad de acercarnos a nuevos lugares deja al descubierto la manera en que miramos el mundo. Y, a veces, además nuestros propios prejuicios. Precisamente, el partido entre Colombia y el Congo terminó revelando esas dos maneras de mirar África. Porque mientras algunos interpretaban el homenaje de un seguidor congoleño a Patrice Lumumba, el líder independentista asesinado en 1961, desde la superstición y el exotismo, en el Caribe se popularizaba la expresión ‘congolombianos’. Una forma casi poética de decir que nuestra historia también pasó y, más importante aún, sigue conectada con el Congo. A buena hora afloró ese término para permitirnos nombrar unas conexiones que nunca desaparecieron. Más allá de la música o el deporte, África ha estado presente en nuestras lenguas, en los apellidos, en la comida y en la memoria colectiva. Por eso, la historia de África no es solamente la historia de los afrocolombianos, es también la de Colombia. Hace un par de años, cuando visité Senegal por primera vez, constaté que había entre nosotros muchas más similitudes de las que me habían enseñado a esperar. El mar, la arquitectura, las calles, sus gentes y su manera de hacer comunidad me devolvían constantemente a este país, haciéndome sentir que estaba reencontrándome con algo bastante familiar. Allí comprendí que quizá no era Senegal el que se parecía a nosotros. Era Colombia la que siempre había sido mucho más africana de lo que durante años nos hicieron creer. El Mundial, en ese sentido, nos obligó a mirarnos a nosotros mismos. Mientras unos veían en Michel Nkuka Mboladinga a un brujo, otros observaban un acto de resistencia. Mientras unos pensaban en tribalismo, otros recordaban una herencia compartida, aunque durante siglos haya sido negada, silenciada o reinterpretada desde miradas coloniales. Quiero pensar que estas semanas futboleras nos dejaron algo más que buenos partidos. También nos invitaron a preguntarnos cómo aprendemos y desaprendemos a mirar al otro. El problema nunca fue no saber quién era Lumumba, sino convertir el desconocimiento en estigma, en lugar de acercarnos a su homenaje con curiosidad. Hay quienes siguen creyendo que África es un continente extraño. La realidad es que forma parte de nuestra cotidianidad y de buena parte de lo que somos. El Mundial terminó. Su mejor legado fue recordarnos que también somos congolombianos.
Conexiones que nunca desaparecieron
Kandya Obezo Casseres
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