Lunes, 03 de Agosto de 2026

Disciplina para Navegar la Tormenta

UruguayEl País, Uruguay 3 de agosto de 2026

La historia de la humanidad es una historia de progreso, pero también de excesos. Las grandes innovaciones suelen venir acompañadas por olas de inversión que, en algún momento, superan la capacidad de monetización de corto plazo.

Joaquín Rodero. Especialista en gestión patrimonial en Capital CAI y ex-Director de Goldman Sachs en Suiza para Latinoamérica


Los últimos meses me encontraron en una transición profesional que me dio un privilegio poco común: tiempo para leer, pensar y seguir con atención los acontecimientos globales. Pensé, ingenuamente, que esa distancia me iba a permitir encontrar certezas. Me pasó lo contrario. Lo que encontré fue una sensación más cercana a la náutica que a las finanzas: el mareo de quien acaba de bajar de un velero después de atravesar una tormenta.

Vimos el inicio de una guerra comercial con aranceles que amenazaban con reconfigurar la globalización, para luego ver a la Corte Suprema de Estados Unidos limitar de manera significativa su sustento legal. Fuimos testigos de un conflicto en Medio Oriente cuyo final y cuyos impactos sobre la energía parecían imposibles de dimensionar, para luego ver cómo el mercado pasaba rápidamente del pánico a la normalidad. Escuchamos que los activos financieros estaban en una burbuja y que no podían seguir subiendo, para luego ver cómo las empresas de tecnología no parecieran encontrar un límite al crecimiento.

Cuando uno baja de un velero que atravesó una tormenta, incluso al pisar tierra firme puede seguir sintiéndose mareado. La única forma de estabilizarse es mirar un punto fijo en el horizonte. Ese punto no elimina el movimiento, pero permite recuperar el equilibrio. En los mercados financieros ocurre algo parecido. No podemos exigir certezas en un mundo que no las ofrece, pero sí podemos buscar algunas referencias que nos ayuden a navegar.

El primer punto en el horizonte es que los actores políticos no son necesariamente predecibles, pero sí responden a incentivos. La clave no es asumir que actuarán de manera lineal, sino entender su límite de tolerancia. En el primer mandato de Trump, esa variable parecía ser el mercado accionario. Era casi una regla, a partir de una caída del 10% del S&P500 se podía esperar una moderación en el accionar de Trump. En el segundo mandato, el punto límite parece haberse desplazado desde el mercado accionario hacia el mercado de bonos. No es una regla matemática, pero sí un patrón útil: si el Treasury a 10 años sube rápidamente y en magnitud, vemos una vuelta a la moderación.

El segundo punto fijo es que los shocks geopolíticos suelen tener impactos fuertes, pero no necesariamente permanentes, en los mercados financieros. La historia muestra que, salvo que el shock descarrile el crecimiento económico, los mercados tienden a recuperarse con velocidad. Estudios sobre eventos geopolíticos muestran que el S&P 500 suele caer entre 4% y 6% en promedio después de grandes shocks, y recuperar esas pérdidas en semanas o pocos meses. El conflicto reciente con Irán fue un buen ejemplo: el S&P 500 llegó a caer cerca de 9% desde el inicio del conflicto, pero recuperó esas pérdidas y volvió a máximos en abril de 2026 cuando el mercado empezó a descontar una salida diplomática y un impacto contenido sobre la energía. El titular geopolítico puede mover precios durante días; el impacto económico persistente es lo que define si ese movimiento se transforma en una tendencia.

El tercer punto en el horizonte es que, por debajo del ruido político y geopolítico, el progreso tecnológico sigue avanzando con una fuerza difícil de exagerar. En el plano digital, los modelos de inteligencia artificial generativa continúan mejorando y empiezan a integrarse en procesos reales de empresas y consumidores. En el mundo físico, los avances son menos obvios pero igual de profundos. Ya vemos fábricas más automatizadas, autos y taxis que se conducen solos, e internet satelital global. En un futuro cada vez más cercano veremos robots humanoides realizando tareas cotidianas, nuevas cadenas de valor alrededor de la economía espacial, avances estructurales en medicina ynuevas fuentes de energía. El progreso tecnológico ha sido históricamente un catalizador del crecimiento económico, y eventualmente, de los mercados financieros.

Pero justamente ahí aparece el cuarto punto: la innovación y la burbuja muchas veces viajan en el mismo barco. La historia de la humanidad es una historia de progreso, pero también de excesos. Las grandes innovaciones suelen venir acompañadas por olas de inversión que, en algún momento, superan la capacidad de monetización de corto plazo. Cuando eso ocurre, las valuaciones se corrigen. Luego, con menos capital especulativo, más disciplina y mejores modelos de negocio, la tecnología termina implementándose y generando beneficios reales.

Pasó con los ferrocarriles, con la electricidad, con Internet y probablemente volverá a pasar con algunas de las tecnologías que hoy más entusiasmo generan.

Estos cuatro puntos aportan claridad, pero seguimos en una coyuntura riesgosa. Hacer market timing motivado por el miedo a un riesgo suele ser una forma elegante de quedarse afuera. Pero sí creo que el riesgo debe ser incorporado al proceso de inversión. Cuando los retornos han sido extraordinarios, y cuando las narrativas dominantes se vuelven casi incuestionables, tiene sentido gastar una parte de la performance en protección.

La respuesta, a mi juicio, no es salir del mercado. Hoy más que nunca hay que estar invertidos. Pero estar invertido no significa estar expuesto de manera ingenua. Significa diversificar correctamente, mantener liquidez, evitar concentraciones innecesarias y utilizar coberturas. En un mundo tan volátil, protegerse a la baja no es pesimismo: es disciplina. Por citar a John F. Kennedy, el mejor momento para arreglar el techo es cuando brilla el sol.

El ruido no desaparece; uno aprende a evitar que lo confunda. Y para estabilizarnos y recuperar el equilibrio necesitamos puntos fijos: entender los incentivos políticos, separar el shock geopolítico del impacto económico, reconocer la fuerza del progreso tecnológico y aceptar que toda gran oportunidad convive con algún exceso.
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