Horno, bollos y blancos
Para mejorar en inseguridad se requiere un cambio del entendimiento de la realidad que el FA no hará.
El 31 de marzo de 2024 y con el título "confesiones de un colorado" narré aquí una charla sustancial con un buen amigo que había decidido por primera vez involucrarse activamente en la campaña de su partido porque entendía que se trataba de un parteaguas sustancial para el país. Si gana el Frente Amplio (FA), me dijo, sin un sector moderado fuerte y con un gran sector tupamaro sin Mujica, entraremos en un tobogán: "vuelve un FA que es el peor de todos y nos empantanamos en retrocesos culturales y sociales y en alineamientos regionales espantosos".
Casi 30 meses después no hay duda de que hay que dar razón a Andrés, mi amigo. Pero, constatada la desgracia, se abren dos perspectivas complementarias y necesarias para arrojar mejor luz a futuro. La primera, es cuánto peor podemos llegar a estar; la segunda, es cómo nos encaminaremos hacia un rumbo distinto. Sincerémonos en los dos temas más importantes del país: de aquí a 2030 (¡cuatro años! Qué disparate) estaremos peor en inseguridad y no lograremos un crecimiento por encima del 2% anual.
Para mejorar en inseguridad se requiere un cambio del entendimiento de la realidad que el FA no hará. La cultura de izquierda no admite que mejoró la situación entre 2020 y 2025, no se convence de que hay que reprimir más y mejor, ni tampoco asume las consecuencias institucionales de lo que ya está instalado (se atentó contra la vida de la fiscal de corte, por ejemplo) ni de lo que vendrá (no tomarán jamás medidas prontas de seguridad, por ejemplo). Alcanza con fijarse lo que fue la degradación de Rosario en Argentina al final del kirchnerismo: vamos camino a algo parecido.
Para crecer por encima del 2% hay que abrirse a la competencia, quitar peso a los privados dando certezas de reglas de juego, y achicar y desregular mucho más de lo que el maniatado equipo de Oddone acaba de plantear al Legislativo. Casi nadie lo reconoce: quien fijó esa agenda desreguladora como prioridad, en 2024, fue la precandidata Laura Raffo. Y toda esa agenda horroriza al comité de base y a los sindicatos, cuyas propuestas de mayor gasto y lucha social abruman al país productivo.
Con una convivencia rota y un crecimiento anémico, es obvio que la ciudadanía, cada vez menos casada de por vida con tal o cual partido, mirará al otro lado para ver qué alternativa hay. Y ahí es donde se acumulan las responsabilidades de la actual oposición y sobre todo la de los blancos. En definitiva, no sé qué dirá Lacalle Pou en su discurso de hoy por los 190 años de su partido. Pero sí sé que cada vez con más insistencia la mirada popular exigirá al bloque que él conduce que presente un rumbo claro y posible que sea capaz de devolver paz y que asegure larga prosperidad.
Francamente, si se deja de lado al pequeño cerno partidario, a nadie importará que se hable de la historia de Oribe en este aniversario tan relevante. A lo que se prestará atención será a la propuesta de futuro: qué dice el líder y qué harán luego los blancos para fijar un rumbo claro y distinto al de este gobierno. El horno del país no está para ningún bollo más. La inteligencia y la intuición de Lacalle Pou saben bien que hace décadas que no recae sobre un liderazgo tanta responsabilidad, política e histórica, como la que hoy pesa sobre su experimentada espalda.